VOCACION
DE SERVICIO
Tania Zapata Ortega
Violeta se dejó
caer pesadamente en la banca más apartada del parquecito. Un
penetrante tufo a orines llegaba desde el extremo de la barda.
Detrás de los cristales del edificio del Hospital Regional se
veía de vez en cuando asomarse alguna figura blanca que casi
enseguida se retiraba. Doblada por la pena y a punto de soltar
el llanto, se tapó la cara con el delantal; mientras daba rienda
suelta a su dolor, recordó la bolsa de mandado en la que había
recogido las escasas pertenencias de la difunta y la colocó
junto a sus pies para sentir la presencia del bulto.
Hasta aquel
sitio llegaba con claridad el agitado bullicio de la
ciudad. Recordó con rencor la forma desconsiderada en
que apenas unos minutos antes habían llegado los médicos
de turno; nunca, ni en las emergencias más críticas de
la prolongada agonía de Mariana, habían acudido por la
noche; sólo una vez, el coordinador médico llegó muy
solícito para ver cómo ingresaban a la cocinera del
Director General que se había quemado las manos.
Descolgaron el
pabellón y comenzaron a retirar las agujas del martirizado
cuerpo de su hermana. Se asombró de la sangre fría con que le
informaron del deceso. “La señora ya murió, si nos permite
tantito enseguida la llamamos, espérenos en el pasillo, por
favor”. Procedimiento de rutina, la cama debía ser desocupada
inmediatamente.
Como pudo,
agobiada por las innumerables noches en vela, el frío de la sala
de espera atestada de familiares de los pacientes, el hambre y
la sed acumuladas en 27 días de agonía compartida, buscó entre
sus pertenencias un número telefónico para dar la noticia a la
familia.
Sin un sitio a
donde ir, sin dinero y muchos de ellos ya sin esperanzas, un
centenar de seres, casi convertidos en indigentes, levantaban
sus escasas pertenencias y se acomodaban en las sillas
anaranjadas para esperar su turno en la visita matinal. En la
adversidad, Violeta encontró amigos que, a pesar de su vida de
parias a las puertas del hospital, compartían con ella su escasa
comida, y a veces, por turnos, también las cobijas para no
sufrir el frío del piso.
Trató de
aparentar serenidad cuando le contestaron al otro lado de la
línea, pero sólo alcanzó a dar la noticia en forma entrecortada,
agregó que se haría cargo de los trámites necesarios y se retiró
apresurada de la caseta telefónica para buscar al encargado de
trabajo social de la clínica, con quien la habían turnado para
entregarle el cuerpo.
Con pasmosa
celeridad, absolutamente distinta de la negligencia con que el
hospital se condujo durante casi un mes, el obeso director de
trabajo social llamó desde su celular a la empresa de pompas
fúnebres que ofreció al punto un “paquete económico”, prometió
agilizar los trámites para facilitar el traslado hasta
su pueblo y allanó como por encanto las dificultades que pudo
imaginar Violeta. Ella aceptó pagar el precio de los servicios
ofrecidos porque estaba exhausta y, además, intuía que, de no
hacerlo, ellos mismos o sus compinches del hospital se
encargarían de obstaculizar el trámite hasta el infinito.
Por el
accidentado camino, con los tumbos de la mortuoria, Violeta
recordó cómo apenas un mes antes había acompañado a su hermana
al hospital. Mariana se sentía débil durante el viaje y su
estómago no retenía ya ningún alimento. La fiebre la hacía
delirar y por momentos pedía agua para volver a caer en la
inconsciencia.
“Tiene 39.9 de
fiebre, la vamos a tener un ratito con suero a ver si se le
quita”, fue el sesudo diagnóstico de la enfermera de guardia.
“Es una infección intestinal, con el medicamento que le dimos se
va a aliviar”, le dijeron cuando, una hora después, la
levantaron de la improvisada camilla y se la entregaron.
En su mente
revivieron los detalles. La fiebre volvió al atardecer del
siguiente día y ninguna de las pastillas que le dieron en un
conito de papel sirvió para calmarla. A la noche siguiente, y de
vuelta en urgencias, le dijeron que no podían recibirla porque
ya habían diagnosticado y debía seguirse el tratamiento
prescrito. Ordenaron unos análisis y la citaron al día siguiente
por la tarde. Los análisis indicaron que no tenía nada, pero la
fiebre arreció al atardecer.
Violeta se
estremeció cuando la carroza pasó frente a la escuela rural y se
preparó para la escena del duelo. Trató de apartar de su memoria
la imagen de Mariana, desangrándose por boca y nariz al ingresar
por cuarta vez al área de urgencias del Hospital. Dengue
hemorrágico, dijeron los médicos de guardia, sus plaquetas
están muy bajas. Y prometieron aislarla, mientras advertían de
la necesidad de conseguir donadores, que nunca llegaron, porque
el hospital no tenía banco de sangre. “Si hubieran venido cuando
la fiebre le comenzó a su hermana, hace cuatro días, no se
hubiera complicado”, Le dijo compasiva una enfermera recién
llegada, al darle la receta para que fuera a comprar una botella
de suero a la farmacia.
“Estos
matasanos de mierda dejan morir a la gente”, pensó
Violeta mientras el conductor se detenía para pagar el
peaje en la caseta. Y, al fin, en voz alta y para que la
oyeran chofer y copiloto: “mi hermanita estuvo 27
días en el hospital y nunca hicieron el aseo. El seguro
es una porquería, casi todos se dedican a matar el
tiempo mientras llega la quincena y los médicos no dicen
nada porque nunca están, sólo pasan, miran por encimita y
se largan”.
De vuelta en la
ciudad, una semana después, mientras caminaba frente al
hospital, toda la rabia contenida, toda la desesperanza y la
ira, detonaron en su interior y se quedó inmóvil mirando los
cristales. Por su mente pasó, fugaz, el deseo de vengarse,
sintiendo a la vez una profunda impotencia.
Cuando sus
lágrimas comenzaron a correr se tapó los ojos y la boca con
ambas manos y trató de reprimir un grito. Su instinto de
conservación le gritaba que estaba en plena calle, en medio de
los puestos de pozol frío y el exasperante escándalo de los
conductores pidiendo paso, pero no escuchaba ya más que su
propia y adolorida voz interior.
Despacito,
tratando de respirar profundo, se sentó en la misma banca
apartada de la vez anterior y entonces dio rienda suelta a su
llanto, haciendo fallidos intentos por no ahogarse. Ante su
evidente descompostura, un joven de bata blanca salió del
edificio y se paró bajo un letrero que decía “clínica del
dolor”; la observó unos minutos y luego decidió acercarse.
Preguntaba con empatía, casi con dulzura, inspiraba confianza.
Se sentó a su lado y Violeta comenzó a contarle lo sucedido.
Necesitaba decirlo, sentía que la espalda y el pecho se le
volvían líquidos.
No habían
pasado más que cinco minutos cuando el médico en turno
se acercó a preguntar al practicante el motivo de su
distracción. “¿Qué tiene la señora?”, Preguntó. “Es que…
se siente mal porque murió un familiar”. ¿Qué tiene,
señora? La voz era fría, autoritaria. “Nada, no se
preocupen, ya me voy”. Violeta hizo un esfuerzo por
contener los sollozos, mientras oprimía convulsivamente la
cartera. Pues si no tiene nada, déjala, vámonos. “Regla número
uno: nunca ofrezcas ayuda si no te la han pedido”, dijo; y se
alejó orgulloso de su investidura de Médico en Jefe… los pasos
sonaron en el concreto.
El joven miró
compasivo a la mujer y le dijo: ya me tengo que ir, es que él es
mi maestro, yo estoy haciendo aquí mi servicio social,
cuídese.
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