ÚTILES
ESCOLARES
Tania Zapata
Ortega
Le faltaban dos
mil pesos para los útiles escolares de su hija. Violeta le dijo
que fuera a pedirle prestada la mitad a su anterior patrón.
Ella, mientras tanto, haría el intento de empeñar la televisión.
Algo le darían.
Miguel caminó
hasta la parada y, mientras esperaba la combi,
hacía cuentas: en el supuesto caso que consiguiera trabajar todo
el tiempo, y entregando íntegro su jornal, tardaría dos meses en
pagar la deuda, con todo y los intereses. Eran las tres de la
tarde, el sol caía a plomo sobre sus espaldas.
Distraído, abordó
la unidad. No saludó a los pasajeros como otras veces. Mientras
el destartalado vehículo descendía hacia la ciudad, recordó las
palabras de su mujer: “Sofía tiene que ir a la escuela, yo no sé
cómo le hagas pero consigue el dinero, ni modo que no la
mandemos”. Pidió la parada una cuadra antes y decidió caminar
para tomar valor y pedir el préstamo.
Nada. “Ahora,
hasta al rato porque acaba de salir”… y más tarde: “dice el
señor que si quiere esperarlo se quede, pero va a tardar otro
rato”. Decidió esperar, qué más le daba si desde hacía dos meses
no encontraba colocación. La renta a punto de vencer… para
olvidarse de la hora de comer decidió dormitar recargado en la
pared de la residencia.
Ya noche, Miguel
vio entrar la camioneta polarizada del ingeniero. Sintió por un
instante su mirada detrás del parabrisas. Luego, el portón
volvió a cerrarse. Un buen rato después, le hicieron pasar.
Adentro, mientras
esperaba, no pudo evitar su incomodidad ante los pisos recién
encerados, que contrastaban con sus zapatos llenos de cal y
cemento. Pisaba despacio, como evitando dejar rastro de su
presencia.
Ha regresado
caminando y está a punto de llegar a su casa. Viene desencajado,
con las manos vacías y maldiciendo su suerte. Todo el camino ha
venido imaginando el futuro de Sofía, que no va a estudiar
más.
¿A dónde vas,
Miguel? Ya es tarde, que, ¿a poco apenas vas llegando de la
chamba? Miguel voltea y, como en un sueño, mira a su
interlocutor. Quien le habla es su vecino, compañero ocasional
de parranda, que camina vacilante. Le extiende la botella de
caña y Miguel acepta. El aguardiente resbala como agua en su
garganta, pero no mata la sed.
“Vámonos por
ahí”, se oye decir, y dobla en la esquina evitando la calle
donde vive. Dos o tres botellas pueden hacer el milagro de
apartar el sentimiento de fracaso que le embarga y evitar el
ceño fruncido de Violeta al ver que regresa sin el
préstamo.
Son las tres de
la mañana, está fresco. El árbol que sembró a la entrada de su
casa siente el peso muerto. Un cinturón gastado en torno a su
cuello ha resuelto el problema. Mañana estará su fotografía en
la nota roja, junto al rostro contraído de Violeta.
En la estancia
donde lo velarán falta la televisión, ¡qué a tiempo! Así, Sofía
no oirá las noticias locales, que hablan del albañil suicida que
no consiguió dinero para surtir una lista de útiles
escolares.
Comentarios