TRES GRANDE POETAS DEL HAIKÚ
Tania Zapata
Ortega
A la fuente
vieja
salta, veloz, la
rana:
el agua suena
Basho
Desde épocas remotas,
los japoneses se ejercitaron en la composición de versos de cinco,
siete y cinco sílabas. Una de las formas poéticas más populares
fue la Tanka, poema de 31 sílabas cuyos primeros tres
versos eran pronunciados por el poeta para que otro lo completara
con los dos últimos. Es muy probable que éste sea el origen del
Haikú, inicialmente llamado Hokkú, que significa
“verso inicial” y que pronto, con sus 17 sílabas, se instituyó
como la más popular forma de la poesía japonesa. Los haikús más
antiguos datan del Siglo XIII y muchos de ellos fueron escritos
por altos funcionarios y jefes militares durante los siglos XIII y
XIV; el género se popularizó más tarde y hoy es la forma poética
más profusamente cultivada en Japón y que ha traspasado las
fronteras hasta ser imitada por grandes poetas de todo el mundo,
fascinados por su milagrosa delicadeza y concisión.
El exaltado amor del
pueblo japonés por la naturaleza, la búsqueda de la belleza en lo
pequeño, en lo inasible incluso, como el florecer de los cerezos;
el espíritu contemplativo que encuentra lo sublime en aquello que
un espíritu burdo dejaría pasar inadvertido, se reflejan en esta
poesía intemporal, ajena a lo suntuoso y recargado; sutil, como un
suspiro, pero por eso mismo increíblemente profunda.
La poesía en Japón, como
en cualquier parte del mundo, ha sufrido los embates de los
cataclismos sociales. Fuera de los palacios, donde pronto se
convirtió en juego cortesano, el Haikú sobrevivió a
tiempos de feroz represión y violencia, a la guerra y al hambre.
Como este estremecedor testimonio de lo precioso de cada instante
de la vida, atribuido a un condenado a muerte:
¡Que en otro
mundo
pueda escuchar tu
canto
gracioso cuco!
–Anónimo
Matsuo Basho
(1644-1694), es sin duda el gran maestro del Haikú;
después de una vida entregada a la poesía dejó toda una escuela
poética, entre cuyos seguidores destacan “los diez filósofos” al
parecer por los diez discípulos de Confucio. En este
Haikú nos obliga a reflexionar en torno a la muerte, el
tiempo y la fugacidad de la existencia:
Cigarra yerta,
en canto
vaciada,
ahora estás
seca
Apenas insinuando,
algunas sílabas desencadenan poderosas imágenes para construir
historias y sorprendernos cuando volvemos a leer el Haikú
y ya no encontramos todo eso que 17 sílabas han despertado en
nuestro espíritu:
Hierba de estío
sueño de mil
guerreros
de tiempos
idos.
–Basho
Otro de los grandes
pilares del Haikú es Issa; la orfandad, el exilio, la
añoranza del terruño y el rechazo a toda injusticia le darán el
humanismo desbordante que lo caracteriza.
Bajo la sombra
la moza campesina
cantando a solas
Se ha llamado a
Issa el “San Francisco de Asís del Haikú” por su ternura
compasiva, su amor por los seres pequeños y su profunda
humildad:
Abres en vano
el pico,
gorrioncillo
huérfano.
–Issa
Azotado por el
infortunio desde su tierna infancia, este haikú, escrito a la
muerte de su esposa, expresa la incredulidad del poeta en una vida
ultraterrena en la que volverá a ver a su amada.
¡Callad
Insectos!
El amor se
separa
Aun en el
cielo.
Innumerables son
los poetas japoneses, pero sólo podemos convocar a uno más, al
gran renovador del Haikú, a Shiki (1866-1902). Ante el
amaneramiento en que había caído la poesía japonesa, el culto a lo
occidental en detrimento de las tradiciones propias, era necesaria
una revolución que este poeta encabezó desde las páginas de varias
publicaciones de crítica literaria. Su manifiesto poético es un
grito de combate:
“Observa que el
Haikú vulgar no es directo, sino que está deformado
artificialmente. Escribe para tu propio solaz, si lo que escribes
no te agrada, ¿cómo puedes esperar que agrade a los demás?... Un
Haikú no es una proposición lógica y no debe mostrar el
proceso reflexivo. Sé conciso; omite cuanto no es útil. Omite al
máximo los adverbios, los verbos y preposiciones”.
Su vida fue como un
Haikú: breve e intensa; diagnosticado con tuberculosis a
edad muy temprana, tomó el nombre de Shiki, que significa en
pájaro cocú, del que dice la leyenda que desgarra sus pequeños
pulmones al cantar. Pero aún al borde de la muerte, en medio del
dolor, el poeta no se rinde y lanza, como una lección
final:
Viento otoñal
para mí ya no hay
dioses,
no hay Budas
ya.
Fuentes:
Literatura
Universal. Arqueles Vela. México 1951.
El Haikú
japonés. Selección, prólogo y notas de Nuria Parés.
México 1966.
Comentarios