TEOGNIS DE MÉGARA

LOS VALORES DE LA ARISTOCRACIA GRIEGA

Tania Zapata Ortega

Con el nombre de Corpus Teognídeo, los filólogos han compilado una colección de aproximadamente mil 400 versos escritos en jónico clásico que datan de los siglos VI y V a.C. y que se atribuyen a un poeta casi ignorado en muchas historias de la literatura: Teognis de Mégara, cuya obra lírica posee gran belleza formal y enorme profundidad filosófica; en ella, su discípulo y amado Cirno es el receptáculo del amor y las confesiones del poeta, que son el reflejo de una sociedad agonizante. Aunque sobre algunos de los versos del citado Corpus pese la sospecha de pertenecer a otros poetas como Tirteo, Mimnermo y Solón, es Teognis quien deja su firma personal para la posteridad:

 

Tengan un sello, Cirno, mis versos que son arte

y son lección, y nunca se oculten si robados;

nadie trocará así por malo lo que es bueno,

y dirá todo el mundo: «Son versos de Teognis

de Mégara, por todas las naciones nombrado».

Mas no agrado –ya ves– a todos mis vecinos.

No es raro, Polipaides: tampoco Zeus contenta

a todos cuando llueve ni cuando se contiene.

 

     Opone los valores de la antigua aristocracia griega a los de la tiranía triunfante; su temática hace de Teognis un poeta universal, que presenta siempre ambos polos de cada contradicción: la fidelidad y la traición; el bien y el mal; amigos y enemigos; riqueza y pobreza; guerra y paz; juventud y vejez; agradecimiento e ingratitud.

 

Para el que a vil ayuda qué gratitud tan vana:

como sembrar las aguas ceniza de la mar.

No segarás, si siembras la mar, muchas espigas,

ni, haciendo bien al malo, tendrás a cambio bien.

Alma insaciable, el malo, si una vez te equivocas,

pierde el querer que hubiera por cuanto hiciste atrás.

Cuánto aprovecha en cambio al bueno el bien que le haces,

cómo guarda memoria por siempre y gratitud.

 

     En numerosos versos hace elogio de las relaciones homosexuales, signo de su época.

 

Dichoso aquel que estando enamorado

se forma en el gimnasio, vuelve a casa,

y duerme todo el día con un muchacho hermoso.

 

     Poeta pesimista, tiene una visión particularmente amarga de la vida, como lo demuestra el siguiente pasaje inspirado en la sentencia legendaria de Sireno:

 

Lo mejor para el hombre es no haber nacido,

no haber visto nunca los hirientes rayos del sol.

Y si ya ha nacido, lo mejor es que se vaya cuanto

antes al Orco y repose, cubierto pesadamente por la tierra.

 

     Sus poemas, de carácter gnómico expresan el ideal de la antigua aristocracia, un tipo humano que en su tiempo ya ha caducado. En los Dísticos de un desterrado, enseña a Cirno el valor íntimo de la dignidad y enuncia su predilección por la pobreza con virtud a una vida en que la abundancia esté ligada a la injusticia.

 

Prefiere vivir íntegro aun con poco dinero

a ser rico con bienes que lleguen de injusticia.

En la justicia, al cabo, la virtud se halla toda

y el hombre que sea justo es, Cirno, un hombre bueno.

 

     Teognis traslada a sus versos su inconforme actitud política en la que expresa valores elevados como la sinceridad, la constancia y la fidelidad.

 

No me ames de palabra y tengas luego

el pensamiento y alma en otra parte,

si me quieres y ser fiel va contigo.

Con alma limpia quiéreme o dejándome

sé mi enemigo y lúchame a las claras.

Que el que dos almas tiene en una lengua

es, Cirno, camarada peligroso:

de enemigo mejor, sí, que de amigo.

 

     Al lado de este tono didáctico, Teognis dejó versos de carácter convival y amoroso en los que elogia el placer, el banquete, los cantos y el vino… aunque vuelva sobre los valores aristocráticos aconsejando la moderación, como en estos versos que constituyen un verdadero manual para emborracharse con elegancia:

 

No retengas a nadie, si no está en él quedarse,

ni lleves a la puerta a quien marchar no quiere,

ni al dormido despiertes, Simónides, si el sueño

prendió dulce en alguno bien cargado de vino,

ni mandes a dormir por fuerza al desvelado;

pues toda cosa impuesta viene a ser enojosa.

Llenen, llenen las copas de los que beber quieran,

que no todas las noches uno está de regalo.

Yo, que del dulce vino mi medida ya tengo,

traeré yéndome a casa al sueño espanta males.

Llegaré como más gusta haberlo bebido

pues que ni sobrio estoy ni estoy de más borracho.

El que alcanza su cuánto de bebida y lo pasa

no es señor de su lengua ni de su voluntad:

le cuelgan las palabras —para un sobrio indecentes—

y nada le avergüenza en su tal melopea;

él, que sensato antes, es ya un necio. Por eso

—ya lo sabes— procura no excederte en el vino:

o levántate antes de emborracharte (mira

que no te obligue el vientre a trabajos forzados)

o, si te estás, no bebas. Que ese «venga otra» tonto

es la sola razón de tu borrachería:

una por la amistad, otra para abrir juego,

y otra aún por los dioses, y otra más que aún hay manos…

No sabes decir no, mas sabe que el que gana

es quien, bebiendo mucho, no dice tonterías.

Charlad tranquilamente con un buen jarro al lado

procurando no abrir disputa entre vosotros,

hablando en alto a todos y al tiempo a cada uno:

así es como un banquete no está de gracia falto.

 

Publicado originalmente en el número 770 de la revista buzos de la noticia el 29 de mayo de 2017.

Poemas relacionados

Comentarios

Comentarios de la página