TEÓCRITO DE SIRACUSA Y LA POESÍA BUCÓLICA
Tania Zapata Ortega
En Sicilia floreció un nuevo género que constituye una de las más importantes creaciones de la literatura helenística, el idilio, que significa “piececita”; como su nombre lo indica, se trata de poemas breves en los que se pinta una escena campestre, frecuentemente dialogada, entre pastores o campesinos; este género, probablemente con raíces en el folklor siciliano, tiene ya los rasgos de una poesía madura, culta; en ella, los campesinos están lejos de toda rusticidad y se expresan casi como cortesanos o letrados. Frente a la solemnidad y erudición de la epopeya y la tragedia de Eurípides, esta poesía bucólica, cuya forma es el hexámetro, no encaja en la temática tradicional, prefiere huir de la corte y la vida urbana para refugiarse en la sencillez campestre. Entre los grandes poetas alejandrinos destaca Teócrito de Siracusa (310-260 a.C.), heredero de la antigua tradición poética, pero sin duda un innovador, escribió en el dialecto dorio de Sicilia. Teócrito opone un delicado refinamiento a la grandiosa intensidad de las grandes composiciones de Apolonio y Calímaco; cultivó una poesía “sabia”, alejandrina, llena de erudición mitológica, con un estilo depurado, sintético y unitario, que busca la perfección y la consigue; la predilección por el detalle, por lo breve, humilde y sentimental es evidente; en los poemas de Teócrito, cada palabra tiene una función precisa y no hay lugar para las repeticiones de la épica o los recursos convencionales del drama; en sus idilios laten los sentimientos humanos más apasionados con sencillez, simplicidad y verdad; el humor, la ironía, el tema erótico y la búsqueda de contrastes expresivos son muy frecuentes en él. Su mundo es de pura fantasía, pero delineado tan magistralmente que todo parece real; cuando la emoción que late en sus versos alcanza el tono de mayor angustia, acuden para mitigarla el mar, el bosque, el cielo y el sol radiante; los perennes temas del amor y la muerte cobran dimensión humana sin perder profundidad y belleza. En sus cuadros pastoriles, un paisaje paradisiaco enmarca a los personajes que narran sus penas de amor; en los de corte mitológico, la dulzura y placidez se imponen en el tratamiento: lejos queda el terror que las divinidades provocaban en los líricos arcaicos, planteamiento novedoso cuyo ejemplo se aprecia en el poema La muerte de Adonis, en el que la diosa Artemisa, para vengarse de Venus por la muerte de Hipólito, envía un jabalí que mata a Adonis.
La muerte de Adonis
Al ver del gallardo Adonis
el postrero instante Venus,
y sus ojos ya cerrados
a la clara luz del cielo,
y su hermosa frente llena
de sangre y de polvo, luego
hizo venir, a sus aves,
a los amores corriendo.
“¡Vengadme, les dijo entonces;
corred, buscadme al momento
a ese horrible jabalí,
a ese monstruo tan funesto!”
Conmovidos de su pena,
por dondequier se esparcieron
en los llanos, en los bosques,
y encontrándole al fin, presto
de cadenas le cargaron.
Al temible prisionero
unos seguían; los otros
le sujetaban, haciendo
que no retardara el golpe
vengador su paso lento.
El animal pensativo
siguióles con gran recelo,
temeroso de la cólera
que rebosaba ya en Venus.
“¿Eres tú, le dijo Cipris,
horrible monstruo funesto
y sanguinario; eres tú
quien de mi Adonis, cruento,
con tus feroces colmillos
heriste el hermoso cuerpo?”
El culpable murmuró:
Por tu esposo, juro, oh Venus,
por ese esposo tan digno
de un destino menos fiero;
por esos amores todos,
por sus fortísimos hierros,
que darle muerte no era,
aun en mi instinto, el deseo.
¡Oh triste y fatal delirio!
Turbéme al verle tan bello.
Citerea su discurso
escuchóle, y con acento
menos duro, dirigiéndose
a los Amores aquellos,
permitióles desatar
al jabalí en el momento.
Mas, insensible a la gracia
que así concedióle Venus
olvidando ya sus selvas,
siguió a la deidad, sintiendo
todos los crudos suplicios
que causa el remordimiento.
Publicado originalmente en el número 781 de la revista buzos de la noticia el 14 de agosto de 2017.

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