SUEÑO
PROFUNDO
Tania Zapata Ortega
Ya es medianoche.
Por el altavoz, la dulzona voz femenina está llamando a los
pasajeros para que aborden el autobús. La vieja terminal de
segunda clase, con la cochambre de varias décadas impregnada en
cada loseta, aparece casi desierta. Sólo una emergencia como te
obligaría a permanecer en ese sitio a esta hora. La espera ha
sido dura, casi creíste que no podrías salir y pensaste avisar
que no llegarías a tiempo a ver al enfermito, pero
perseveraste y por fin puede subir al camión en su última
corrida “de paso y con escalas”.
Por la
ventanilla huyen las confusas sombras de los árboles.
Como espectros fugitivos se deslizan también los
edificios más próximos a la Central Camionera, los
centros comerciales, las casuchas de las orillas, las
enormes máquinas que desde hace días arreglan la
carretera, la cinta asfáltica cercada por las imponentes rocas
que amenazan desprenderse de un momento a otro. Pero tú no te
percatas de esto, porque escuchas sólo dentro de ti: “papá está
muy enfermo, tienes qué venir a despedirte de él”. No has
perdido el tiempo pidiendo un permiso que de antemano sabías te
sería negado, así que renunciaste al trabajo y saliste sin mayor
preparativo ni aviso.
Recuerdas
episodios de tu juventud, escenas que en las noches de insomnio
regresan siempre a tu adormecida conciencia. Te miras joven otra
vez y la olla exprés vuelve a explotar dejando un rastro
de frijoles colapsados en el techo de la cocina… revives en tu
memoria las palabras duras de tu madre y la risa nerviosa
después del susto, tu padre entra y todos callan esperando su
furia… una lágrima rueda por tu mejilla mirando sin ver el
camino en penumbras.
El vaivén del
autobús actúa como el mejor sedante, tus miembros se relajan y
cabeceas. mañana te va a doler el cuello como siempre después de
un viaje largo. Te has quedado dormida y sueñas, pero tampoco
esta vez recordarás exactamente qué soñaste en la oscuridad del
vagón atestado de maletas, personas, olores, voces y llantos de
niños que se han ido quedando mudos en la insensibilidad de tu
sueño.
Amanece, una
línea rosácea se dibuja sobre el bosque, tú despiertas con la
sensación de no estar en el lugar correcto, has dormido
profundamente las últimas horas y ahora miras desconcertada el
camino y recuerdas de súbito dónde estás.
Ignorando la
apremiante sensación de la vejiga llena, tratas de reconocer el
pueblo por el que ahora pasas, miras al pasajero de al lado y
tratas de adivinar si tiene un reloj en el que puedas consultar
la hora. No reconoces el camino ni el caserío por el que avanza
el camión. Decidida, te levantas y caminas por el pasillo. “No
distraiga al operador”, dice el letrerito arriba del volante,
pero tú le preguntas si falta mucho para llegar a tu destino.
“Ya pasamos hace rato, aquí no la puedo bajar, espere a que
lleguemos a la terminal”, ha sido la respuesta del
conductor.
El dolor de
cabeza matinal al que estás acostumbrada desde hace tiempo se
hace más intenso con la impresión. Sientes la boca seca y te
duele la espalda. Miras la carretera con culpa y coraje,
mientras piensas que llegarás tarde por haber dormido de más. El
Chofer comenta brevemente con su acompañante algo que no
alcanzas a escuchar, sólo la frase “tienen que estar pendientes
de su parada” llega a tus oídos.
Cuando
desciendas por fin, en una ciudad extraña, tendrás que
esperar nuevamente la oportunidad de llegar hasta tu
pueblo. Gastarás el dinero del regreso en comprar algo
de comer y otro boleto. Esperarás en una terminal
desconocida otra corrida de paso y te apresurarás a
abordar otro autobús, con la esperanza de llegar a tiempo. Con
tus escasos objetos personales a cuestas, te sentarás hasta
adelante, cerca del conductor y lucharás por mantener los ojos
bien abiertos las dos horas que faltan para llegar a tu destino,
no sea la de malas que te regresen de nuevo a la ciudad de la
que partiste anoche. Irás pensando cómo resolver el problema del
pasaje de regreso a la ciudad, porque te has quedado sin un peso
en la bolsa mientras en casa de tus padres te esperan ya desde
la madrugada.
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