PIEDRA
MOLIDA
Tania Zapata Ortega
Te levantas de
madrugada y empiezas a recoger el tiradero de la tarde anterior.
Hay ropa de los niños por donde quiera, algunas piezas del
rompecabezas de la promoción ésa del refresco están en el piso
de tierra. Todo está empolvado. La harina finísima cubre todo
con una capa cenicienta; hasta la piel se te ha tostado a causa de tanto polvito, que cae
sin parar, durante todo el día.
Es la
trituradora de piedra situada a la orilla de la calle
principal, que ahora se llama: “Avenida Trituradora”.
Debes apurarte porque si sigues con esa lentitud y
haciendo caso de tus pulmones que te obligan a toser no
estará a tiempo el desayuno para el hombre que se va al
trabajo. Afuera, la calle está aún a oscuras, pero ya se
escuchan los motores de los camiones de volteo que llegan
tempranito a cargar material.
Dicen que en
esa sima enorme que ha quedado, después de extraerle
miles de toneladas de piedra, hasta han encontrado
huesos de mamut. El otro día hubo gran alboroto; la
calle se llenó de periodistas y fotógrafos porque
encontraron un esqueleto en el fondo; alguien debió
arrojar el cuerpo, y luego los animales se lo merendaron
sin dejarle un solo pedacito de piel. Lo cierto es que de noche
no te atreves a pasar por ahí, no sea que pierdas el equilibrio
y…
Sí… se ve
inmensa la cavidad en la roca, las lajas escalonadas te
llaman peligrosamente, y tú prefieres aferrar las
manecitas tiernas camino al Jardín de Niños.
Conforme avanza
la mañana, sube el estruendo de las máquinas, pero tú te has
acostumbrado ya y tus oídos apenas perciben el fragoroso ruido
de la piedra al molerse. Hierve la olla sobre el fogón, mientras
acarreas desde la toma colectiva, a dos cuadras de tu casa, el
agua suficiente para el día.
Una vez más te
sorprende la explosión sin estar alerta. Piedras del tamaño de
tu cabeza vuelan por el aire, mientras corres a refugiarte
detrás de la puerta; el suelo se estremece ligeramente y luego
todo vuelve a quedar en calma. Una de las piedras dinamitadas ha
roto el techo de cartón y ahora está sobre la olla que se ha
volcado sobre las brasas; el espejo se cae de su sitio con la
convulsión de la tierra cuyas entrañas son explotadas sin cesar.
Tú contemplas los muros agrietados y comprendes lo ocurrido
porque no es la primera vez que sucede.
Sedienta, con
el sol sobre los hombros, escuchas sin quitarle la
mirada de encima al gerente de la empresa. Miras con
envidia la sombrilla de la mujer junto a ti y lamentas
no haber tomado esa precaución. Escuchas en silencio
cómo minimiza los estragos causados y sientes crecer la
ira en tu interior. Te paras enfrente de él, con tu
vestido azul de florecitas, y lo tomas del brazo. Le
dices que vaya a tu casa y vea si fueron pocas las pérdidas.
Contemplas su sobrealimentada y bien vestida humanidad. Después
de ti, y en coro, todas hacen recuento de sus pérdidas mientras
él mueve con desagrado la cabeza.
No te
tranquiliza la explicación ni las disculpas del
administrador, que promete que no volverán a colocar
cargas con dinamita para facilitar la extracción de la
piedra. Tampoco quedas satisfecha cuando ofrece reparar
los daños materiales causados por las detonaciones
donando materiales para reparar las casas afectadas.
Gritas como las
otras mujeres. Exiges. Le recuerdas que es lo mismo que dijo la
última vez. Como las otras mujeres, gritas para que salgan ya
los empleados y clausuren por fin la mina. Vociferas con tus
debilitados pulmones en los que, silenciosamente, crece desde
hace tiempo un tumor asesino rodeado de polvo de piedra
molida.
Comentarios