PERSIGUIENDO
UNA LUZ
Tania Zapata
Ortega
El aire se fue
llenando con la humedad precursora de lluvia que, a sus 90 años,
Candelaria conocía tan bien. La noche llegó antes que el día
anterior y la encontró recogiendo las ramitas secas que sus
fuerzas aún le permitían levantar. Pronto el espacio se llenó
con el estruendo de los rayos temibles, pero distantes, y unos
segundos después, el aire se volvió gris a causa de la tormenta.
Candelaria enfundó el machete y emprendió el camino de regreso,
aspirando con fruición el olor a tierra mojada y acomodando
sobre el ruedo el pequeño haz de leña; después de toda una vida
cargando objetos de gran peso encima de su cabeza, era capaz de
conservar el equilibrio sin usar las manos y su paso era
elegante, aunque lento, debido a que la borrasca se ensañaba
contra su delgado cuerpecito.
–Te dije que ya
no dejaras salir a leñar a mamá Cande; mira, no ha regresado y
se va a mojar. No importa que ella insista, tú dile que mejor te
ayude a cuidar a los niños, trata de que entienda, aunque es tan
terca que no quiere aceptar que ya es muy peligroso salir
sola.
Ha caído la noche
sobre el caserío. En el reducido cuarto, que huele a pan recién
horneado, hombres y mujeres de todas las edades se miran entre
sí. Cande no ha vuelto desde la mañana y están preocupados. La
familia que ella fundó se ha extendido como las raíces de un
árbol viejo; son hijos y nietos que ahora tienen su propia
familia, pero que nunca han dejado de pedirle su bendición antes
de salir de casa, mientras ella se esmera echando al comal unas
tortillas perfectas, redondas y delgadas que nadie ha podido
igualar.
Alfonso rompe el
silencio y sugiere ir a buscar a la abuela. Es el mayor de los
nietos; se quedó en el pueblo cuando toda su generación emigró y
ahora su cabello es casi blanco. Conoce bien el bosque, por eso
encabezará la búsqueda.
–Vamos primero
por ahí, hay que apurarse, tú lleva el foco y adelante. Espero
que no le haya pasado nada, pero qué terca mamá, si le dijimos
que ya no fuera a leñar, es que si no sale no está contenta, si
todavía está recia la viejita, creo que aguanta caminar más que
nosotros…
Cuando por fin
aceptó que se había perdido, Cande se acomodó en el húmedo
tronco de un árbol que yacía muerto sobre el camino. Escuchó
cantar cerca de ella al pishjoy
, que grita interminablemente su nombre todas las noches;
dejó a un lado la carga y se sentó con cuidado. Hasta entonces
empezó a reírse despacito y se dispuso a esperar que amaneciera
para reencontrar el camino hacia su choza.
Al principio se
sentía molesta por haberse perdido en aquel bosque, donde se
ocultó 10 veces en su juventud para dar a luz sin ayuda de
nadie; pero ahora pensaba divertida en el cuento que inventaría
para justificar su extravío.
Trató de
atravesar con su cansada vista las tinieblas que la rodeaban.
Imaginó la reprimenda de sus hijos, que ahora insistirían en
dejarla definitivamente en casa como empezaron a pedirle cuando
sus pasos se volvieron lentos. Miró al cielo y descubrió que
algunas estrellas fulguraban a través de las nubes, que ahora
corrían a gran velocidad descubriendo la luna, como una gran
linterna en medio del firmamento.
–¡Mamá Cande! Ya
venimos por usted, estábamos preocupados ¿por qué se apartó del
camino principal? Lo bueno es que de lejos vimos clarear su
ropa.
Envuelta en la
cobija y mientras caminaba detrás de su nieto, Cande va contando
cómo una luz muy brillante se puso frente a ella y le pidió que
la siguiera, pero al ir a su encuentro se alejaba. Los hombres
se miran de reojo y más de uno se santigua, creyendo cierto el
relato. Cande sonríe en la oscuridad al notar el efecto que
producen sus palabras, mientras agrega detalles a su fantástica
narración.
–No, mamá, ya no
te vamos a dejar salir, mejor ayúdame a despachar el pan. Tú no
te equivocas al cobrar como esta niña que no da una; ni siquiera
porque va a la escuela y hace las cuentas en el cuaderno.
Hace una semana
que Cande está en cama. Se negó a comer cuando le prohibieron
salir al campo y ahora delira llamando a su prima, muerta hace
10 años. Dicen que la luz que fue siguiendo aquella tarde,
cuando se perdió, era el espíritu de la difunta; ella pide que
la dejen ir a traer leña y todos dudan mirándose entre sí,
mientras la abuela sonríe y asegura que nada malo le
pasará.
Comentarios