MÉDICOS ESPIRIT0UALES

Tania Zapata Ortega

 

“Antes de que veamos si su enfermedad es del cuerpo o producto de alguna maldad, haga favor de llenar el formato que le dieron al entrar, es necesario que conteste todas las preguntas y que firme al final en todas las hojas”.

El consultorio recién pintado olía vagamente a perfume de manzana y canela, sólo una litografía enmarcada que mostraba un paisaje boscoso, decoraba la sala de espera. El sitio era agradable. Había silencio suficiente para dormir una siesta y huir del calor insoportable y del bullicio de la calle. Marina se sobresaltó al percibir la proximidad del hombre que le hablaba.

Otra vez la vergüenza hizo que bajara los ojos porque no sabía leer. Después de pedir ayuda, fue contestando cada pregunta con voz casi inaudible. Se detuvo para explicar que no poseía cuenta en el banco y dudó un momento antes de dar la dirección exacta de sus padres, en su comunidad de origen.

“Vamos a ver, deme sus manos… sí, por los síntomas que usted tiene le puedo decir que tiene dos enfermedades, una del cuerpo y otra que le pusieron, es que hay gente mala en el mundo, eso lo debe usted de saber; seguramente alguien que le tiene envidia le dio algo malo de comer. Pero no se preocupe, poco a poco vamos a ir sacando la oscuridad de su vida”.

Marina abrió la boca pero no alcanzó a pronunciar palabra alguna; ahora el adivino con su disfraz constelado estaba diciéndole, exactamente, dónde le dolía y describiendo con exactitud cada uno de sus achaques.

“Además del trabajo usted está enfermade la visícula y si no operamos inmediatamente esto le va a producir muchos problemas, así que venga pasado mañana y traiga todo lo que está apuntado en esta hoja, de preferencia cómprelo en el puesto 116 del mercado viejo. Mientras yo voy a invocar al espíritu del hermano Alfredo, que fue un médico famoso y que opera a través de mi cuerpo.

Consciente de su aspecto desaliñado, que contrastaba con las ropas nuevas y las pesadas alhajas doradas del mago, Marina se puso de pie y vaciló un momento antes de preguntar:

“Hoy no le voy a cobrar por la consulta, sólo le pido que deje en la alcancía de la entrada lo que usted crea que vale su salud, acuérdese que la fe mueve montañas y que su generosidad será retribuida 70 veces siete”.

Usted debe tener confianza, porque si duda no sanará, desde que tenía siete años se manifestó el don en mi persona, yo lo rechacé porque no sabía lo maravilloso que es ayudar al prójimo en sus dolencias. Pasó el tiempo y comprendí que Dios me puso aquí en la tierra para ayudar a mis semejantes que sufren y que esperan un milagro; curo en una sola visita las enfermedades menores con la imposición de mis manos, los males más complicados requieren un tratamiento más cuidadoso y a veces operación, como en este caso.

Con un envoltorio en las manos, la paciente penetró por segunda vez en el consultorio, accedió a quitarse la ropa y colocarse aquella bata azul, bebió el agua azucarada que le indicaron y se fue adormeciendo inexplicablemente. Soñó entre otras cosas que hablaba con su hermana muerta y fue contestando una a una las preguntas que le hacía aquella voz. Despertó cuando ya casi había oscurecido y miró los vendajes. Debajo de ellos estaba su piel sana y sin ninguna cicatriz, la única diferencia de cuando entró era la pesadez y el dolor de cabeza que, le dijeron, ya pasaría si seguía todas las instrucciones escitas en aquel trozo de papel. Tras de pagar la módica suma de cinco mil pesos, franqueó la puerta de cristal y se enfrentó a la atmósfera cálida del exterior.

Al día siguiente, el dolor abdominal volvió, pero ella se dijo a sí misma que era normal y que poco a poco pasaría. Ahora estaba preocupada por aquella llamada telefónica en la que una voz con fuerte acento norteño se identificara como su primo Rafael, que en su camino de regreso a México pedía su ayuda discreta para pagar los daños de un supuesto choque y suplicaba que no se avisara a la familia, “para no preocuparla”.

Cedió a su pedido y corrió a depositar los 20 mil pesos que le solicitaba y que constituían el total de sus ahorros de toda la vida. Cuando se retiró de la ventanilla, luego de hacer el depósito, pensó llamar a casa de sus padres para preguntar por su primo. Algo le decía que aquella voz no era la del pariente que hacía años se había ido al otro lado… pero los datos eran tan exactos y manejaba detalles que sólo ella conocía y no había revelado a nadie… o tal vez sí.

Poemas relacionados

Comentarios

Comentarios de la página