MALOS MODALES

Tania Zapata Ortega

Iba distraída, preocupada por llegar a tiempo y alcanzar el último autobús. Violeta caminó hacia la esquina y se bajó de la acera para esquivar las cajas de madera con frutas y evitar pasar así entre la doble fila de discos piratas y puestos de frutas; previendo acaso el acecho de alguno más miserable y desesperado que ella. La calle oscura arrojaba un mentís a la luminosa propaganda de la alcaldesa anunciando los millones invertidos en servicios en la capital.

La reja de la alcantarilla la tomó por sorpresa. Su pie resbaló hasta el fondo de la zanja y el dolor mordiente en la espinilla la sacó de su honda cavilación. Carajo. Se obligó a respirar profundo para no desesperarse. Atrapada a media calle, sólo alcanzó a ver cómo los escasos transeúntes paraban el tráfico y se acercaban a ayudarla. Entre tres hombres empezaron a jalarla hacia arriba para liberar la pierna, pero esto sólo provocó que se hiriera más. Con rabia rechazó la ayuda y luego se quedó inmóvil unos segundos… el tiempo suficiente para analizar la pieza del rompecabezas que tenía enfrente, girar el pie sin soltar el gastado zapato y repetir la trayectoria en sentido inverso. A pesar de las excoriaciones en toda la piel de la pierna, provocadas al salir, lo más grave estaba arriba. El hueso al descubierto blanqueaba entre la sangre que iba empapando la pernera del pantalón, mojada previamente en una sustancia de olor fétido: agua de drenaje.

Con el rostro contraído de dolor, pero apretando con firmeza la cartera, caminó hasta la acera y se sentó en la reja vacía que le tendieron. A lo lejos, la sirena de una ambulancia que se alejaba la hizo reaccionar. Marcó uno tras otro los números de emergencia de su libreta. Nada. Trató de comunicarse con algún conocido sin resultado y, finalmente, accedió a subir al auto de un individuo que había atestiguado el accidente. A medio camino del hospital recordó que no llevaba el carnet de servicios médicos; imposible que alguna enfermera de urgencias se dignara mirar siquiera la herida si no presentaba el papelucho, conocía de sobra las eficientes políticas con que la seguridad social se encarga de minar la salud de los millones de infelices que no tienen más remedio que recurrir a los hospitales públicos. La buena atención y la higiene no son para los pobres “derechohabientes”. Pidió al desconocido la llevara a casa, agradeció la ayuda y se despidió.

Dando traspiés logró penetrar a su cuarto, ignoró la humedad y el goteo de la llave del fregadero, maldijo al gato que había dejado sus huellas polvosas en el cristal de la mesa, tomó el documento y salió de nuevo.

Un taxi… sólo hasta la avenida que está a siete cuadras. Sobreponiéndose al dolor y al enojo consigo misma, Violeta caminó lentamente hasta la parada.

Maloliente, con el cochambre de dos décadas de no recibir un aseo concienzudo, con los botes de basura al tope de restos de comida revueltos con desechos biológicos, la sala de urgencias del Seguro Social recordaba esas descripciones de la Cruz Roja en tiempos de guerra. Nada de médicos.

Cuando por fin la atendió, el enfermero arrugó la nariz y dijo que no garantizaba la cicatrización porque habían transcurrido ya más de seis horas desde el incidente, era la una de la mañana. A pesar de ello roció levemente con una sustancia analgésica la ancha herida, acarició con una gasa impregnada en una solución desinfectante los bordes de la herida y, en un santiamén, ensayó los doce puntos de bordado uniendo la piel lacerada. Violeta rogó por alguna pastilla para el dolor o la infección, pero el amarillento hombrecito vestido de verde y blanco le dijo que hasta el día siguiente le entregarían los medicamentos siempre y cuando hiciera cola para que la atendiera su “médico familiar”.

Casi amaneciendo y previo aviso a la oficina, documentos y recetas en mano, inició el interminable vía crucis en espera de atención, tratamiento, acaso de alguna ayuda psicológica para sobrellevar su miedo, que no llegó sino en forma de una pequeña bolsa de pastillitas que al correr de los días fue creciendo conforme aumentaban también los kilómetros de filas acumuladas sobre su pierna hinchada.

Hace ya más de un año que Violeta no frecuenta el hospital. Ya casi cierra la espantosa úlcera que se formó en su pierna. Ennegrecida, la piel de la espinilla delata los interminables procesos de curación, el corte necesario de la carne muerta y la pericia de los médicos del Seguro Social que en su “tiempo libre” atienden los consultorios particulares de que está infestada la ciudad y a los que acuden, desesperados, los derechohabientes, después de renunciar al servicio gratuito al que dice el gobierno que los pobres tienen derecho.

La coladera sigue atrapando transeúntes en el mismo lugar que entonces, la rejilla deja pasar el pie y luego atrapa la pierna completa a los despistados que caminen sobre la Tercera Oriente, esquina con Cuarta Sur, sin que haya funcionado ninguno de los reportes al Ayuntamiento y a Protección Civil.

El usurero salió ganando los intereses mensuales del préstamo y Violeta salvó la pierna gracias a que el Seguro Social le negó el servicio por elevar la voz y decir: Chingue usted a su madre, señor director médico.

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