LUIS CERNUDA
. Uno de los poetas fundamentales de la Generación del
27. Nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902. Estudió Derecho
y Literatura Española. Lírico exquisito, encasillado entre los
representantes de la “Poesía pura”. En 1925 comenzó a frecuentar
el ambiente literario, haciendo amistad con los más destacados
poetas de su generación: Alberti, Aleixandre, Prados, y García
Lorca, entre otros. Exiliado después de la guerra civil, fue
profesor de Literatura en Glasgow, Londres, Cambridge, Estados
Unidos y México, donde falleció el cinco de noviembre de 1963. Sus
primeras obras muestran una estrecha afinidad con los poetas
surrealistas. Esta etapa comienza con Perfil del aire
(1927) y Égloga,
elegía, oda (1928) y logra su mayor
expresión y madurez en Un río, un amor (1929) y
Los placeres prohibidos (1931), en los que ya se
muestra, en todo su esplendor, un Cernuda enamorado y
rebelde, orgulloso de su diferencia. En sus volúmenes siguientes
arraigó con originalidad y dominio la tradición romántica europea:
Donde habite el olvido (1934), Invocaciones
(1935). Los títulos que aparecieron a partir de este momento, más
los ya publicados, fueron engrosando su obra poética completa bajo
el sugestivo rótulo de La realidad y el deseo (1936); en
1964 se publicó póstumamente la edición número cuarenta. Cernuda,
que tras la contienda civil española conoció el exilio del que
jamás volvió, emprendió, bajo la influencia directa de la poesía
anglosajona, un periodo en el que su obra poética se hace
autobiografía y reflexión. Residente en Gran Bretaña, Estados
Unidos y México, publicó sucesivamente, Las nubes (1940),
Como quien espera el alba (1947), Vivir sin estar
viviendo (1949), Con las horas contadas (1956) y
Desolación de la Quimera (1962). Además de poeta, Cernuda
fue también un excelente prosista. Toda su obra, recopilada tras
su muerte, se puede encontrar en el volumen Prosa completa (1975),
en el que, entre otros títulos, aparecen Variaciones sobre tema
mexicano (1952), Ocnos (1942) y Estudios sobre
poesía española contemporánea (1953).
A UN POETA MUERTO
(F.G.L.)
Así como en la roca
nunca vemos
la clara flor
abrirse,
entre un pueblo
hosco y duro
no brilla
hermosamente
el fresco y alto
ornato de la vida.
Por esto te
mataron, porque eras
verdor en nuestra
tierra árida
y azul en nuestro
oscuro aire.
Leve es la parte de
la vida
que como dioses
rescatan los poetas.
El odio y
destrucción perduran siempre
sordamente en la
entraña.
Toda hiel
sempiterna del español terrible,
que acecha lo
cimero
con su piedra en la
mano.
Triste sino
nacer
con algún don
ilustre
aquí, donde los
hombres
en su miseria solo
saben
el insulto, la
mofa, el recelo profundo
ante aquel que
ilumina las palabras opacas
por el oculto fuego
originario.
La sal de nuestro
mundo eras,
vivo estabas como
un rayo de sol,
y ya es tan solo tu
recuerdo
quien yerra y pasa,
acariciando
el muro de los
cuerpos
con el dejo de las
adormideras
que nuestros
predecesores ingirieron
a orillas del
olvido.
Si tu ángel acude a
la memoria,
sombras son estos
hombres
que aún palpitan
tras las malezas de la tierra;
la muerte se
diría
más viva que la
vida
porque tú estás con
ella,
pasado el arco de
tu vasto imperio,
poblándola de
pájaros y hojas
con tu gracia y tu
juventud incomparables.
Aquí la primavera
luce ahora.
Mira los radiantes
mancebos
que vivo tanto
amaste
efímeros pasar
junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos
bellos que se llevan
tras de sí los
deseos
con su exquisita
forma, y solo encierran
amargo zumo, que no
alberga su espíritu
un destello de amor
ni de alto pensamiento.
Igual todo
prosigue,
como entonces, tan
mágico,
que parece
imposible
la sombra en que
has caído.
Mas un inmenso afán
oculto advierte
que su ignoto
aguijón tan solo puede
aplacarse en
nosotros con la muerte,
como el afán del
agua,
a quien no basta
esculpirse en las olas,
sino perderse
anónima
en los limbos del
mar.
Pero antes no
sabías
la realidad más
honda de este mundo:
el odio, el triste
odio de los hombres,
que en ti señalar
quiso
por el acero
horrible su victoria,
con tu angustia
postrera
bajo la luz
tranquila de Granada,
distante entre
cipreses y laureles,
y entre tus propias
gentes
y por las mismas
manos
que un día
servilmente te halagaran.
Para el poeta la
muerte es la victoria;
un viento demoníaco
le impulsa por la vida,
y si una fuerza
ciega
sin comprensión de
amor
transforma por un
crimen
a ti, cantor, en
héroe,
contempla en
cambio, hermano,
cómo entre la
tristeza y el desdén
un poder más
magnánimo permite a tus amigos
en un rincón
pudrirse libremente.
Tenga tu sombra
paz,
busque otros
valles,
un río donde el
viento
se lleve los
sonidos entre juncos
y lirios y el
encanto
tan viejo de las
aguas elocuentes,
en donde el eco
como la gloria humana ruede,
como ella de
remoto,
ajeno como ella y
tan estéril.
Halle tu gran afán
enajenado
el puro amor de un
dios adolescente
entre el verdor de
las rosas eternas;
porque esta ansia
divina, perdida aquí en la tierra,
tras de tanto dolor
y dejamiento,
con su propia
grandeza nos advierte
de alguna mente
creadora inmensa,
que concibe al
poeta cual lengua de su gloria
y luego le consuela
a través de la muerte.
Como leve
sonido:
hoja que roza un
vidrio,
agua que acaricia
unas guijas,
lluvia que besa una
frente juvenil;
como rápida
caricia:
pie desnudo sobre
el camino,
dedos que ensayan
el primer amor,
sábanas tibias
sobre el cuerpo solitario;
como fugaz
deseo:
seda brillante en
la luz,
esbelto adolescente
entrevisto,
lágrimas por ser
más que un hombre;
como esta vida que
no es mía
y sin embargo es la
mía,
como este afán sin
nombre
que no me pertenece
y sin embargo soy yo;
como todo aquello
que de cerca o de lejos
me roza, me besa,
me hiere,
tu presencia está
conmigo fuera y dentro,
es mi vida misma y
no es mi vida,
así como una hoja y
otra hoja
son la apariencia
del viento que las lleva
como una vela sobre
el mar
resume ese azulado
afán que se levanta
hasta las estrellas
futuras,
hecho escala de
olas
por donde pies
divinos descienden al abismo,
también tu forma
misma,
ángel, demonio,
sueño de un amor soñado,
resume en mí un
afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus
olas melancólicas.
Sintiendo todavía
los pulsos de ese afán,
yo, el más
enamorado,
en las orillas del
amor,
sin que una luz me
vea
definitivamente
muerto o vivo,
contemplo sus olas
y quisiera anegarme,
deseando
perdidamente
descender, como los
ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del
mismo amor que ningún hombre ha visto.
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