LUDLUL BEL NEMEQUI (QUIERO ALABAR AL SEÑOR DE LA SABIDURÍA)
Mesopotamia,
situada entre los ríos Tigris y Éufrates, fue testigo del
florecimiento de Babilonia, cuyos primeros datos históricos se
remontan a fines del milenio IV y principios del III a.n.e.; el
régimen esclavista alcanzó un grado de desarrollo superior al de
Egipto; la acumulación de las riquezas en un polo y la miseria
en el otro, así como la terrible situación de las capas
inferiores de los hombres libres y la agudización de las
contradicciones sociales dieron pie al surgimiento de
concepciones materialistas y ateas. De la gran actividad
comercial entre sus principales ciudades surgió la necesidad de
un sistema de registro, que daría lugar a la escritura
cuneiforme, llamada así porque sus caracteres son combinaciones
de signos en forma de cuñas; gracias a este maravilloso invento,
primera forma de escritura que se conoce, podemos asomarnos a la
historia, organización social y religiosa y a sus conocimientos
y creencias, rescatados de la tradición oral. Desde mediados del
siglo XIX, excavaciones en las ruinas del palacio de
Asurbanipal, en Nínive (en el actual Irak), dieron lugar al
descubrimiento de un invaluable legado histórico, literario y
cultural preservado en tablillas de arcilla; su estudio ha
demostrado que una buena parte de los mitos y la cosmovisión de
hebreos, griegos y romanos, son herencia de esta civilización.
Convocamos ahora a otro poeta anónimo de la antigüedad, al autor
del poema Ludlul Bel nemequi
( Quiero alabar al Señor de la
sabiduría )(*) considerado el poema de
carácter sapiencial más extenso en lengua babilónica;
este monumento literario consiste en cuatro tablillas,
en las dos primeras, el protagonista,
Shubsshi-meshre-Shakkan, funcionario de cierto rango, se
convierte en un Justo Sufriente, es decir en un hombre
piadoso que no ha cometido falta alguna contra dioses y
gobernantes, pero que es objeto de todas las desgracias
posibles: pierde su cargo, riquezas, familia y reconocimiento
social.
Yo, que solía
caminar como un noble, he aprendido a arrastrarme.
De dignatario
que era me he convertido en un esclavo
y a pesar de mi
numerosa familia me he convertido en un marginado.
El protagonista
clama a los dioses, a quienes siempre respetó, y los culpa de
sus desgracias; pero ellos no muestran ninguna señal de querer
intervenir en su favor:
Mi dios me
abandonó, desapareció en su Montaña,
mi diosa
partió, se fue de mi lado,
se apartó el
espíritu Shedu que estaba a mi lado,
se separó mi
espíritu Lamassu que buscó a otro.
Esta parte del
poema es un fuerte cuestionamiento a los dioses y a su
misericordia:
He clamado a mi
dios, pero no ha mostrado su rostro,
he suplicado a
mi diosa, mas no ha levantado su cabeza.
Y acusa a los
adivinos y exorcistas por su incapacidad para ayudar a los
hombres en los mayores trances de la existencia:
Ni el adivino
en su examen ha encontrado explicación,
ni el
intérprete de sueños, en su libación, ha puesto en claro
mi caso.
Imploré al
espíritu Zaqiqu, pero no abrió mi entendimiento.
Y el exorcista,
mediante su ritual, no aplacó la ira divina contra mí.
Así, la
voluntad divina es incomprensible para el hombre, su justicia
dudosa y la realidad mudable y ajena a su control:
¿Quién entiende
la voluntad de los dioses del cielo?
¿Quién conoce
la decisión de los dioses de las profundidades?
¿Dónde
aprendieron los humanos los comportamientos de los
dioses?
El que ayer
estaba vivo, hoy está muerto,
el que hace un
momento estaba triste, se alegró de inmediato.
Pero a las
pérdidas materiales y sociales se añade la enfermedad. A las
puertas de la muerte, el poeta describe el sufrimiento y
desamparo con impresionante realismo:
Y a mí, el
miserable, la tempestad me arrastra,
una enfermedad
debilitante ha caído sobre mí,
un viento
destructivo sopló desde el horizonte.
Todos estos
males, al mismo tiempo se han echado sobre mí;
han aplastado
mi cabeza y apretado mi cráneo,
ensombrecieron
mi rostro, inundaron de lágrimas mis ojos,
tomaron mi
cuello, debilitaron mi nuca,
golpearon mi
pecho y azotaron mi seno,
atacaron mi
carne, me causaron convulsiones.
Se pone en duda
la bondad y misericordia de unos dioses que ni siquiera a
punto de morir, se apiadan de él y se cuestiona la eficacia de
sus intermediarios, los sacerdotes.
Mi dios no vino
a ayudarme, no tomó mi mano,
mi diosa no fue
misericordiosa conmigo, no vino a mi lado.
Mi tumba está
abierta y está listo mi ajuar funerario.
Antes incluso
de morir, los lamentos para mí ya habían
terminado.
Aunque en las
últimas tablillas recupera todo lo perdido gracias a la
intervención divina, las ideas antirreligiosas dominan la mayor
parte de este poema y se manifiestan con enorme fuerza
expresiva, trayendo hasta nosotros los detalles de aquella
remota civilización, cuna del pensamiento y referente para todas
las grandes culturas. Definitivamente, Ludlul Bel nemequi es el
precursor de otro justo sufriente, el Job hebreo, cuya historia
parece una calca del monólogo de Shubsshi-meshre-Shakkan.
* Traducción de
Federico Lara Peinado en Nueva Revista de Política, Cultura
y Arte. Madrid, España. Enero de 2004.
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