LOS ÉPODOS POLÍTICOS DE HORACIO
Tania Zapata Ortega
Los épodos, composiciones tradicionalmente empleadas por los alejandrinos con fines polémicos, para combatir al oponente con la vehemencia de la palabra, conservan en el poeta Quinto Horacio Flaco esta intención. Que el venusino es digno heredero de los poetas helénicos es un hecho indiscutible; fiel seguidor de Arquíloco de Paros en los aspectos formales de su poesía, sus cuidados versos se ciñen a las formas métricas sancionadas por los modelos consagrados. De sus 17 épodos, el 7 y el 16 representan este respeto a la tradición, en forma y contenido; hombre de su tiempo, Horacio expresa claramente en ellos su ideario político; no cabe duda, el poeta rechaza el militarismo y llama a terminar las contiendas civiles que en su tiempo amenazaban con destruir el imperio.
En el Épodo 7 encara a sus conciudadanos y les reprocha su afán de seguir aniquilándose en guerras civiles. El poeta pregunta a los romanos por qué corren a enfrentarse en luchas que no dañan a los enemigos de Roma sino a la propia Roma. En el poema nadie sabe darle una respuesta; el poeta considera al impulso guerrero tan irracional como los motivos de Rómulo, el legendario fundador de Roma, para derramar la sangre de su hermano. Aunque se ha discutido ampliamente la fecha de su escritura, es posible que tanto éste como el 16 fueran escritos entre los años 42 y 32 a. C., cuando se presentaron coyunturas políticas capaces de inspirarlos.
ÉPODO 7
¿A dónde, a dónde os precipitáis, malvados? ¿Por qué empuñan vuestras diestras las espadas que estaban envainadas? ¿Acaso se ha derramado poca sangre latina por los campos y sobre Neptuno, y no para que el romano quemara las soberbias ciudadelas de Cartago, la envidiosa, ni para que el britano, hasta el presente intacto, bajara encadenado por la Vía Sacra; sino para que, según los deseos de los partos, esta ciudad pereciera por su propia diestra? Ni lobos ni leones han tenido tal costumbre, nunca fieros a no ser frente al extraño. ¿Os arrebata una locura ciega, o una fuerza irresistible o vuestra culpa? Dadme una respuesta. Se callan, y una blanca palidez tiñe su rostro, y sus mentes conmocionadas y atónitas se quedan. Así es: a los romanos los empujan unos hados crueles y aquel crimen del asesinato del hermano, desde que por tierra corrió la sangre del inocente Remo, como una maldición para sus nietos.
Hacia el año 38 a.C. Horacio, el hijo del liberto, era ya uno de los miembros del famoso círculo de Cayo Clinio Mecenas, consejero del emperador Octavio Augusto y protector de grandes poetas de la época a cuya sombra florecieron perennes monumentos de la literatura universal. Hay que reconocer que Mecenas hizo bastante para merecer el reconocimiento de Horacio, que había luchado contra el emperador en Filipos, junto a Bruto, razón por la que sufrió la expropiación de sus tierras. Por boca del poeta conocemos el episodio en el que reconoce haber abandonado el escudo en la retirada de Filipos, anécdota que ha despertado la sospecha de no ser más que un tributo a tres de sus poetas favoritos, Alceo, Arquíloco y Anacreonte, que hicieran lo mismo en su día; pero esta confesión también puede interpretarse como una postura de rechazo a la guerra, como en el Épodo 16, al que muchos historiadores de la literatura otorgan una importancia crucial para entender la obra horaciana; de datación similar al anterior, en él se deplora la suerte de Roma, a la que no habían podido vencer tantos enemigos, ni siquiera el gran Aníbal, y que está a punto de ser devastada por los propios romanos.
ÉPODO 16 (Fragmento)
Ya otra generación en guerras civiles se destroza y Roma se derrumba por sus propias fuerzas. A la que no lograron perder los marsos fronterizos, ni la amenaza de Porsena con su tropa etrusca, o el valor de Capua, émulo del suyo, ni el intrépido Espartaco ni el alóbroge desleal en las revueltas; a la que no sometió la fiera Germania con su juventud de azules ojos, ni Aníbal, execrado por los padres, la perderemos nosotros, generación de sangre maldecida, y su solar será de nuevo ocupado por las fieras. Un bárbaro –¡ay!– pisará victorioso sus cenizas, y a caballo golpeará la ciudad con resonantes cascos; y los huesos de Quirino, resguardados de los vientos y los soles –¡sacrílego espectáculo!– los dispersará colmado de insolencia…
Horacio propone aquí para evitarlo que los romanos, imitando a los foceos, abandonen su patria y busquen una nueva, sin regresar hasta que la naturaleza haya obrado los más insólitos prodigios; quienes aún tengan esperanzas, deberán embarcarse para buscar las Islas Afortunadas, último reducto de la Edad de Oro, donde la tierra da sus frutos sin exigir esfuerzo, los ganados acuden espontáneamente a la hora del ordeño, sin verse expuestos a pestes ni a alimañas, los rayos del Sol no queman las cosechas ni éstas son arrasadas por el temporal; son las tierras reservadas por Júpiter para los bienaventurados.
Publicado originalmente en el número 794 de la revista buzos de la noticia el 13 de noviembre de 2017.

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