LICOR DE FRUTAS

Tania Zapata Ortega

 

Una ceiba inmensa crece en el centro del patio de acceso al penal. Su enorme tronco se retuerce de forma siniestra reproduciendo la ominosa forma de una mujer torturada, cuyos brazos abiertos en cruz están sujetos por numerosas garras vegetales. Por momentos parece que gritara, que se debatiera en inútiles intentos por desprenderse del funesto abrazo. Bajo su copa frondosa, cientos de pichones han anidado y viven de las sobras que los familiares de los reclusos dejan en el suelo. Huele a desolación, a sombra insana.

Amanece ya cuando Antonia baja del autobús atestado de pasajeros y corre a formarse, arrastrando en su carrera al niño que se esfuerza por seguirla. Se ha puesto un vestido nuevo, de hermosas rosas rojas sobre un fondo azul claro y se arregló con esmero; así que procura no agitarse para continuar fresca el mayor tiempo posible; ignora que tendrá que esperar largas horas de pie antes de acceder al primer puesto de guardia.

A pesar del cansancio, evita sentarse en las bancas de cemento construidas en torno al árbol, pues están cubiertas de excremento de ave y el negro gusano azotador cae con frecuencia, quemando la piel del imprudente que no se aparte.

Tres horas después, bajo el quemante sol, recibe la orden de subir las gradas para identificarse. El guardia mira su atuendo y señala su centro vital con el índice diciendo: “Eso no pasa” y mira a la persona siguiente en la fila. Antonia se queda inmóvil un instante y como si de pronto recordara algo, baja corriendo la escalera y se dirige a la salida.

De mala gana, el hombre de la entrada le renta un maloliente pantalón descolorido y una playera blanca de algodón cubierta de manchas desagradables y le dice que tiene una hora para usarlas o perder las prendas que deja en garantía. Preocupada, consigue también una muda distinta para el niño y paga como si se tratara de ropa nueva y cara.

Sube apresurada las gradas, seguida del murmullo desaprobatorio del mujerío impaciente, sólo para constatar que los obstáculos son cada vez más difíciles de vencer. Extrae de la bolsa la credencial bajo la mirada fría del hombre, que observa al niño que tose un poco. “No puede pasar así, puede ser influenza y va a contagiar a los internos”. Tras varios intentos, Antonia consigue que acepten su último billete; lo deja en la entrada que cuida el vigilante. Extiende tímidamente el antebrazo para que el uniformado imprima un cerdo con tinta permanente de color negro y asciende el resto de los escalones con su bolsa a cuestas.

Delante de ella, en el mostrador de la aduana, una mujer desempaca su cargamento de víveres. Racimos enormes de uvas, maravillosas sandías, melones redondos y maduros, un sinfín de productos son enlistados por una oficial bajita de pelo corto. Todo se coloca de nuevo en las cajas, hasta quedar visible sólo un par de enormes botellas del prohibido refresco negro.

Confiada por el éxito de aquella mujer, Antonia extrae el frasquito de café y los demás comestibles. La encargada frunce el ceño y abre el portaviandas, introduce toda la mano en el guiso tibio y luego se limpia las uñas acrílicas con una sucia franela. Sin mirar a Antonia señala el humilde meloncito y dice lacónicamente: “eso no pasa”; vacía el contenido del frasco en una bolsa transparente y la mira con impaciencia.

–Pero si la otra señora traía tantas cosas y la dejaron pasar, ¿por qué a mí no?– Se oye replicar a Antonia; pero ya le contestan que son las reglas, que son órdenes del señor director y que si quiere pasar su fruta haga cola para hablar con él; que los presos fermentan alcohol con las frutas, y algo sobre las adicciones que Antonia ya no entiende.

–Y quítese el maquillaje por favor, aquí no se puede venir así–, oye a sus espaldas.

Con la cartera vacía y cuatro sellos más en el antebrazo izquierdo (un ratón verde, una mula roja, un perro azul y un glifo maya negro), Antonia se sienta por fin en la banquita alquilada a precio de oro para la visita. Trata de aparecer tranquila para no preocupar de más a Manuel.

–¿Por qué no trajiste a mi hijo y por qué hasta hoy vienes? –Le espeta nada más verla–, te hubieras levantado temprano, ya casi van a mandar a salir a todos. Necesito dinero, los de la talacha dicen que si no acompletas me van a meter a la alcantarilla, y es cierto, porque hace tres días apareció un ahogado en el drenaje.

Con la mirada fija en un punto lejano, Antonia escucha el sermón, baja los brazos en el abrazo de despedida y mira la silueta anaranjada caminar lentamente por el pasillo.

Con su prisión invisible a cuestas, sale al patio por fin y toma al niño de la mano. Contempla el doloroso tronco retorcido de la pochota y recuerda que en su pueblo colocan ofrendas bajo estos árboles para pedir favores y milagros. Le dejan cigarros, pan, fruta y hasta su traguito para que sane a los enfermos o cumpla algún favor; aquí, en el penal, nadie lo hace, quizás por eso la mujer del árbol clama a gritos que alguien la deje escapar. Antonia tiene sed, pero no tomará nada hasta volver a casa porque un refresco cuesta lo mismo que un kilo de azúcar para endulzar un poco la vida, que ya se le marchita.

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