LA PIEDRA
MÁGICA
Tania Zapata
Ortega
Semidesnudo y
descalzo, Hernán se sentó en el piso del túnel y se rascó la
cabeza a través del pañuelo desteñido que tenía atado a ella.
Llevaba ya dos horas avanzando en el viejo laberinto subterráneo
que, desde tiempo inmemorial, sus antepasados habían cavado en
la ladera del cerro de Pauchil. En cuclillas, con el cuerpo
doblado hacia adelante para conservar el equilibrio, fue
reptando por la red de estrechas galerías hasta que percibió, en
una de las paredes, la capa de carbón vegetal que buscaba con
ansiedad. Había encontrado “el corazón del ámbar”, como le
decían sus mayores, así que se colocó de rodillas y empuñó el
cincel.
Sabiendo
con certeza que se encontraba a muchos metros de la
abertura por la que se había introducido, Hernán,
alumbrando apenas con una velita, extrañaba los tiempos
buenos en que podía comprar baterías y usar una
linterna, pero tenía ya dos meses sin encontrar ni un
pedacito de ámbar. La magra complexión del pequeño
minero de 12 años proyectaba una sombra de proporciones
mayores que su cuerpo, que poseía la edad y talla ideales para
deslizarse en aquellos estrechos pozos en que lo iniciara un año
antes su padre, que lo esperaba a 200 metros de distancia, sobre
la techumbre del subterráneo.
Procuró
hacer su trabajo con cuidado, a sabiendas de que cualquier
derrumbe lo sepultaría demasiado lejos de la luz. Recordaba con
nitidez la narración de accidentes fatales en que quedaron
enterrados en vida a experimentados mineros; por ello pasaba la
mano sobre la superficie, de cuando en cuando, para detectar las
fallas que se hubieran producido con cada impacto.
En la
semioscuridad brillaron unos destellos carmesíes y Hernán sonrió
en su interior; había encontrado una veta de hermosísimo ámbar
rojo, el más cotizado en la región y exclusivo de ella, que por
su belleza y escasez era muy apreciado por los turistas, quienes
preferían esa tonalidad, aunque el verde, también llamado
“jardín” fuese mucho más raro; así que con emoción creciente fue
desprendiendo la masa del mineral hasta que quedó en sus
manos.
A la luz
de la vela miró a trasluz un pequeño fragmento
desprendido, y al momento, los colores del arco iris se
reflejaron en él, probando su autenticidad de gema de
origen vegetal con burbujas del aire que circulaba en
una época fantásticamente remota.
Dos meses
atrás, su abuelo había soñado con que el Señor de los Cerros le
indicaba dónde debía cavar, y desde entonces habían acudido
esperanzados al cerro de Pauchil a dejar ofrendas. Hernán llegó
a contar hasta seis docenas de velas antes que el “Dueño del
lugar” se les presentara, y prometiera guiarlos hasta la veta de
pauch. Habían pagado, además, la cuota a los
ejidatarios para que permitieran la explotación en la
mina.
Bajo la
tierra caliente y húmeda, trató de calcular el peso de la resina
fósil extraída, mientras iniciaba el regreso; se dijo a sí mismo
que era una pieza compacta de casi un kilogramo, y desde la
penumbra deseó regresar algún día con tres kilos de un
maravilloso material con inclusiones de insectos y pequeños
vertebrados, atrapados en las lágrimas del bosque prehistórico,
tal como un día lo pudo hacer su tío, dando de comer durante
muchos meses a toda la familia. Pensaba en estas fantásticas
historias, mientras se arrastraba de regreso, feliz por la
suerte que ahora le favorecía.
Pensó en
la sonrisa desdentada del abuelo, cuya piel estaba
cubierta con un finísimo polvo gris, el mismo que hacía
brillar el cuerpo de todos los mineros viejos, adherido
durante toda una vida de asfixiantes jornadas bajo
tierra. Superviviente de trágicos derrumbes, ahora
apenas pasaba despierto unas horas por la tarde, cuando
contaba historias interminables al nutrido grupo de
chiquillos que le hacían rueda a la sombra del patio.
De forma
abrupta, y cuando le faltaban unos metros para llegar a la
entrada, el paso quedó obstruido por una lluvia de piedra y
lodo. Hernán se quedó inmóvil hasta que el derrumbe cesó,
entonces se acercó cautelosamente.
Encerrado
en aquella tumba, y en peligro inminente de morir, no
lamentó haberse aventurado adentro de la mina en
temporada lluviosa. Metió la mano al solferino morral
tejido por su madre y acarició la resina fosilizada 25
millones de años atrás, para sentir la calidez y
tranquilidad que le transmitía.
A su
contacto, lo invadió una voluntad superior al estorbo que le
impedía el paso y se sintió protegido por casi un kilo del
talismán que desde todos los rincones del planeta venía gente a
buscar a su pueblo, para curar enfermedades, alejar el mal de
ojo y atraer prosperidad; supo que saldría vivo.
Lenta y
tenazmente, fue retirando la tierra y piedras que bloqueaban la
salida, hasta que la luz volvió a filtrarse en aquellas
tinieblas y emergió ileso al encuentro de su padre, preocupado
ya por su tardanza.
–Don
Ignacio, cámbieme mi ámbar. Cálelo usted y diga cuánto
ofrece.
El obeso
tendero toma las piedras brutas y las pesa, le dice a Manuel que
sólo puede darle cuatro pesos por gramo y que ahí no hay más que
un cuarto de kilo. Y Guarda sigiloso el tesoro que cambiará con
gran ventaja en la ciudad.
Por el
camino viene el hombre cargando una caja de cartón con
aguardiente, maíz y frijol que ha recibido a cambio; va rumiando
en silencio su ira contra la insinuación del ricachón de
Simojovel. Es ámbar, se dice, no cuentas de vidrio o plástico,
como podría probarse quemando la aromática resina milenaria.
Piensa en ello por el camino, mientras acaricia pensativo el
colmillo verdoso que lo acompaña desde su juventud.
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