LA PATRIA ME NECESITA

Tania Zapata Ortega

“¿Pero qué estará pensando esta vieja estúpida?, ¿que yo le voy a regalar mi dinero nada más porque sí?, pero si a mí me costó ganarlo; además no se puso sus moños cuando lo recibió; ahí si, bien que estiró la mano y corrió a pagar su atención médica, porque dizque estaba enferma”.

Así venía diciendo para su capote el Búfalo, como le llama toda la gente a Rodrigo Camacho, el usurero más temible de la región. Años de experiencia en el oficio le han enseñado, más que la escuela, a redactar convenientemente un pagaré, un contrato de compra venta; así como la habilidad de tasador para determinar de un vistazo la autenticidad, peso y valor de una cadena, un par de arracadas o una televisión, por mencionar sólo algunos de la infinidad de objetos a los que la gente recurre para, en lo inmediato, salir de algún trance.

Delgado, con una ganchuda nariz y una calva sobresaliente rodeada de canas cortadas casi al ras, todo en su aspecto denotaba tensión y energía, atesoradas como todo lo suyo. Sus ropas, muy gastadas y sin color, dejaban adivinar que representaron un desembolso considerable cuando nuevas, pero habían servido ya de sobra y desquitado su precio. Esta ropa usaba cuando recibía a sus clientes o en sus diligencias fuera de casa. A solas, guardaba su ropa “buena” y vestía trapos aún más miserables para no gastar de más.

Rodrigo no era analfabeta, había estudiado la primaria en aquellos tiempos en que, vara en mano, se enseñaba a los niños a leer, escribir con letra manuscrita, a sumar, restar y hacer quebrados; hoy, se decía renegando, la declaración de los derechos de los niños, la carrera magisterial y las teorías pedagógicas que hasta consideran el amor a la infancia, han vuelto suave la disciplina y muchos jóvenes salen de la escuela sin entender lo que leen y sin aptitudes “prácticas”. Pero ése no era el caso del Búfalo, él sí sabía de porcentajes y no le intimidaban ni juicios ni licenciaditos, como solía llamar a quienes, sabía, era fácil convencer con una propinita.

“Y encima se atreve a pedirle ayuda al abogado rojillo ése… ¿qué estará pensando?, pero qué bueno que le dije lo que merecía. Total, yo ya vendí la casa porque no me pagó a tiempo. Entretenido en estos pensamientos llegó a su casa y antes de acercarse al portón, sus ojillos nerviosos, como de ave de presa, recorrieron la cuadra que a esas horas estaba desierta. El Sol caía a plomo y no quedaba ninguna sombra. La puerta de entrada al caserón, a medias pintado, era de hierro, con esa forma que deja mirar desde adentro a quien llega sin permitir que las miradas de algún intruso penetren hasta el patio. La inclinación indispensable para prever cualquier ataque.

Violeta, aguzando la vista desde dos cuadras de distancia, espero aún unos minutos y se acercó a la casa; ya había dado tres vueltas en el transcurso de la mañana, pero no había encontrado al agiotista. Llamó tímidamente y desde el intercomunicador se identificó. El Búfalo salió al patio, miró por la celosía de hierro y cuando se hubo cerciorado de que no corría peligro, abrió y recorrió, despectivamente de los pies a la cabeza a la recién llegada. “No puedo hacer nada por ti, se venció el plazo y tuve que vender la casa; además, firmamos un contrato de compra venta… yo no te fui a buscar ni a ofrecer mi dinero. Mira, te confiaré esto: si tú amas algo, por decir una plantita, un animalito o un bebé, pues lo cuidas, lo alimentas, lo proteges y no dejas que nadie le haga daño… pues así es con el dinero. Yo tengo que cuidarlo porque así me costó ganarlo. Además, ya no llores, porque yo te ayudé a salir del apuro, ¿o no?”.

Ella abrió la boca para replicar, para pedir una prórroga, para explicar acaso el motivo por el cual no pudo liquidar el cuerpo de la deuda y por qué se tardó un par de días en acudir con el pago de los intereses. El prestamista siguió hablando y las frases se encimaron; al final dominó la voz del Búfalo. “¿Qué sería de la gente si yo no les resolviera sus problemas? Cuando vienen conmigo yo les presto, les ayudo. Ellos me necesitan y entonces yo tengo qué contar con dinero para ayudarles, debo cuidar mi dinero”, reiteraba convencido de su propia “utilidad”.

El agresivo bull terrier levantó la cabeza y lanzó un amenazador gruñido, desde el poste en que se hallaba encadendo. Ella se levantó despacio, a punto de llorar y ensayó la posible huída. Rodrigo Camacho todavía agregó: “la gente sin dinero es la más imprudente; lo pide prestado con cualquier pretexto y luego se lo gasta en tonterías. Es que si se quiere tener dinero no se debe derrochar en lujos y si no tienes para ir a la clínica, pues usa el Seguro Popular.

Violeta ya no tiene casa. Desde hace dos años, el pago de la renta le corta el aliento cada fin de mes. Al final se cansó de la interminable antesala para que la recibiera el presidente municipal y la ayudara a conservar su patrimonio. Desocupó cuando las amenazas del nuevo propietario se volvieron insoportables.

Hoy entierran a Karina, la nuera del Búfalo; murió ayer de fiebre puerperal en el Hospital del Seguro Social, después de malparir un bebé muerto. Los médicos decían que todavía no era tiempo y la dejaron en “urgencias” más de 36 horas en trabajo de parto. La están velando en la funeraria más lujosa de la ciudad. Su suegro fue generoso y cooperó para las exequias, mas no costeó una clínica particular que la salvara, pues tenía que ahorrar con el fin de servir a mucha gente. Está convencido de que esto es cierto: debe sacrificar a su propia familia, porque la patria lo necesita.

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