LA ODA CORAL. LOS EPINICIOS DE PÍNDARO
Píndaro (521-441
a.C.) es el más destacado poeta de los líricos griegos de la
antigüedad y el más difícil, por sus complicadas alusiones
mitológicas, expresiones y juicios éticos, lo que no impide, una
vez salvando estos escollos, disfrutar la perfección de su arte.
En sus composiciones se ciñe a las formas poéticas tradicionales,
con sus restricciones y formalismos, demostrando el ancho margen
que quedaba al poeta para expresar belleza e imprimir su marca
personal. Gobernó su vida por la creencia en la religión
hereditaria y en las pretensiones de la nobleza. Se consagró a las
que consideraba las glorias auténticas de Grecia. Para entender su
poesía hay que recordar la importancia que en su época tenían los
torneos atléticos, de los que se convierte en cantor. Su
veneración por los vencedores sobrevive en sus obras, compuestas
fundamentalmente por cantos corales escritos para elogiar a los
atletas vencedores en los cuatro grandes festivales atléticos de
Grecia (olímpicos, ístmicos, píticos y nemeos). Sus odas se
cantaban en las fiestas o las procesiones que visitaban la casa
del vencedor, y nos hacen entrever el esplendor y el regocijo de
estas celebraciones. En su Olímpica IX, dedicada a Efarmosto de
Opunte, vencedor en la palestra, expresa gran admiración por las
aptitudes del deportista y las atribuye a tres dones de origen
divino: “fuerza, valor, destreza”.
…
Ningún atleta
gira
como él, sin tropezar,
sobre la arena;
la multitud lo
mira,
y aplauso universal
súbito suena.
…
Con la última
proeza,
¡Musa! las glorias del
varón proclama.
Fuerza, valor,
destreza,
el cielo bienhechor
sobre él derrama.
…
Las competencias
más importantes de Grecia tenían lugar en Olimpia, cada cuatro
años, durante la fiesta consagrada a Zeus; duraban siete días, el
primero y el último dedicados a las ceremonias religiosas y los
cinco restantes a las justas deportivas; antes de iniciar, los
atletas prometían aceptar la derrota y jugar limpiamente. Se
competía en carrera doble o simple, sin armas, carrera con armas,
lucha, pugilato, lanzamiento de disco, pentatlón (salto, carrera,
luchas, lanzamiento de disco y jabalina) y carrera de carros. Los
ganadores, con la corona de laurel, recibían el título de
“olímpicos” o “vencedores de los juegos”, el honor más codiciado
por los jóvenes. Píndaro amonesta a menudo a los vencedores para
que no olviden la fugacidad de la gloria y la necesaria
modestia.
Maestro del
Epinicio , himno triunfal en honor de
los atletas vencedores, su poesía refleja también el carácter
religioso y la importancia política e ideológica de estos
encuentros. Los epinicios parten del triunfo del atleta,
siguen con los elogios que su patria les rinde y parangonan las
hazañas del atleta con las proezas de las deidades o los héroes
mitológicos, presentando al triunfador como su descendiente; en la
Olímpica Séptima, dedicada al púgil Diágoras de Rodas,
Píndaro lo vincula a la estirpe de Hércules:
Sangre del noble
Alcides
hierve en los
adalides
de su linaje llegaré
al Supremo
progenitor
ilustre,
rastreando hasta el
grande Tlepolemo.
De su familia
ilustre,
del alto Jove la
paterna rama
oriunda se
proclama,
y la otra se
gloría
de ser de
Astidamía
Y de Amíntor insigne
descendiente.
Destinados a
cantarse en los banquetes en honor de los competidores
victoriosos, los poemas de Píndaro exigen del lector moderno un
conocimiento profundo del panteón griego. A partir de las proezas
deportivas se enlaza al mito o realiza el proceso inverso, sin
perder por ello altura literaria.
La historia del
deporte debe a Píndaro la preservación de los detalles y de las
hazañas de atletas de quienes sólo por él tenemos noticia;
asombrosamente consciente del papel del vate, ensalza a Mnemosina,
madre de las musas y personificación de la memoria y se parangona
con Homero, recordándonos que sin él (y sin el favor de Apolo),
nada sabríamos de las inmortales proezas de Ulises, de Aquiles, de
Áyax y de tantos griegos prominentes de la antigüedad.
NEMEA
Negras tinieblas y
profundo olvido
dan las proezas sin el
dulce canto.
¿Quieres que eterno tu
valor retrate
límpido espejo?
De Mnemosina de
brillante tiara,
favor alcanza; y
encontrar procura
vate famoso que tus
altos hechos
ínclito cante.
Sigue el ejemplo del
sagaz marino,
que el viento aguarda
del tercero día,
sin que las anclas a
levar lo mueva
ansia de lucro.
Rico y mendigo, con
igual certeza
van a la tumba. Del
astuto Ulises
los sufrimientos, que
su clara fama,
juzgo menores.
Al dulce Homero su
renombre debe,
cuyas ficciones e
inspirado vuelo
verdad parecen, al que
oír sus dulces
fábulas logra.
Ciega es la mente del
profano vulgo:
si lo que es justo
discernir pudiera,
¿se hiriera acaso con
su propio sable
Áyax valiente?
Héroe más grande, con
el rubio Atrida,
(excepto Aquiles) a
salvar a Helena,
De Ilo a los muros, en
las naves nunca
Céfiro trajo.
Del Orco triste las
hinchadas olas
cubren la barca de la
humana vida,
y al hombre obscuro y
al varón preclaro
juntos
sumergen.
Y si a la muerte
sobrevive eterno
el claro nombre de
esforzados héroes,
al dios lo debe que
inmortales cantos
plácida
inspira.
Francisco Montes de Oca,
La literatura en sus fuentes. Ana Victoria Mondada,
Literatura griega. Hesíodo, Safo, Píndaro. Martín de
Riquer, Historia de la literatura universal. C. M. Bowra,
Literatura griega.
Publicado originalmente
en el número 776 de la revista buzos
de la noticia el 22 de mayo de 2017.
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