LA ENEIDA, CONCIENCIA DE LA NECESIDAD HISTÓRICA
Tania Zapata Ortega
Mantua me dio la vida, Calabria me la arrebató.
Ahora me posee Parténope; canté a los prados, los campos, los héroes.
(Epitafio de Virgilio).
Como una expresión de la necesidad, cada encrucijada de la historia engendra los hombres que necesita; el estudio de los poetas a veces basta para comprender la esencia de una época, siempre que se los vea como fruto de su tiempo. La obra del mantuano Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.) es eminentemente política y refleja la convulsa realidad de la Italia de su tiempo. De origen rural, educado en Cremona, Milán y Roma, gracias a su naciente fama de poeta conservaría la hacienda paterna a pesar de la expropiación general en favor de los veteranos de Augusto. Pertenece al periodo Clásico de la literatura latina, a la época de las dictaduras aristocráticas. La belleza objetiva de sus versos, síntesis de la cultura antigua, explica su popularidad, que ha durado más de dos milenios.
Diez años tardó el “Príncipe de los poetas clásicos” en dar forma a su obra capital cuyo héroe, Eneas, protagoniza la gran epopeya nacional de Roma; escrita entre el 29 y el 19 a.C., primero en prosa y luego en versos de insuperable perfección, La Eneida es fruto de su indomable tenacidad y férrea voluntad de ofrecer a su patria una epopeya perfecta, acorde con el momento histórico que vivía.
Canto las terribles armas de Marte y al varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los Hados, pisó el primero la Italia y las costas lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes que lograse edificar la gran Ciudad y llevar sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores albanos y las murallas de la soberbia Roma.
En la época de Virgilio, los artistas se acogían a la protección de hombres acaudalados como Asinio Polión, Messala Corvino y Mecenas (que hoy, por sinécdoque, entendemos como “protector”). Hacia el año 29 a.C., el emperador Augusto, impresionado por las Geórgicas, el gran poema virgiliano sobre la agricultura, encomendó al poeta una obra que exaltara la historia de Roma; así fue concebida La Eneida. La gens Iulia, a la que pertenecían Augusto y César, pretendía descender directamente de la diosa Venus y de su hijo Eneas, mítico fundador de una estirpe de emperadores; la obra de Virgilio es la versión poética de la leyenda que suponía a los romanos descendientes de Ilión. La historia del príncipe troyano arribando a Italia para fundar la nación romana halagaba el orgullo popular y respondía al gusto de la época por las epopeyas mitológicas, persiguiendo al mismo tiempo un objetivo nacional y uno dinástico. Poetas como Gneo Nevio, con su Bellum Poenicum, (Las Guerras Púnicas), e historiadores como Catón y Varrón son el antecedente de este afán “nacionalista”.
El periplo de Eneas comienza después de la caída de Troya; va a parar a Cartago, donde conoce a la reina Dido, que en uno de los pasajes más conmovedores de la obra se suicida al verse abandonada por el héroe:
“Vengadora de mi esposo, castigué a un hermano enemigo. ¡Feliz! ¡Ah! ¡Demasiado feliz con sólo que nunca hubieren arribado a mis playas las dardanias naves!” Dijo, y besando el lecho: “¡Y he de morir sin venganza!” Exclamó. “Muramos: así, así quiero yo descender al abismo. Apaciente sus ojos desde la alta mar el cruel dardanio en esta hoguera y lleve en su alma el presagio de mi muerte”. Dijo, y en medio de aquellas palabras, sus doncellas la ven caer a impulso del hierro y ven la espada llena de espumosa sangre y sus manos todas ensangrentadas.
Publicado originalmente en el número 791 de la revista buzos de la noticia el 23 de octubre de 2017.

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