LA
CAPTURA
Tania zapata Ortega
Por la
pendiente lo traen maniado como iguana. Lazos de
tendedero en pies y manos, brazos a la espalda, su piel
cobriza retorciéndose bajo el Sol. “¡Ay! Ya no me
peguen, ¡ya me amarraron, ya no me peguen, yo no hice
nada!”… Las patadas se estrellan contra su magra
osamenta, mientras toda la calle se llena con los gritos
de la turba enfurecida y rencorosa.
“Agarraron al
Bugui, el otro bajó corriendo por el barranco”, dice un
padre de familia armado con una herramienta en forma de cruz,
con la que descoyuntaría todos los huesos del que lastimó a su
nieto hace días. Los machetes suenan contra la banqueta de la
calle principal, mientras La Chachi pide clemencia para
el pobre cristiano: “No lo vayan a matar, ustedes también
tienen hijos”; tal vez recordó en este trance al hijo muerto por
pleitos entre pandillas, porque hace un momento intentó desviar
a los perseguidores con una pista falsa, y ahora, situada dentro
del grupo de captores, aboga disimuladamente por el
Bugui, antiguo amigo de juegos del difunto.
Con fuerza bien
calculada dejan caer el fardo sobre el pavimento, procurando que
se haga el mayor daño posible. Vienen ya, corriendo, con tubos y
machetes para convertir en picadillo al malandrín, pero una voz
se impone a las demás: “dejen los machetes, ya lo tenemos, que
venga la patrulla para llevárselo… tú, Armando, quítales los
tubos y diles que no le peguen en la cara, este cabrón luego va
a ir con los derechos humanos a decir que nosotros somos los
malos”.
El estallido de
una botella de vidrio atrae todas las miradas. Las astillas
ambarinas de la caguama están encima de
las ropas del Bugui que ahora tiene el rostro
ensangrentado con el ojo por ojo que le regalaron
su imprudencia y mala suerte. “¡Te dije que me la ibas a
pagar, perro! ¡Me marcaste, pero ahora estamos a mano!”, dice
Diego, cuya oreja está aún llena de los vendoletes y puntadas
después del asalto que sufrió la semana pasada.
Pasan los
minutos y los enardecidos ánimos se calman poco a poco.
A intervalos regulares se escucha un aullido
infrahumano: es el Bugui que grita, desde el
sopor de cannabis y charrito, con
modulaciones que recuerdan el aullido amenazante de un
felino acorralado; es un intento que falla, pues trata de que lo
suelten por compasión, o al menos lo aparten del ardiente
pavimento que escuece su espalda desnuda y taraceada de tatuajes
alusivos a la “Barrio 18”. Todos son ahora protagonistas de
historias de asaltos y tropelías a cargo del Bugui.
Aquella señora se queja de que vaciaron su casa y la libraron de
televisión y estéreo. El de más allá narra cómo lo dejaron sin
herramientas una noche que dejó su casa para ir a cuidar a un
familiar enfermo. Éste de enfrente narra la forma en que lo
atajaron en el puente amarillo y lo despojaron de la raya
de la semana, ganada a pulso en la obra. Uno más hace el
recuento de todas las veces que tuvo que regalarle, por miedo,
cigarros y cervezas de su tienda. Todos se alegran de que viene
en camino la patrulla para detener, definitivamente, al odiado
ratero. Sólo La Chachi los oye sin chistar y
lamenta no haber abierto rápido su puerta para esconder al
fugitivo, cuando escapaba tras ser sorprendido en la azotea de
la casa del pastor.
Recién bañado,
descalzo y apenas cubierto con un pantaloncillo azul marino,
El Bugui se presentará mañana a declarar, mirando de
soslayo a la secretaria, quien bajará la vista con temor. 25
pesos y un manojo de llaves ennegrecidas le serán devueltas más
tarde, cuando se determine que los vecinos no presentaron cargos
y, al no encontrarse pruebas que lo inculpen, lo echarán a la
calle, luego de que su familia pague la multa correspondiente
por la “falta administrativa” que cometió al subirse a la azotea
de los vecinos. Vendrá a esperarlo afuera de la cárcel, con el
niño en brazos y la cara de angustia, una delgada mujercita de
edad indefinida que tiembla ante la posibilidad de perder a su
único sostén.
Esto último, a
menos que los captores, además de velocidad para perseguir al
fugitivo, hayan tenido la suficiente paciencia para dedicar el
resto del día a repetir los agravios sufridos, dejándolos
asentados en un acta, a fin de que dejen guardado al pobre
malandro unos cuantos meses, tiempo suficiente para que
sanen sus heridas y vuelva a tentar a la suerte, mostrando
provocativo las constelaciones de su exótica espalda
marera.
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