JAMTIK-BA BE
(en tzotzil, Abriendo
camino)
Tania Zapata Ortega
Como es
costumbre en la región, un siglo de historia del
municipio en la figura de sus expresidentes parecía
contemplar, desde las paredes del pasillo, y desde sus
marcos de cedro, al recién llegado. En la antesala,
cohibido ante los pisos encerados y los estantes de
maderas finas. Andrés se detuvo un instante para tomar aliento
después del ascenso por la escalera de caracol. El producto de
limpieza aplicado sobre las losetas de cerámica se sobreponía a
cualquier olor que pudiera haber existido antes.
“Buenos días,
señorita, ya vine de nuevo, es que ayer me dijo el presidente
que me iba a atender a las nueve… sí, es que vengo a ver lo del
camino del Mirador porque, hace un año, él se comprometió a
mandar una máquina para que se abra el camino y puedan pasar los
camiones… está bien, lo voy a esperar”.
También la
secretaria parecía combinar con el decorado de la oficina. Su
curva nariz complementaba la decoración en la que abundaban
símbolos prehispánicos y águilas talladas en madera barnizada.
Ella miró un instante al campesino y volvió a enfrascarse en la
lectura. Estaba absorta leyendo los últimos chismes del
espectáculo cuando sonó el timbre del teléfono. Hizo a un lado
sus aretes de cuentas amarillas y se colocó el auricular en el
oído.
“Dice el
ciudadano que no va a poder atenderlo hoy, porque tiene una
reunión muy importante en la capital, que si puede venir mañana
en la tarde, con gusto lo recibe, que lo disculpe por
favor”
Dos días de
viaje, muchas horas a lomo de bestia por caminos resbalosos por
la persistente lluvia; y desde la vereda diez kilómetros a pie
hasta su comunidad… Andrés, contempló una fotografía que
mostraba al alcalde en abrazo amistoso con el gobernador. Guardó
silencio unos segundos mientras se esforzaba por construir en
español una frase correcta para despedirse y finalmente se
marchó, anunciando su visita del próximo día.
A la mañana
siguiente, se presentó en la misma oficina y se sentó enfrente
de la secretaria sin decir palabra. Ésta lo miró, recordó al
campesino del día anterior y consultó brevemente su libreta. “El
presidente no ha regresado todavía, te dije que vinieras en la
tarde”. Andrés hubiera querido explicarle que no pudo volver el
día anterior a su comunidad y que ahora no estaba dispuesto a
emprender la vuelta sin una respuesta, pero se limitó a asentir
en silencio y se sentó a pesar de la mirada interrogante de la
empleada.
Varias horas
después, cuando el aguijón del hambre se hizo intolerable, salió
en silencio, compró una jícara de pozol en la esquina y lo tomó,
agitando el recipiente en círculos concéntricos para remover el
mosú asentado en el fondo. Comió lo que quedaba del
itacate preparado por su mujer. Sabiendo que el funcionario no
volvería hasta la tarde, se sentó en un rincón de la entrada y
trató de dormitar en espera de la cita, para volver al cabo de
un rato a sentarse bajo la mirada de la asistente.
“Dice el
ciudadano que llega hasta mañana y que no va a poder
atenderlo porque tiene que preparar la documentación para lo de
su licencia, es que lo acaban de nombrar candidato a
diputado y se nos va… pero dice que con gusto lo puede atender
el síndico para que tome nota y vean el asunto con el nuevo
presidente”.
Andrés escuchó
imperturbable las escusas del Síndico, que prometió conseguir en
muy poco tiempo la entrevista con el sustituto, claro, tan
pronto como fuera designado “desde arriba” y salió de la oficina
para regresar a tiempo a su comunidad y poner al tanto al resto
de los lugareños del improductivo resultado de su viaje.
De madrugada, sin
preocuparse del ambiente húmedo debido a la lluvia que cayó sin
tregua durante toda la noche, un centenar de hombres recios, de
edad indefinible y vestidos con atuendos de manta cruda,
descendían por la vereda del Mirador hasta la carretera. Iban en
silencio y en una sola hilera y se adivinaba en ellos una
energía y determinación pasmosas. “Aquí hay que esperarlo, ya no
debe de tardar, hay que poner los troncos a los lados del
camino”.
Los faros de
niebla de la flamante 4X4 iluminaron la carretera y el sonido
inconfundible del motor alertó a los hombres que, tensando al
máximo los nervios, se apostaron a ambos lados de la vía.
Eran más de las
diez de la mañana cuando, en la Oficina del secretario gobierno,
el obstinado timbre del teléfono dio paso a la voz destemplada
de una mujer… se avisaba acerca de la detención, en el desvío
hacia la comunidad de El Mirador, de la camioneta en que viajaba
el presidente. Solicitaba, nerviosa, la presencia de un delegado
para que dialogara con los campesinos, quienes habían esperado
al ciudadano para desnudarlo y conducirlo, atado y a pie,
hasta su comunidad, a fin de que constatara la necesidad de
abrir el camino con máquinas.
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