GERARDO DIEGO CENDOYA 

Nació en Santander, España, el 3 de octubre de 1896. Tras cursar el bachillerato en su ciudad natal, estudió la carrera de letras en Deusto, Salamanca y Madrid. Publicó sus primeros versos en revistas de provincia y no tardo en figurar en primer plano entre la juventud literaria. Catedrático desde 1920 en los institutos de Soria, Gijón y Santander, viajó a Francia, Argentina, Uruguay, Filipinas y Portugal. Recibió el premio nacional de poesía en 1924. Colaboró en diversas revistas y en decenas de publicaciones a lo largo de su vida, adem ás de fundar la célebre revista vanguardista Carmen, de la que aparecieron siete números; dio su apoyo al movimiento ultraísta y propugnó, con el chileno Huidobro y con Juan de Larrea, por la tendencia creacionista, dentro del mismo. Sin abandonar el creacionismo, compone poesías conforme a las más rigurosas formas tradicionales. Es un singular talento poético, dueño de todos los recursos, que hace alarde de su capacidad en todas las competiciones líricas. De sus profundos conocimientos musicales nace su preferencia por ciertos temas y su maravilloso sentido del ritmo. Entre sus obras más importantes se encuentran El romancero de la novia (1920); Imagen (1922); Soria (1923); Manual de espumas (1924); Versos humanos (1925); Ángeles de Compostela (1940); Romances (1942); Alondra de verdad (1943); y La sorpresa (1944). Falleció en Madrid el 8 de julio de 1987.

 

NOCTURNO XIV

A Enrique Menéndez

Ha cruzado divina y desnuda.

Es la Forma, es la Forma, es la Forma.

El artista, sujeto en la Norma,

la llama en su ayuda.

 

Cuando pasa sonríe y promete

y saluda cordial y exquisita,

más que breve es su breve visita,

su azar de cohete.

 

Es celeste como hecha de astros,

perfumada de incógnita esencia.

Es la Amada de la adolescencia,

toda de alabastros.

 

No se sabe si es sueño o es niebla.

No se sabe si túnica o nube.

Deja un rastro de luz cuando sube,

y el aire despuebla.

 

Es la imagen del ángel más leve

que Jacob vio en las blancas escalas.

Al trasluz transparenta sus alas

sutiles de nieve.

 

Solo muestra su carne de estrella

en la magia de luna en el río.

Es espíritu, es aire, es vacío

sin molde y sin huella.

 

En la virgen cuartilla se posa.

Sobre el piano despliega su ala.

y si vamos a asirla, resbala

esquiva, medrosa.

 

La queremos cazar prisionera

y el intento en seguida comprende,

y batiendo las alas, asciende

feliz, a su esfera.

 

¡Quién pudiera seguirla en su vuelo

Y arrobado en dichoso desmayo,

patinar por el hilo de un rayo

de luna hasta el cielo!

 

A C. A. DEBUSSY

Sonidos y perfumes, Claudio Aquiles,

giran al aire de la noche hermosa.

Tú sabes dónde yerra un son de rosa,

una fragancia rara de añafiles

 

con sordina, de crótalos sutiles

y luna de guitarras. Perezosa

tu orquesta, mariposa a mariposa,

hasta noventa te abren sus atriles.

 

Iberia, Andalucía, España en sueños,

lentas Granadas, frágiles Sevillas,

Giraldas tres por ocho, altas Comares.

 

Y metales en flor, celestes leños

elevan al nivel de las mejillas

lágrimas de claveles y azahares.

 

EL CIPRÉS DE SILOS

A Ángel del Río

Enhiesto surtidor de sombra y sueño,

que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza,

devanado a sí mismo en loco empeño,

 

Mástil de soledad, prodigio isleño,

flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,

peregrina al azar, mi alma sin dueño.

 

Cuando te vi, señero, dulce, firme,

qué ansiedades sentí de diluirme

y ascender como tú, vuelto en cristales,

 

como tú, negra torre de arduos filos,

ejemplo de delirios verticales,

mudo ciprés en el fervor de Silos.

 

LA GIRALDA

Giralda en prisma puro de Sevilla,

nivelada del plomo y de la estrella,

molde en engaste azul, torre sin mella,

palma de arquitectura sin semilla.

 

Si su espejo la brisa enfrente brilla,

no te contemples —¡ay, Narcisa! —, en ella;

 

 

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