FELIZ CUMPLEAÑOS
Tania Zapata Ortega
Sentada sobre
el suelo frío, con la espalda pegada al muro, Sofía
escuchó alejarse a la encargada de repartir los
alimentos. Mojada, con el pantalón embarrado de lodo,
trató de ignorar el tufo pestilente que llegaba desde el
baño. En el ángulo opuesto de su celda, alguna previa
visitante había dejado unos cartones arrugados y sucios
por servirle de cama; los acomodó con rapidez para
echarse encima y dormir un poco. Trató de no concentrarse
en el presente, de escapar del pánico que la invadía.
Empezó por
entonar, en su pensamiento, la pegajosa melodía de moda
imaginando lo bonito que sería que alguno se la llegara a cantar
y terminó repitiendo, una y otra vez, como un mantra, el
estribillo en spanglish que apenas por la mañana
escuchara en la combi.
Recordó su sueño
de la noche anterior, en que se veía a sí misma ataviada con un
extraordinario traje de noche, perfumada, cubierta de joyas,
festejando su cumpleaños en un amplio y elegante salón de baile.
La mesa, repleta con regalos de diversos tamaños, atraía
poderosamente su atención: tomó el primer paquete y lo abrió sin
dificultad, sintiendo que el corazón se le detenía por un
momento: el teléfono celular más publicitado, ese que almacena
fotografías, recibe videos, reproduce miles de canciones y hasta
sirve para chatear, estaba en la caja recién abierta. Se
vio a sí misma ajustándolo a su cintura, y entonces despertó.
Abrió los ojos
cuando escuchó su nombre, voceado, gritado con una aspereza que
no le pareció nueva, pues se había acostumbrado, desde pequeña,
a los gritos y las discusiones domésticas por falta de dinero.
Se incorporó a medias pero la voz la urgió: ¡Sofía,
visita!
Ya en la esclusa,
mientras miraba a su madre limpiarse la nariz en un extremo del
delantal, pensó que de todos modos la cárcel no era tan distinta
de sus tormentos cotidianos: condenada a desear
interminablemente cuanto veía anunciado sin siquiera tener la
esperanza de llegar a poseerlo jamás.
–Son casi veinte
mil pesos lo que piden para dejarte salir y dice el licenciado
que, además, tenemos que conseguir que la señora retire los
cargos. Yo no tengo, tú sabes que desde la muerte de tu padre
hago lo que puedo y deberías ayudarme, ya que dejaste la
escuela, en lugar de andar haraganeando con tus amigotes. Fui a
ver si me puede ayudar tu padrino el maestro. Toma, te traje
comida y una colcha… es todo lo que puedo hacer hoy; mañana,
Dios dirá. Y con sus gastadas sandalias, sintiendo un profundo
cansancio, Violeta se alejó lentamente de la ventanilla,
mientras un vigilante empujaba a su hija de regreso a la
celda.
De vuelta en el
precario dormitorio, Sofía trató de continuar aquel sueño
maravilloso, imaginándose en otra vida, pero sólo acertó a
recordar el motivo de su prisión: se contempló durante el cambio
del semáforo, frente a la encopetada mujer; recordó el timbre
armonioso del teléfono en el bolso de piel de la dama y casi
volvió a sentir la punzada de odio y deseo al mirar cómo lo
sacaba para contestar la frívola llamada. Recordó la parálisis
en el estómago, como si se hubiera dispuesto a realizar un salto
vertiginoso y en su mente repitió una vez más la experiencia de
la carrera, sin rumbo, sin meta preestablecida, hasta resbalar
en el asfalto anegado por la lluvia, un instante antes de que la
patrulla la alcanzara.
Escuchó de
pronto, al otro lado de la reja, las voces de dos muchachos que
conversaban entre sí: “dicen que si nadie presenta cargos mañana
nos dejan ir”.
Con un escalofrío
recordó el interrogatorio en que le exigieron revelar nombres y
domicilios de la pandilla de asaltantes a los que la acusaron de
encabezar y se consoló imaginando que en la nota roja del día
siguiente la noticia de su detención se perdería entre el
anuncio de la sensacional fuga del gran capo y la ejecución de
cuatro narcomenudistas en la frontera.
¡Feliz
Cumpleaños, Sofía!, ya tienes 18, se dijo con amargura; y se
tapó completamente con la cobija para huir de cualquiera de sus
sueños, como si esto se lograra escapando de la odiosa luz en el
pasillo.
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