EL TUTUPICHE
Tania Zapata
Ortega
–Seguro que te
pusiste a mirar los perros cuando estaban haciendo sus cosas, o
levantaste la cortina en la noche y viste lo que no se debe.
Déjame ver tu ojo;… sí, es un tutupiche
, no te toques porque se te pasa al otro lado.
Formando garra
con ambas manos, Mariana pugna por mantener los brazos abajo,
pegados a la cintura, mientras vence la tentación de rascarse,
de sobar el ojo por encima del párpado enrojecido y caliente.
Hace rato salió de la escuela y caminó hacia su casa. Ahora
siente el Sol reconcentrado en el quiste palpitante de su
conjuntiva.
–
Pásate siete
veces la cola de un gato negro por el ojo malo; le ha dicho su
prima, antes que, exasperada por el dolor, Mariana decida
aplicar esta receta. El minino arquea el lomo, desconfiando de
las intenciones de la niña. Su negra cola se agita como un
látigo demostrando que está a punto de perder la paciencia; aun
con el hocico cerrado, emite un maullido amenazante, pues se ha
percatado de que no lo han tomado en brazos para alimentarlo.
Ella toma su cola y comienza a pasarla encima del ojo cerrado,
cuenta hasta siete y luego avienta al animal lo más lejos
posible, mientras el gato se convierte en una sombra negra que
huye enfurecida hacia el patio, con las pupilas verdes
dilatadas, entre el alivio y el hambre…
Sobran todas las
explicaciones. Desde la picadura de algún mosquito hasta la
teoría del castigo y de la culpa. Sólo es real la lumbre entre
la memoria y la vista; el escozor que desnivela sus emociones y
la obliga a guiñar un ojo; el parche de gasa para mejorar la
estética.
–Te digo que es
aire, niña, estate quieta para que te pase un huevo, es que todo
el tiempo te miran porque estás muy bonita y te dejan pegada su
mirada caliente. A ver, date la vuelta, dice, mientras el calor
del cuerpo ha blanqueado la clara dentro del cascarón. Las
formas caprichosas de la albúmina flotando en el líquido del
vaso no terminan de convencer a la madre de Mariana, quien
necesita que la ayude con los mandados.
–Señora mata de
plátano, le vengo a vender un tutupiche
, recita al fondo del patio, esperando un segundo antes de
contestar ella misma, repitiendo de memoria el diálogo:
–¿Y yo para qué
quiero un tutupiche
?
–Pues para que le
haga compañía a sus otros tutupiches
.
–Está bien,
déjemelo ahí. Por favor, dígame cuánto es.
–Son siete pesos,
señora mata de plátano.
Estirando un
brazo, toma el extremo de la hoja más cercana al suelo y la
frota siete veces contra su párpado enfermo, contando en voz
alta; acto seguido gira sobre sus talones y echa a correr hacia
la casa, sin volver atrás la vista, a gran velocidad, para que
el tumor se quede entre las hojas del platanar y no vuelva a
pegarse a su cara nunca más.
Un punto blanco
se ha formado al centro del absceso. Mariana faltó hoy a la
escuela y está sentada en la silla de la cocina, vigilando la
olla con un solo ojo, mientras el viento trae el olor de la
lluvia, próxima a caer sobre los patios y las calles. Cuando el
agua alcanza su punto de ebullición, toma un solitario
frijolito, sopla sobre él hasta hacer soportable su temperatura
y lo acerca a su adolorida conjuntiva retirándolo antes que
produzca una dolorosa quemadura y repitiendo la operación varias
veces.
Ya las florecitas
amarillas de la manzanilla hierven sobre la estufa, mientras
Mariana insiste: “Dice la maestra que me lleves al médico para
que me dé una pomada o unas gotas y se me quite el
tutupiche
”
. El aire se ha detenido en el pequeño
cuarto habilitado como cocina; la niña se queda quieta,
mientras recibe el fomento caliente, sustituto de los
antibióticos, que desde hace tiempo quedaron fuera del
presupuesto familiar.
Ha reventado el
absceso. Mientras los pies se agitan bajo la mesa en un
frenético pero silencioso pataleo. La enfermera pone en el ojo
un ungüento transparente y lo protege con una gasa. Mariana
llora con un solo ojo mientras resiste la tentación de apretar
con fuerza la conjuntiva para mirar los fuegos artificiales
detrás de los párpados cerrados. Ha ganado una paleta roja que
ahora saborea como premio de consolación.
Mientras la
infección cede y su buena salud prevalece, Mariana duda cuál fue
el remedio que venció al tutupiche
, en esta tierra de pocos doctores, huevos mágicos,
frijoles medicinales, gatos negros que curan, y platanares que
sostienen conversaciones comerciales con las niñas crédulas que
les venden tutupiches.
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