EL KÁLEVALA, LA EPOPEYA NACIONAL DE FINLANDIA

Tercera Parte

Los héroes de este gran poema épico simbolizan los hitos más importantes en el desarrollo de la sociedad finlandesa desde sus orígenes; la obra encierra una interpretación simbólica de toda la actividad humana, de la pesca, agricultura, ganadería, del perfeccionamiento de herramientas y armas, de la forja, la herrería y la construcción de embarcaciones cada vez más perfectas, así como de la apropiación de la sabiduría y la creación artística.

     Después de varias peripecias, los protagonistas organizan una expedición para recuperar el sampo mágico en poder de los lapones. En el trayecto, un sollo monstruoso hace encallar el navío y Wainamoinen lo parte en dos con su espada, entregándolo a las mujeres para que lo cocinen; con los huesos del pescado, inventa el kantele, especie de guitarra de cinco cuerdas, instrumento nacional de la música finesa, que sólo puede ser tocado por el gran runoya.

El viejo Wainamoinen hizo resonar el kantele por espacio de un día, por espacio de dos días, sin que hubiera un solo héroe, un solo hombre, una sola mujer de largas trenzas que no se sintiese conmovido hasta el llanto y cuyo corazón no se turbase: tan dulce era la voz del runoya, tan seductora la armonía del instrumento. Y el mismo Wainamoinen acabó por llorar también. Y sus lágrimas se convirtieron en perlas en el fondo del mar.

     Otro de los protagonistas de la epopeya es Kullervo, hijo de Kalervo y sobrino de Untamo, dos hermanos que disputan violentamente la herencia paterna. Untamo asesina a los padres de Kullervo y asustado por la fuerza sobrehumana de su sobrino trata de matarlo, fracasando en todos sus intentos; entonces lo vende al herrero Ilmarinen; la mujer del herrero maltrata a Kullervo, éste la asesina y luego huye. Durante un tiempo, el herrero guarda luto a su mujer, pero luego decide forjar para él una novia de oro y plata, tan fría que no es posible dormir a su lado; el herrero decide regalarla al runoya Wainamoinen, pero éste también la rechaza:

¡Oh herrero, caro hermano mío! vuelve a arrojar otra vez tu virgen en la fragua y haz de ella lo que quieras. O bien, envíala a Rusia o a Germania, para que los ricos e ilustres pretendientes se la disputen. No sería bien para los de mi estirpe, ni para mí, buscar por esposa a una mujer de oro, correr tras una novia de plata. Jamás, hijos míos, seáis ricos o pobres, jamás habéis de buscar por esposa a una mujer de oro, correr tras una novia de plata. ¡El esplendor del oro no calienta! ¡la plata brilla, pero es fría!

     Kullervo se reencuentra con sus padres y se entera de que una de sus hermanas se ha perdido. Incapaz de controlar su fuerza, el padre lo echa de casa y le dice que no llorará cuando sepa que ha muerto; cuando le pregunta a su madre si lamentará su muerte, ella responde con este bello testimonio de la concepción del amor materno en la antigua literatura finlandesa:

¡Poco conoces el alma, poco conoces lo que es un corazón de madre! Cuando yo sepa tu muerte, lloraré ríos de lágrimas en mi alcoba, ríos que inundarán la casa. Sí, lloraré en silencio en la escalera, sollozaré a gritos en el establo. La nieve se fundirá en los helados caminos, los caminos mismos se borrarán. Pero el césped germinará con mi llanto, y sobre el césped cantarán los arroyos.

     Durante su viaje, Kullervo encuentra a una doncella, la viola y luego descubre que es su hermana perdida; la muchacha se suicida arrojándose al mar. Avergonzado, rechaza el perdón de su madre que le aconseja vivir en soledad el resto de su vida para purgar la falta; va a la guerra contra Untamo, lo vence y vuelve al sitio de su crimen:

Desenvainó su espada de agudos filos y le preguntó si no tendría placer en comer la carne del hombre cargado de infamia, en beber la sangre del criminal. La espada comprendió la pregunta, presintió el destino del hombre, y respondió: “¿Por qué no había yo de comer de buena gana la carne del hombre cargado de infamia? ¿por qué no había de beber con placer la sangre del criminal? ¡Tantas veces he comido carne de inocente! ¡tantas veces he bebido la sangre de hombres sin culpa!”. Entonces clavó en tierra su espada por la empuñadura, y se arrojó sobre ella enterrándola profundamente en su pecho.

     Después de numerosas aventuras, la alegoría concluye cuando Wainamoinen se niega a bautizar a un niño de dos meses porque no tiene padre y éste lo avergüenza públicamente al recordarle que él ha cometido mayores faltas; entonces el runoya decide partir, diciendo:

Pasarán los tiempos, nuevos días nacerán y volverán a morir. Y entonces nuevamente tendréis necesidad de mí; me aguardaréis, me llamaréis para que os conquiste un nuevo sampo, para que os haga un nuevo kantele, para que os rescate la Luna y el Sol desaparecidos. ¡Para devolver al mundo su alegría desterrada! Y el viejo Wainamoinen se lanzó en su navío a través de las procelosas aguas hasta perderse en el lejano horizonte, entre los últimos pliegues del cielo. Allí se detuvo con su barca, y allí permanece. Pero dejó su kantele, su instrumento melodioso, a Finlandia; dejó a su pueblo la eterna alegría, y las sublimes runas a los hijos de su raza.

Fuente: El Kálevala, la epopeya nacional de Finlandia. Editorial Losada. 2002.

 

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