EL DRAMA INDIO.
SAKUNTALA
En el siglo II a.
C. tiene lugar el nacimiento del drama indio, una de las
manifestaciones más brillantes y artísticas de la antigua
literatura sánscrita. La tradición le supone un origen divino, y
de hecho parece que se formó a base de elementos indígenas, sin
relación con otras expresiones dramáticas de la humanidad. Al
principio recoge leyendas y tradiciones de tipo mitológico y
heroico, pero luego se va desprendiendo de este carácter sagrado
originario para convertirse en pura obra de imaginación. Más de
400 dramas indios han llegado hasta hoy, escritos en prosa y verso
alternados y en pura lengua sánscrita, al lado de la cual no
raramente figuran escenas en dialecto. Es de notar la intervención
de un personaje cómico, algo así como el gracioso del teatro
castellano, llamado Vidusaka, figura que añade una nota
jocosa a las incidencias del drama. El más antiguo autor dramático
indio de qué se tiene noticia es Asvaghosa (hacia el año 100
d.C.), pero el más famoso es Kalidasa (que vivió entre 350 y 550,
tal vez durante el reinado de Candraupta II, 375-443.
La obra
maestra de Kalidasa, conocida generalmente por el nombre de la
heroína, Sakuntala, es un drama en siete actos que está
considerado el mayor primor del teatro indio y que fue admirado
por Goethe y los románticos y tratado musicalmente infinidad de
veces en los Siglos XIX y XX. Es la bellísima historia del amor de
Sakuntala, hija de un asceta, y el rey Dusyanta, en
la cual los equívocos y la magia provocan una lastimosa separación
que, tras larga peripecia, acaba con la reunión de los enamorados.
La leyenda es transformada por Kalidasa en una representación
esencialmente poética, llevada a cabo con un arte depuradísimo y
personal. Tomado de Martín de Riquer. Historia de la literatura
universal.
Hoy
compartimos con nuestros lectores un fragmento de
SAKUNTALA , obra del dramaturgo indio
Kalidasa; en el episodio se presenta con elegancia y sensibilidad
el momento en que Dusyanta conoce a Sakuntala y
queda prendado de ella.
DUSYANTA:
(da algunos pasos observando): Ésta es la entrada a la
deseada Laura; puesto que nada hay que me detenga, penetraré
en ella. (Se detiene un momento y dice con énfasis y acción
misteriosa) Las pasiones del mundo no tienen entrada en este
lugar, donde el silencio y la virtud imperan; y, sin embargo, mis
pies vacilan y mis brazos tiemblan. ¿Qué influencia produce en mí
tan singular estado? ¿Qué espero aquí? ¿Qué me detiene? ¡Las
puertas del porvenir están abiertas a todos los mortales!
VOZ
(detrás del escenario): ¡Por este lado, aquí, amigas
mías!
DUSYANTA
(escucha): Por este lado derecho de la alameda oigo ruido de
voces: voy hacia ese punto… ¡Hola! Son las hijas de los
Rishís que, con bonitas regaderas, pequeñas como sus lindas
manos, se acercan a refrescar las tiernas plantas. (Las contempla
algunos instantes) ¡Encantadora y llena de fuego en su mirada!… Si
esta belleza, que por completo ofusca la más radiante hermosura de
los serrallos de los reyes se alberga entre las hijas de humildes
penitentes, ¿qué de extrañar es si las lianas de estos jardines
aventajan a las más lindas flores de mis vergeles? Bajo esta
apacible y fresca sombra observaré lo qué pasa. (Se pone a la
sombra. Entran Sakuntala y sus amigas en la ocupación
indicada).
SAKUNTALA: aquí, aquí, amigas mías.
ANAS
Û YA:
parece, amiga Sakuntala, como si el gran hijo de Kaçyapa tuviese
más cariño a los árboles de su Laura que a ti, su hija amada; eres
tierna como la flor delicada del jazmín y no te dispensa de regar
estos árboles y plantas.
SAKUNTALA: no sólo por obedecer el mandato del padre hago
esto; son para mí estas plantas y flores como hermanas (riegan los
árboles).
DUSYANTA:
¿Qué escucho? ¿Ésta es la hija de Kanva? Ciertamente, el
venerable Kaçyapa se muestra severo al encomendar a tan
hermosa y delicada criatura oficios tan penosos. El maestro
Rishi, que tenga el intento de acostumbrar a penitencias
contemplativas un cuerpo que en su natural sencillez arrebata y
enamora el alma, es comparable a uno que se empeña en cortar
plantas trepadoras con el filo de una hoja de flor de loto. ¡Pero
tengamos un poco de paciencia! Oculto detrás de estos arbustos
gozaré el placer de contemplar su belleza sin ser visto.
SAKUNTALA: amiga Anasuya; este vestido que me ha puesto
Priyanvadâ me oprime
fuertemente; ven y aflójamele un poco.
ANAS
Û YA:
serás complacida. (Lo hace).
PRIYANVAD
 :
El vigor de la juventud, que hace crecer tu cuerpo, es la causa de
eso, no yo.
DUSYANTA:
Tiene razón la joven. Los graciosos adornos que cubren sus
hombros, y el velo que oculta sus lindos pechos, son como
nubes puestas delante de un cuerpo lleno de encanto y
hermosura, encerrado en ellas como la bella flor en el fondo de
una hoja seca y marchita. No hay duda que sienta mal a sus
juveniles encantos el vestido de penitente, impropio de tanta
belleza. Pero, ¿qué digo? La flor de loto no es menos hermosa
cuando sobre ella se levanta, osada, alguna planta de las aguas;
las manchas que cruzan los hemisferios de la Luna acrecientan más
y más su belleza; la de esta niña brilla con nuevos encantos a
través del austero ropaje de penitente: nada hay capaz de ofuscar
la hermosura verdadera.
SAKUNTALA:
el árbol Kéçará me está
llamando con sus ramitas a manera de tiernos dedos mecidos
por el viento; voy hacia él sin detenerme. (Lo hace
así).
PRIYANVAD
 : Quédate como estás un momento,
Sakuntala querida; al lado
del árbol Kéçará pareces una hermosísima liana estrechada
por verdes y delicadas ramas.
DUSYANTA:
las palabras de Priyanvadâ encierran
tanta verdad como finura. Sus labios ostentan el carmesí de
tiernos capullo de rosa; sus lindos brazos son como delicadas
ramitas trabajadas por arte divino; hechizos infinitos encierra su
cuerpo, lindo y gracioso como una flor de primavera.
ANAS
Û YA:
¡Sakuntala querida! Aquí está la flor Navamâlikâ, por ti
llamada Luna de las selvas, que libremente eligió por
esposo a Sahâkara, veo
que la tienes olvidada.
SAKUNTALA: Antes me hubiera olvidado de mí misma. (Se
acerca la planta). ¡Oh, amiga Anas û
ya! Acércate y mira. Impulsados por las delicias de la
estación, se han unido, como dos amantes, la liana y el árbol.
Nuevas flores brotan sin cesar de la Luna de las selvas,
que dan testimonio de su vigor y lozanía; Sahâkara
despierta más y más el apetito con tiernos ramitos que
constantemente se renuevan. (La contempla por algunos
instantes).
PRIYANVAD
 :
¿No sabes, amiga Anasûya, por qué Sakuntala contempla, henchida su
alma de placer y encanto, esta planta que llama Luna de las
selvas?
ANASÛYA
lo ignoro, ciertamente; cuéntamelo.
PRIYANVAD
 :
Porque, al ver a la Luna de las selvas abrazada
estrechamente a un árbol vigoroso que le da nueva hermosura,
piensa si ella misma logrará conquistar el corazón de un amante
que dé nuevo esplendor a su belleza.
SAKUNTALA: más bien me parece que esas palabras revelan tus
propios deseos. (Riega la planta).
DUSYANTA:
¿No podría suceder que esta bella descendiese, por su madre,
de la nobilísima casta de guerreros? ¿Pero a qué atormentar
mi corazón con tales dudas? Firmemente debo creer que posee
las mejores cualidades para esposa de un guerrero, por
cuanto mi corazón altanero se siente arrebatado hacia ella, suave
pero irresistiblemente; y por fin, en casos de duda, la norma
de acción para los buenos es el juicio de su conciencia.
Esto no está para que yo busque la verdad en el asunto.
SAKUNTALA: (Con turbación) ¡Ay! Una abeja huyendo del agua
se levanta de la flor Nav âmalik
â , y
vuela furiosa contra mi rostro. (Hace como si hubiese recibido
daño).
DUSYANTA:
(Con ansiedad) dichosa tú, dulcísima abejilla, al tocar una
y otra vez sus lindos ojos, que inquietos y tímidos se
mueven a todas partes; zumbando suavemente, vuelas apacible en
rededor de sus oídos, como solícita por comunicarla un secreto;
constante y sin ceder al empuje de sus blancas manos que te
alejan, bebes néctar de su boca, que es conjunto de todas las
delicias. Tú, fuente inagotable de dulzuras, obras con acierto;
yo, mísero potentado de la tierra, me esfuerzo en vano por buscar
la verdad de mi ventura… ¡Oh! ¡Hasta los movimientos que ejecuta a
impulsos de su dolor y de su angustia encierran infinito encanto!
Sus bellísimos ojos deslumbran al huir de la abeja que la
persigue. Contra su voluntad, aprende hoy el juego amoroso de los
ojos, con el movimiento de sus graciosas cejas, ¡y no está su
corazón enamorado!
SAKUNTALA: no se da por vencido el atrevido animalillo… por
fin habré de abandonar este sitio. (Da algunos pasos) ¡Como! ¿Aquí
también me persigue? Venid en mi auxilio y libradme de esta
importuna y maléfica mejilla que me tiene abatidas las
fuerzas.
AMIGAS:
(Sonriendo) ¡Pues que! ¿Acaso es deber nuestro prestar
auxilio? Anda y pide socorro a Dusyanta. Las Lauras de los
Solitarios y Riches están bajo la protección de los augustos
reyes.
DUSYANTA:
Bien dicho: éste es el momento oportuno de presentarme a
ella. (A media voz) No temáis. (Aparte) Pero… No… De este
modo pronto conocerían que soy el rey. ¿Más qué puede
importarme que así sea? Las hablaré resueltamente.
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