EL
CLIENTE ES PRIMERO
Tania Zapata Ortega
Con el paso
cauteloso que había adquirido a sus 64 años, Blanca tomó el
carrito de supermercado, lo arrastró hasta la entrada y subió a
su nieto acomodándolo frente a ella.
La copiosa
lluvia, una de las primeras de la temporada, sólo había
producido un vaho caliente que, levantándose desde el asfalto,
casi podía tocarse con la mano; así que cuando ella sintió el
aire refrigerado del interior de la tienda, aspiró con
satisfacción y comenzó a circular por los pasillos.
Poco
a poco, el carrito anaranjado fue llenándose. Blanca ponía
cuidado en separar el detergente de los comestibles, mientras la
música ambiental, casi imperceptible hacía que su paso adoptara
un ritmo lento, retardando sus compras.
Había elegido
todo lo que acostumbraba cuando recordó el consejo de beber agua
de Jamaica fresca para controlar los niveles de colesterol en
su cuerpo, así que sus pies, enfundados en las cómodas sandalias
de tela, se encaminaron al “área de frutas y verduras.
El dolor la
tomó por sorpresa, era como si de pronto hubiera
recibido un pinchazo con una aguja caliente; aspiró
profundo y contuvo el grito al tiempo que volteaba a ver
al niño. Trató de aparecer serena mientras una empleada
la envió al módulo de facturación de donde la remitieron
a la oficina del gerente y luego al área de cajas. Todo
en vano, los domingos no asistían ni el gerente ni el
médico del servicio que la misma tienda ofrecía.
Molesta ante la
indiferencia del personal, trató de relajar los contraídos
músculos de su garganta, provocando la salivación. Pensó aún en
pagar por su compra, pero decidió tomar al niño y salir de la
tienda. Mientras manejaba empezó a sentir un extraño cosquilleo
en brazos y piernas y su lengua se convirtió en una esponja
insensible.
–Ya llegué,
Norma, ayúdame con el niño, algo me picó en el dedo, no vi que
era, pero me estoy sintiendo mal, mejor me voy al
hospital.
Sintió cómo un
sudor helado empapaba su cuerpo y con la visión nublada, Blanca
manejó durante treinta minutos, esquivando a gran velocidad los
baches de las ruinosas calles de la ciudad. Cada vez que se veía
obligada a esperar el cambio del semáforo miraba sus manos que
cada vez se hinchaban más. Su dedo anular derecho hacía rato que
estaba amoratado, pero ahora el dolor había desaparecido por
completo, junto a cualquier otra sensación. A pesar de eso
continuó con las manos a la altura del volante.
–Por favor,
ayúdeme, algo me picó en el dedo. Fue todo lo que alcanzó a
decir antes de desvanecerse frente al custodio del hospital.
Desde el coma profundo en que cayó y hasta su muerte, acaecida
seis días después, Blanca no pudo saber los esfuerzos
desesperados que sus hijos y los médicos realizaron en vano para
identificar el veneno que la había intoxicado. El misterioso
bicho tuvo tiempo de “escapar” mientras el gerente negaba el
acceso.
–Venimos a
pedirles por favor que nos dejen revisar la Jamaica, mi mamá
está en coma y dicen que seguramente fue un alacrán que le picó
aquí, pero necesitamos estar seguros para darle el tratamiento…
–Aquí está
protección civil, déjenos pasar, ya sabemos que la Jamaica la
traen de Durango y averiguamos que por los síntomas puede haber
sido un alacrán, pero necesitamos estar seguros, alcanzó a decir
Alfonso, antes de ser empujado hacia la salida por dos guardias
de seguridad de la tienda que lo arrastraron hasta el
estacionamiento.
Cuando por fin
permitieron el acceso para la revisión. Dos empleados con el
uniforme anaranjado de la tienda los condujeron hasta un
contenedor, donde, protegidos con guantes, removieron con unas
tenazas el recipiente con flor de Jamaica recién desempacada y
fresquecita; el Ministerio Público levantó un reporte y dio por
efectuada la diligencia sin novedad. El piso de la tienda lucía
recién aseado. Una voz femenina, plastificada y con falso
acento, llamaba a todos los encargados de área a “presentarse en
su departamento”. En cada pasillo, las etiquetas de colores
indicaban el fabuloso sistema de puntos para acceder a grandes
ofertas, descuentos y productos gratis.
–Mire,
señorita, nosotros no podemos hacernos responsables de
todo lo que le pase a la gente en esta tienda, si algo
le picó no fue aquí, ya vinieron y revisaron donde dijo
la señora que estaba el alacrán y no había nada. Mire,
tenemos mucho trabajo, así que no voy a seguir hablando
del asunto con usted. A mí me pagan por hacer mi trabajo
no por dar entrevistas.
–Es lamentable
que la señora haya muerto, pero ya deja en paz el tema, esa
empresa es uno de nuestros mejores clientes y nos paga a diario
por la publicidad, no podemos arriesgar los ingresos del
periódico, no sea que nos cancelen los contratos como cuando,
por tu culpa, nos peleamos con aquella constructora. Escribe de
otra cosa y punto.
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