EL
CAMAFEO
Tania Zapata Ortega
Una multitud de
puestos improvisados sobre la acera obligaban a Gladys a caminar
sobre la calle, en medio de la masa humana que sorteaba los
automóviles. Todas las frutas de la estación estaban ahí
expuestas, llamando a los sentidos e incitando a probar su carne
agridulce.
Trabajando sin
descanso durante un año, obedeciendo todas las exigencias de su
empleador y privándose hasta del mínimo antojo, estuvo
remitiendo su salario íntegro para ayudar a su abuela en
Yajalón; así que el paseo por el mercado era sólo para aclarar
sus ideas. Lamentaba no tener unos centavos para comprar regalos
y hacer una reaparición triunfal en su pueblo, el mismo que la
había segregado al condenar su soltería de 25 años, inusual en
un lugar donde las mujeres debían casarse al salir apenas de la
niñez.
–Tienes que
regresar; tu abuela padece cáncer y no hay quien la cuide. Lo
que había iniciado como un simple chequeo médico, era ahora un
diagnóstico aterrador. Lo supo a través del auricular, mientras
sudaba copiosamente en el asfixiante encierro de la cabina
telefónica. Cuando la comunicación se cortó, su vida de
austeridad y trabajo ya carecía de sentido en aquella ciudad en
expansión, pues la llamaba su abuela o, mejor dicho, la deuda
por haberla criado y que ahora se tenía que pagar; y su
reinserción en la comunidad cobraba sentido ante esta tarea,
exclusiva de solteronas como ella, declaradas ancianas en plena
juventud.
Gladys caminaba
cabizbaja entre el gentío; inmune, en su tristeza, a la bulla
comercial de los vendedores ambulantes. Bajo los pies de un
hombre, que iba delante de ella, vio relucir un objeto dorado y
se detuvo. Dudó un instante, apenas una fracción de segundo,
entre la ambición y el miedo al ridículo, y luego inclinó el
cuerpo hacia adelante para izar con agilidad el pesado
medallón.
Aquel objeto
guardaba aún la suntuosa majestad de los adornos caros, y Gladys
no pudo evitar sentir lástima por el aspecto maltrecho que la
joya guardaba. Era como si una estampida le hubiera pasado
encima, raspándolo contra el empedrado y aplastándolo. Al centro
del medallón podía verse aún el fracturado rostro de marfil de
una beldad clásica, y en el reverso una inscripción: 18
quilates.
En medio del
concurrido anonimato del mercado en movimiento, Gladys metió en
su bolso el portentoso hallazgo y se cercioró de que nadie la
había observado. Dudó un instante entre la idea de vender aquel
objeto o guardarlo para ornar su cuello, cuando retornara, pero
ganó la primera idea, tal vez de ese modo obtuviera lo
suficiente para pagar un boleto de 15 horas. Así que encaminó
sus pasos hacia la cuadra donde se concentraban la mayoría de
las casas de empeño.
–Este camafeo
está ya muy maltratado, pero te lo voy a valuar por lo que
pese... lo más que puedo darte son mil 500 pesos, pero si ya no
quieres recuperarlo me dices y te doy algo más -le dijo el
descolorido empleado.
Pensando
mejorar la propuesta, dijo que regresaría y salió de
ahí; recorrió toda la cuadra, plagada de casas de empeño
que se promocionaban con gran estruendo, pero en algunas
obtuvo una oferta inferior. Los modernos usureros del
“Monte de Piedad” se habían puesto de acuerdo para
comprar los objetos de las personas en apuros lo más
barato posible.
Con los pies
adoloridos y el corazón ligero, salió al fin de uno de aquellos
locales, guardando los crujientes billetes en su cartera.
–Aquí sólo vale
el oro, lo más seguro es que lo fundan para hacer algo nuevo,
lástima porque parece que este medallón es antiguo -le había
dicho el joyero cuando terminó de pesarlo y lanzó la última
oferta que, cansada, Gladys aceptó, con la certeza de recibir
sólo la ínfima parte del valor del objeto encontrado, y de haber
contribuido a la fortuna de la casa de empeño que ganaría más
del doble con la reventa.
Antes de salir
hacia la terminal, en su viaje sin retorno, empacó
cuidadosamente en la maleta nueva los modestos regalos:
baratijas multicolores como aquellas que tanto deseara en la
niñez, cuando no había perdido aún la esperanza de casarse en su
pueblo, antes de que saliera por primera vez a trabajar a una
ciudad extraña y el tiempo se le acabara sin darse cuenta.
Pensó en las
dos vacas, las canastas con fruta y pan y los galones de
posh
que hubiera recibido su familia si ella no hubiera partido
antes, y en aquel muchacho que prometió esperar su regreso
después de trabajar un mes que se prolongó indefinidamente; pero
no pudo imaginarse a sí misma, pariendo cada año un hijo hasta
que la muerte se lo impidiera, como hacían las mujeres en su
lugar de origen.
Para ahuyentar
estas ideas, meneó la cabeza mientras sonreía; a pesar del miedo
que sentía de enfrentarse a la olvidada realidad, al final de
aquel viaje, subió los peldaños del autobús y se acomodó en la
oscuridad para dormir durante todo el trayecto.
En otro punto
de aquella gran ciudad, Mercedes abrió la puerta de su
casa con profundo abatimiento. Había notado la falta del
medallón hacía varias horas, volvió en vano sobre sus
pasos, una y otra vez, hasta que el dolor en las piernas
se hizo insoportable. Lamentaba haber sacado la joya de
su estuche, donde reposaba desde el tiempo en que lo
recibió como una preciosa reliquia. Realizó
mecánicamente la solitaria rutina de siempre antes de
irse a dormir; ya había dejado de llorar hacía rato, ahora se
esforzaba en recordar los detalles más sutiles del diseño de
aquella joya de familia, como si al hacerlo conjurara la
pérdida, y al menos en la memoria, volviera a poseerla, junto
con la luminosa sensación de abrazar, una vez más, a la
propietaria original del medallón. Con tristeza cerró los
párpados y quedó profundamente dormida.
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