EL CABLE
EQUIVOCADO
Tania Zapata Ortega
“Mire Don
Gerardo, no tenemos luz eléctrica desde hace tres días, es que
vinieron las cuadrillas a cortarnos los cables y dijeron que si
nos volvíamos a colgar nos iban a meter a la cárcel por
robarnos la corriente, pero qué le vamos a hacer, no tenemos paga
y pues no queda más que arriesgarnos”.
Quien así
hablaba era César, famoso en toda la cuadra por lo escandaloso de
sus borracheras, que le habían valido su reputación de marido
golpeador. Venía de pelearse con “los idiotas de los medidores
colectivos” como solía llamarlos, y que se habían ganado su
rechazo porque decidieron pagar el consumo de luz, mientras otros,
como él, habían decidido “colgarse” para no tener que pagar el
recibo.”
“Venía a
pedirle que nos haga el favor de conectarnos la luz, somos quince
familias, usted diga cuánto nos va a cobrar”.
Gerardo tomó
los dos tramos de grueso cable que le servían para escalar aquel
poste y caminó, con pasos desiguales, lo más rápido que la lesión
en su pierna le permitía. Ya frente al transformador, dudó un
momento mientras miraba la confusa telaraña de polvorientos cables
que tendría que desenredar para dejar con servicio a sus
clientes.
Para sus
adentros, y mientras escalaba hacia su objetivo, se alegraba de la
terquedad de sus vecinos que habían decidido no pagar a la
Comisión Federal de Electricidad por el consumo de luz; situación
que propiciaba, de vez en cuando, un operativo de corte a las
familias remisas y luego, horas más tarde, la reconexión
clandestina de las mismas. En este ir y venir de operativos, él
salía ganando; siempre lo contrataban para tal chambita,
pues como solía decir, era el único que tenía los tamaños
para subirse a un poste.
“Hoy no le puedo
abonar nada porque mi marido no está y no me ha dado el gasto de
la semana. Se fue a revisar la instalación de los cables de la
luz de la colonia; seguramente está trabajando arriba del poste
y no puedo hablarle, usted disculpe”, dijo Ana, la mujer de
Gerardo, pero, exasperada por la insistencia del cobrador,
decidió arriesgarse y tomó el auricular. Esperó con desagrado a
que terminara la consabida grabación donde le solicitaban
registrar no se qué datos y escuchó los tres timbrazos antes de
que su marido contestara. Nada. Apenas escuchó un “bueno” y
luego, abruptamente, la comunicación quedó interrumpida. Fueron
en vano todos los demás intentos por hablarle.
Por la calle
principal lo traen, su talla se ha reducido a la mitad. Unos
cartones y dos trozos de madera sirven de angarilla. Es un trozo
de carne carbonizada que deja escapar un acre olor. Ha estado
bajo los rayos del sol durante dos horas, colgando de cabeza y
con los brazos extendidos; todo este tiempo tardaron en llegar
los peritos y el Ministerio Público a “levantar el
cadáver” o, mejor dicho, a bajarlo, para lo que fue necesario
colocar un colchón debajo del poste y luego cortar los lazos que
lo sostuvieron todo ese tiempo.
La multitud de
curiosos, que hace un momento contemplaba con horror la macabra
escena, ahora se aleja a toda prisa para evitar que le tomen
declaración. “Dicen los uniformados que van a investigar qué
hacía Gerardo arriba del poste cuando ocurrió la descarga”, dice
una mujer que huye a toda prisa calle abajo.
Sólo César camina
junto a la camilla, botella en mano, mientras revive en su mente
la misma secuencia una y otra vez: se mira al pie del poste,
sosteniendo la mochila de Gerardo, escucha dentro de ella el
timbre del teléfono e intenta contestarlo; mira, mientras tanto,
las manos del electricista, las pinzas cortan un cable,
las chispas lo ciegan y escucha un breve grito que se sobrepone
al chirrido intermitente de la alta tensión. Más tarde
enfrentará la histeria de la viuda y el desamparo de sus tres
hijos; más tarde devolverá mochila y herramientas, más tarde
regresará violento y agresivo a casa. Nada importa por el
momento; sólo entender por qué, con toda su experiencia a
cuestas, Gerardo cortó el cable equivocado.
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