EL BUEY

Tania Zapata Ortega

 

Una por una las sandías quedaron dispuestas en una esquina de la carreta. En el otro extremo, Fortino apiló un enorme haz de leña. Hasta ahí llegaba el olor peculiar del manglar: un airecillo salobre acentuado por el calor de la tarde. El campesino encomendó la yunta al mayor de los niños y descargó sobre sus hombros toda  la responsabilidad: “Te llevas la carga, se van despacio porque las sandías se rajan y ya tienen comprador, se van derecho a la casa, allá los alcanzo, voy a ver al primo Chus del otro lado del estero”.

Tita y Mundo, de cinco y seis años, subieron a regañadientes y escondieron con sigilo los caimitos que habían cortado del cerco vecino, mientras el pequeño Luis tomaba a su cargo la yunta. Con el traqueteo, los niños comenzaron a gritar y a fustigar al buey castaño, el de los cuernos desgastados, para hacer más divertido el camino de regreso. Los puyazos antecedían a los gritos, y arriba era todo un baile.

Luis intentó sin éxito mantener a raya las travesuras de sus hermanos que ya palmoteaban en el lomo de las bestias, ya azotaban las ancas con una rama cortada  al pasar bajo un árbol, ya se dejaban caer, riendo, en el piso de la carreta, entre la fruta y la leña.

De repente, y en mitad del camino, una de las bestias dobló sin previo aviso las patas delanteras y se echó de costado resoplando ruidosamente y obligando a detenerse a todo el grupo. Fueron en vano los intentos por ponerla nuevamente en pie. Como si hubiera decidido resistir, el animal soportó todos los correazos y los jaloneos que a sus escasos diez años, Luis pudo propinarle. Una hora después y con las fuerzas agotadas, el niño se sentó a la orilla del camino.

Guicho, por favor, déjanos ir a la sombrita, tenemos mucho calor. En vano rogaba Tita a su hermano mayor, pues ya no le parecía tan divertido el paseo, pero éste prefería tener a los pequeños a la vista, mientras se devanaba los sesos por encontrar solución al problema.

–Bueycito, por favor, párate, ya tengo sed. Ándale, ya no te puyamos. Era el ruego lloroso que repetía Mundo una y otra vez mientras de su nariz fluía un hilillo transparente.

–Bueycito, por favor, tenemos mucho calor, le hacía coro Tita, acariciando la frente rasposa de la bestia de trabajo para convencerla por las buenas.

Ha empezado a pardear la tarde, pero el buey mastica interminablemente, con un remoto brillo sarcástico en sus redondos ojos, ante la mirada exasperada de los tres niños. Tan cerca las enormes sandías y no poder partir ninguna para mitigar la sed, esperar que ocurra un milagro y el animal decida levantarse.

En el horizonte va creciendo un punto que se aproxima. Es Mauro, dueño del terreno de junto, ése donde crecen frondosos los árboles de caimitos y de Chinín, cuyos frutos han hurtado los niños y llevan ocultos en una bolsa  junto a las sandías. Se alarma al verlos llorando pero no tarda en comprender.

Mauro se aproxima a la bestia echada y de un solo y preciso movimiento toma su cola y la dobla con fuerza. Como si captara que ahora no se trata de un muchachito, el animal se levanta sin más preámbulo y se apresta a marchar; aún alcanza a emitir una sonora explosión intestinal que los niños festejan a gritos, aliviados del miedo a quedarse solos en la noche y en medio del camino.

Mauro sube a la carreta y sonríe al ver la bolsa con la fruta morada. Conduce un tramo, sólo el necesario para encontrarse con el padre, que ya vuelve alarmado por los niños que deberían haber llegado a casa hace horas.

–Estos chamacos no piensan, ni siquiera se pusieron en la sombra y no fueron para comerse ni un pedacito de sandía. Pero Tino también siente alivio por encontrarlos y se olvida de reñir a ninguno de los tres  por la demora.

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