EL AMOR Y EL JUEGO DE ROLES EN LA CORTE DE AUGUSTO
Tania Zapata Ortega
Los roles de género en la Roma imperial del Siglo I asoman en el famoso Ars amandi, pícaro poema de Ovidio, perteneciente al género de la poesía didáctica, que retrata las relaciones entre hombres y mujeres de elevada posición social de su época. En nuestra lengua, dicen los críticos, bien podría titularse como “El arte de enamorar y el arte de cortejar”. Ameno y desenfadado retrato de las costumbres de la Roma de los emperadores es un elegante recetario, más bien un divertido conjunto de consejos de sentido común para conquistar la voluntad amorosa en hombres y mujeres.
El romano que ignore el arte de amar, lea mis versos y, aleccionado con tal lectura, ame, advierte desde el principio el de Sulmona y ya desde ahí se entiende que considera un arte la habilidad de concitar el amor; arte en el sentido de artificio o engaño; los que aspiren a gozar del favor de su amante, háganle creer que están embelesados con su hermosura, aconseja el poeta, y agrega: vivid honradamente, pues los dioses os observan. Restituid lo ajeno, cumplid religiosamente los tratados, huid del fraude, no seáis homicidas. Engañad, si sabéis y sin miedo al castigo, a las mujeres solamente. Ésta es la única religión en que la mayor vergüenza consiste en no corresponder con el dolo. Engañad a las que engañan. Son raza pérfida en su mayor parte y deben caer en los mismos lazos que tendieron. Bonitos consejos ovidianos, “engañad a las mujeres” pero no hay que olvidar que ideas y valores son propios de una época concreta y él se refiere no a las siervas, no a las esclavas, sino a las “cortesanas” que en igualdad de circunstancias, también engañan.
Augusto se refirió a esta obra como el “arte de cometer adulterios”. Mucho se ha especulado en torno a si estos consejos escandalosos para la moral augústea, plasmados por Ovidio en verso exquisito, imposible de trasladar en todo su esplendor a ninguna lengua, provocaron el desagrado imperial y su destierro; como sea, el Arte de amar se publicó 10 años antes de que el poeta cayera en desgracia.
El generoso, el “democrático” Ovidio reconoce que el amor humano y el deseo carnal, sentimientos universales, no son privativos de una clase social: No ejerzo yo de maestro de amores para los ricos. El que da no necesita de mi arte (…) yo escribo estos versos para los pobres, porque yo amé como pobre. Cuando no podía ofrecer dádivas, regalaba palabras. El pobre debe enamorar con discreción: teme hablar mal y sufre muchas cosas que no sufrirían los ricos.
Como un profesor, Ovidio instruye a sus lectores del sexo masculino para cautivar el corazón de la mujer y luego procurar que su cariño sea permanente, pero siempre jugando un rol activo, “cinegético” y creativo pues ¿Qué joven que no esté excesivamente pagado de su propia hermosura esperará que la mujer le pida sus favores? Son los hombres quienes deben empezar. A ellos les corresponde pedir con palabras suplicantes y a ellas aceptar pasivamente los amorosos ruegos. Si queréis gozar, rogad, que ellas desean ser rogadas. Sois vosotros los que debéis buscarlas deliberadamente con vuestros ojos (…) He aquí que quienes persiguen un duradero amor, deben conocer los puntos frecuentados por las mujeres (…) Cazad preferentemente en los teatros públicos, lugares más propicios a vuestros fines (...) Siendo mil los caracteres diversos de la mujer, son indispensables mil recursos diferentes para conquistar su corazón.
Y en esto de los recursos, el poeta no deja de recomendar el cultivo de la inteligencia, de la facilidad de palabra; “verbo mata carita”, dice ahora el pueblo, y el poeta lo expresa así: Aconsejo a la juventud romana que aprenda retórica, y no sólo para la defensa de los temerosos reos. La elocuencia sugestiona tanto a la enamorada moza como conmueven al pueblo los jueces graves y el circunspecto Senado (…) Para retener a vuestra amada y no veros abandonados, añadid a las gracias del cuerpo las sales del ingenio. La hermosura es cosa deleznable, pues va desapareciendo con la edad y muere cuando le llega la hora.
Ovidio les recuerda a los imperiales caballeros tímidos o “con baja autoestima”, que la mayoría de las damas son conquistables, hasta las más esquivas: Tantas crueldades produjo la sensualidad de la mujer. Es más viva que la nuestra y más llena de pasión. Tened por seguro, pues, que las poseeréis a todas. Entre mil apenas sí habrá una que se os resista. Tanto las que ceden como las que se oponen, sienten el deleite de verse solicitadas. Para arredraros, al principio os rechazarán. Pero ¿para qué engañaros si gustan de la novedad en los placeres y más las atraen cuando son ilícitos? Siempre parece más copiosa la mies del campo vecino y más abundante la leche del rebaño ajeno.
Publicado originalmente en el número 800 de la revista buzos de la noticia el 25 de diciembre de 2017.

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