DOÑA
CHAYA DE TODOS LOS DÍAS
Tania
Zapata Ortega
“Beberá granizo y comerá las
desparramadas hojas de la chaya. Eso sucederá aquí, en la
tierra de la tristeza, Padre, dentro del noveno año, en el
tiempo en que estén aquí los extranjeros”.
Chilam
Balam.
–Doña Chaya,
te vengo a molestar, regálame unas cuantas hojitas tiernas para
darle de comer hoy a mis hijitos; en el fondo de la jícara tengo
puro xix y todos tenemos hambre, mucha hambre; Por favor,
no me espines ni me arañes los brazos, deja que las tome para
nuestro sustento.
El viento
juega con las ramas del arbusto y mece los tallos en un murmullo
apenas audible. María se pone de puntillas y trata de alcanzar los
retoños más altos, los de un verde más claro, los que acaban de
nacer. Puesta a hervir en tiras menuditas, y mezclada con un
poquito de sal, la chaya calmará la necesidad del día con su
hierro de carne vegetal y mágica.
–Gracias,
señora, con esto vamos a poder vivir hoy, no tenemos vianda, por
eso no las puedo preparar como otras veces, pero no vamos a tirar
ni un pedacito a la basura, te lo prometo, lo vamos a comer todo.
Fíjate que tiene ya dos semanas que el hombre se fue a buscar
trabajo fuera de aquí y no tenemos noticias de él. Estamos
tristes. Hace rato le dije a mi niña que viniera a cortar unas
hojitas, y me respondió “anda y hazlo tú, porque a mí siempre me
pican las espinas y me sacan ronchas”… es que ella no sabe pedir
las cosas, por eso vine yo a decirte con humildad que nos ayudes,
porque ya no tenemos a quién más pedirle favor. Voy a hacer chaya
k’abax, porque sólo tengo unas pepitas de calabaza y
un poco de masa para las tortillas.
Un gato
amarillo con el espinazo casi saltado y las patas temblorosas se
acerca y roza su cola empolvada contra las canillas de la mujer,
mientras ella va contestando las preguntas inaudibles del arbusto.
Las gastadas chancletas se humedecen con la grama del camino,
mientras atraviesa el patio y entra a la cocina de ennegrecidos
carrizos.
María coloca
las hojas recién lavadas sobre la mesa y hace coincidir la forma
de su mano con los cinco dedos de la garra vegetal que ha
extendido sobre la tabla de picar. Un diente de ajo, olvidado
encima del trastero es el único aderezo. Mientras mira hervir la
olla, maquinalmente coloca un dedo sobre su nariz y corre a cortar
un par de chiles habaneros, que, tras su inocente lustre amarillo,
ocultan todo el fuego del infierno que sube desde la profundidad
de la tierra a la superficie gris del traspatio recién
barrido.
–No, señora
Chaya, hoy tampoco te puedo hacer el honor de cocinar tus hojitas
con carne de puerco y rojo achiote, pero regálame de todos modos
unas cuantas. Yo se que ya me diste para comer ayer, pero te pido
que me obsequies un poco más porque seguimos esperando noticias
del hombre. Tengo un cuartito de frijol nuevo para
completar.
Las flexibles
ramas del arbusto que crece sobre la albarrada se doblan hacia
María, que corta con cuidado para no acercar a su piel las espinas
urticantes. La savia blanca mana de las heridas recientes, pero la
mujer la evita, mientras alerta sus sentidos para adivinar los
segundos que lleva despierto el niño más pequeño que en la hamaca
chilla asustado.
–Hoy hasta la
gata tiene hambre, fíjate que mi niña le estaba ayudando a tener
sus crías, que salen pegajosas y ciegas y la dejan toda flaca, a
dos de sus crías se las ha comido la madre; pero a los animales no
les puedo convidar de tus hojitas, ésas son sólo para nosotros
cinco y para el que viene en camino; por eso te vuelvo a pedir que
nos regales unas pocas hojas más, hoy las voy a utilizar para
envolver un poco de masa porque voy a hacer tzotobilchay.
Gracias, doña Chaya, hasta mañana.
María entra
apresurada a la casa porque desde dentro la llaman. Ha llegado
recado del hombre, una nota y unos cuantos pesos. En el pueblo no
hay trabajo de peón como en otro tiempo, por eso muchos se han ido
de braceros; ella sabe que unos regresan y de otros ya no se
vuelve a saber nada; por eso se siente aliviada, aunque ignore aún
lo que hay escrito en ese trozo de papel que guardará mientras
consigue quién se lo descifre.
–Aquí dándote
de nuevo lata, doña Chaya; sé que no debo molestarte mucho porque
me pueden salir ronchas en todo el cuerpo si te como demasiado,
aunque en estos días se hayan deshinchado mis piernas, pero como
hoy sí tuve para la carnita, voy a tomar, con tu permiso, unas
hojas más; mis hijos te lo agradecerán y van a traerte agüita más
tarde, si es que sigue sin llover…
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