CUANDO EL VIENTO SOPLA

Tania Zapata Ortega

Martha estaba feliz porque al fin había terminado de pagar, con inmensos sacrificios, las ocho hermosas láminas de zinc que ahora protegían sus escasos muebles en la orilla de la ciudad. Se vistió con premura y se despidió de Marcos y de los niños. Tomó la morraleta y se subió al camión. “Voy a comprar pollo para hacer caldo”, dijo al salir.

Eran las 12 del día cuando el viento alcanzó su mayor intensidad; las hojas de los árboles del parque central y algunos envases de plástico se arremolinaban y se estrellaban contra los bordes de las banquetas. El sonido de las campanas se escuchaba a gran distancia como una muestra del orgullo local por la sólida construcción de la iglesia de San Marcos que a esa hora llamaba a los feligreses a la misa, a pesar del mal tiempo.

Martha caminó hacia los puestos de verduras, deteniendo su amplia falda para que no se levantara con el aire. Se sentía inquieta ante la intensidad del viento, de modo que se daba prisa por regresar cuanto antes.

En el camión a casa, a través del vidrio marcado con tatuajes de los grafiteros, miraba agitarse las copas de los árboles, el polvo, los remolinos y las calles vacías. Vio cómo sus vecinos trataban de recomponer las vigas de un galerón cuyos pilares habían sido doblados por la fuerza descomunal del aire y contuvo la respiración.

“Con tal de que no les haya caído una viga en la cabeza”. Se decía cuando de lejos vio a Marcos sentado en unas piedras con expresión sombría. Aceleró el paso mientras miraba en derredor comprendiendo lo sucedido. Casi a gritos preguntó por los niños y se tranquilizó cuando su cerebro hubo registrado las últimas palabras de la frase “…con mi mamá”.

Sin saber qué hacer con su colorida bolsa de malla, se sentó en una de las piedras de la albarrada a contemplar la escena: el ropero al caer había dejado escapar algunos papeles que ahora estaban girando con el viento. Se acercó deprisa y atrapó algunos con la esperanza de que se tratara de las actas de nacimiento o las boletas de sus hijos. Vio cómo volaban fuera de su alcance las seis caritas sonrosadas con expresiones diversas que tanto le habían gustado y corrió con la esperanza de que la fotografía cayera una cuadra adelante, pero esto no ocurrió.

Al llegar a la esquina, vio, encima de un árbol, dos de sus láminas que habían quedado atoradas, aún con un trozo de madera, y que de un momento a otro, por el intenso ruido que producían, continuarían su viaje en la dirección del viento y entonces se rindió. Comprendió la inmovilidad de Marcos y regresó a su lado, pero él ahora estaba con las manos abiertas sobre el rostro y sollozaba quedamente.

“Cuando el techo se empezó a levantar yo me colgué del polín, pero me levantaba con fuerza, pasaba el viento y entonces podía tocar el piso, así estuve brincando un rato hasta que lo solté” le dijo cuando se hubo calmado un poco. “Aunque recuperemos las láminas van a estar dobladas y se va a filtrar el agua”.

Trató de consolarlo, le dijo que acudirían a pedir ayuda y comenzó a ordenar las escasas pertenencias que el viento había dejado cerca. No quedaba ni rastro de las paredes de cartón que habían rodeado el precario cuarto.

“Sí, mire, si usted quiere hablar con el licenciado tiene que hacer cita pero ahorita no estamos dando audiencias porque se encuentra muy ocupado en una gira del señor gobernador, si quiere me deja sus datos y viene mañana a ver qué razón le tengo”. Fue la respuesta que obtuvieron después de dos horas de observar cómo la secretaria se pintaba las uñas y acicalaba su pelo recién teñido.

“Mire, dice el Secretario que por el momento no contamos con recursos para apoyarla, es que como hubo contingencia ambiental en otros municipios y ahí sí hubo daños cuantiosos, aquí no hicieron la declaratoria de zona de desastre y no nos van a mandar dinero para ayuda”.

Furiosa por la respuesta, Martha caminaba despacio por la Avenida Central mirando las sólidas construcciones de los edificios comerciales. Deseaba que alguno de ellos hubiera volado con el viento, generando pérdidas a sus dueños, para que ellos sí lograran la famosa “declaratoria” atrayendo la ayuda del exterior.

“No nos van a dar apoyo”, le dijo a Marcos, sabiendo que a partir de ese día desterrarían el caldo de pollo de su dieta, hasta poder comprar madera y unas láminas para tener un “techo seguro”.

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