CONTRATACIÓN INMEDIATA

Tania Zapata Ortega

Por quinta ocasión consecutiva llegó temprano y le pidió al mismo limpiabotas que le prestara el periódico para ver si había alguna oferta de trabajo. Lo mismo siempre, todos exigían secundaria terminada y experiencia laboral.

    No sirvo para nada, se decía, ni siquiera pude llenar bien la solicitud ayer y ahora no tuve más que pedir prestado para venir al centro

    Copió con mano torpe cuatro de las direcciones en donde ofrecían contratación inmediata y buen sueldo. No tenía dinero para hablar por teléfono, así que caminó muchas horas de la esperanza al desencanto. Una de las vacantes requería poseer una motocicleta para realizar cobranzas; en las otras era obvio que con sus cincuenta años y su mala dieta no era precisamente la mercancía que solicitaban en el seductor empleo.

    Rezaba por encontrar algo, algún azulejo qué pegar, destapar alguna cañería o levantar una barda. Esperaba encontrar algún pequeño encargo qué cumplir para no regresar una vez más con las manos vacías y mirar la decepción pintada en los cinco pares de ojos que lo esperaban en casa. No era esto, ni por asomo, lo que esperaba cuando se vino a la ciudad donde, le dijeron, abundaba el trabajo para los albañiles como él.

    –A ver, baja esas cajas y llévalas al local de enfrente, le dijo la rolliza mujer desde atrás del mostrador. Te quedas hoy a prueba a ver cómo trabajas, pero rápido que hoy es día de abrir las pacas de ropa y estamos atrasados.

    Durante cuatro horas, sin descanso, fue trasladando los pesados bultos de ropa de segunda en el puesto del mercado. Tomó un respiro para beber agua en unos tarros de peltre hasta el fondo del almacén, y reanudó la faena, al borde del desmayo, acomodando la mercancía con la esperanza de convencer a la patrona de su buena disposición.

    Al finalizar la jornada, se acercó a ver si era merecedor del empleo. “No te podemos contratar porque no tienes los papeles listos, además el muchacho que viste salir trajo ya sus papeles y él se queda, ten cinco pesos para tu pasaje” y luego, cambiando de tono, la mujer le dijo: “qué me miras, ya vete, ya te dije que no tenemos trabajo para ti, eres muy lento”.

    El desaliento más profundo, el más abrumador sentimiento de impotencia y de fracaso, ese que no se ahoga ni siquiera con alcohol, embargaba su alma. El Sol comenzó a caer y Miguel, agotada la poca energía que le quedaba, se sentó en la misma banca que los días anteriores.

    “No pude hacer nada otra vez”, pensaba, “no quiero regresar a casa”. Sin fuerzas para continuar, observó el incesante movimiento de la ciudad. Vio desfilar incontables mendigos de ambos sexos y de todas las edades. Paso frente a él un agresivo sujeto gritándole al aire como si se tratara de un enemigo y agitando una varilla metálica a diestra y siniestra. Oyó el anuncio del espectacular circo recién llegado a la ciudad y vio pasar en sus jaulas los deprimidos animales; recordó con amargura su falta de elocuencia, al ver la facilidad de palabra con que, una vez y otra, el vendedor de remedios medicinales abordaba a los transeúntes y, en su desesperación, imaginó la posibilidad de exponerse a una mutilación parcial para poder recurrir a la caridad pública.

    En la banca más próxima, tres mujeres y un hombre se levantaron y batieron palmas. Aplaudían y cantaban a voz en cuello sin preocuparse por modular o acoplar las voces, como si su fe se manifestara únicamente en el volumen de la canción. Predicadores con zapatos nuevos, faldas largas y pantalones cuidadosamente planchados para causar buena impresión. Miguel los miró con desconfianza y se levantó cuando uno de ellos se acercó y trató de convencerlo de salvarse mediante las oraciones. Alcanzó a escuchar el inicio del primer discurso, en que se prometía riqueza y abundancia… en el mundo celestial.

    Casi llegaba hasta el paradero del camión cuando se detuvo al recordar que al día siguiente debería pagar su transporte a la ciudad. Su cuerpo se estremeció brevemente, al calcular el cansancio por la caminata que le esperaba después de un día entero sin probar bocado, pero en un arranque de orgullo se negó a pedir, esta vez, que le regalaran un peso para su pasaje y comenzó a caminar, dando con sus pies casi descalzos, pasos desalentados.

    Impidió con esfuerzo que la ira se apoderara de su mente cuando vio las profusas luces del centro comercial recién inaugurado. Trató de no pensar en el día siguiente. Pasó por el nuevo monumento en construcción y alcanzó el libramiento norte que conecta con la autopista. Bordeó la carretera durante más de una hora, mientras las luces de los vehículos lo deslumbraban por instantes para dejarlo otra vez en las tinieblas.

    Se detuvo para tomar aliento bajo el puente amarillo. Levantó la mirada y deletreó con encono las letras azules y naranjas que, en una enorme lona colocada sobre el barandal, invitaban a votar y mostraban la fotografía del Señor Candidato del Empleo… y entonces sucedió.

    De entre los matorrales salieron los dos jóvenes. Uno lo encaró y el otro se colocó a su espalda. La fría punta rozó una vértebra lumbar. Instintivamente arqueó la espalda y soltó la mochila. Tras una breve revisión, los asaltantes concluyeron que no obtendrían nada del pobre diablo y descargaron, a patadas, su resentimiento sobre el cansado cuerpo de Miguel.

    Ensangrentado, tundido a golpes y con las manos vacías, durante una hora contempló los restos de un animal despedazado sobre la carretera hasta que reunió fuerzas y coraje suficientes para levantarse y subir las doce cuadras restantes hasta su casa, donde ya dormía la familia.

    Se deslizó en silencio para no despertarlos, deseando encontrarse a salvo del tormento de luz y tiniebla, de las puertas que no se abren; buscando inútilmente las fuerzas para dejar de ser Miguel el albañil y convertirse en Ramón el lisiado, el asaltante, el merolico o el demente y no seguir expuesto, impotente, avergonzado, ante la letanía de su pobre mujer y el famélico rostro de sus críos…

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