CARROÑA
Tania Zapata Ortega
Bajo la lluvia
pertinaz, sin dejarlo descansar, arrastraron la sanguinolenta
masa en que ahora se había convertido su cuerpo. El lodo se fue
mezclando con la sangre que no cesaba de brotar de las terribles
mutilaciones. Finalmente, cayó de bruces sobre el camino;
detuviéronse los asesinos para rematarlo a machetazos, mientras
pronunciaban insultos que ya no pudo escuchar. Ebrios,
malolientes y bestiales, se alejaron maldiciendo. El cabecilla e
instigador del crimen, aún regresó para escupir sobre su víctima
y propinarle un último e inútil puntapié.
Siguió lloviendo,
llovió toda la noche y los caminos de terracería quedaron
prácticamente intransitables para cualquier automóvil. Sólo a
pie o a lomo de bestia podría llegarse hasta donde yacía su
cuerpo sin vida.
Era un hombre
bueno que decía a los habitantes de aquel pueblo tzotzil que su
miseria no tenía que durar por siempre.
En la barranca,
al día siguiente muy temprano, sus amigos lo encontraron muerto.
Lo habían buscado toda la noche desde que, en la cantina del
pueblo, uno de los matones alardeara de su fechoría y exhibiera
el fajo de billetes que le entregaran en pago. Condujeron el
cuerpo hasta su casa y avisaron de la desgracia ocurrida.
El pueblo entero
se volcó en el funeral. Nadie dejaba traslucir sus emociones.
Impasibles, los hombres y mujeres parecían ajenos al dolor de la
viuda y los huérfanos. Tampoco parecía dolerles despedir al
hombre que les había enseñado a defenderse de las injusticias, a
luchar por dignificar su vida, miserable hasta entonces. Se
despidieron de su amigo y después de mirarse en forma
significativa unos a otros regresaron a sus casas.
Horas después se
escucharon los disparos. Era como si se hubiera adelantado la
feria del pueblo. A intervalos se percibían las detonaciones y
se adivinaba que no era una sola arma la que producía los
temibles sonidos.
Trajeron el
primer cadáver, y en el transcurso de la noche fueron llevando
los demás cuerpos a sus casas. El mismo procedimiento: los
aventaban a la puerta de la choza, llamaban y, enseguida,
corriendo, se alejaban. Así hasta llegar a la cifra de ocho. Al
noveno, al instigador principal, no lo encontró su familia sino
hasta el día siguiente; lo habían arrojado a media plaza, con
más de veinte tiros en el cuerpo.
Sus deudos los
enterraron ese mismo día, en privado, con vergüenza y con miedo.
Por donde pasaban los ataúdes las puertas se cerraban de
golpe.
Era ya noche
cuando fueron acercándose al sitio convenido; desde todas las
veredas se juntaban para tomar una decisión. Discutían, se
elevaba por momentos el tono de las voces y luego volvían a
hablar en un siseo inaudible. Finalmente, el nutrido grupo se
encaminó hacia el cementerio.
Amaneció tercer
día; no hubo más muertos, todos se incorporaron al trabajo; pero
a medio día, cuando regresaban de las milpas vieron los
automóviles nuevos en la plaza principal. Carros del gobierno y
dos ambulancias.
En el aire se
dejaba sentir, en ráfagas, el hedor putrefacto. La zona entera
estaba acordonada con cintas rojas y la multitud rodeaba a los
uniformados.
Durante la noche,
y sin que nadie se percatara (el vigilante afirmaba que se quedó
dormido) habían desenterrado el cuerpo del matón principal
ajusticiado, y, luego de cortarlo en varios trozos, separando
sus extremidades y cabeza, había sido distribuido en todos los
puntos alrededor de la plaza principal del pueblo.
No fue sino hasta
que unos niños se percataron de que los perros se peleaban la
enmarañada cabeza, cuando se notificó lo ocurrido a la
autoridad. Sin embargo, ningún habitante del pueblo se atrevía a
quitarles a los animales aquello que se disputaban y pasaron
casi dos horas desde que se descubrió lo ocurrido hasta que la
autoridad de la cabecera municipal acordonó la zona.
Nadie, por más
pesquisas que se han llevado a cabo, tanto en la cabecera como
en la capital de la entidad, ha revelado nunca los nombres de
los vengadores. El voluminoso expediente del caso amarillea en
el edificio de la presidencia municipal sin que se haya
encarcelado nunca a nadie. Se empolvan los papeles, pero en la
memoria de los hombres del lugar sigue viva la historia y
pasará, de generación en generación, el recuerdo del hombre
bueno que les dijo que su miseria terrenal no tenía qué durar
por siempre.
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