BUSCANDO
ILEGALES
Tania Zapata Ortega
“Buenas noches,
identificaciones en la mano, por favor. ¿De donde vienes?, ¿cómo
te llamas?”.
Con ojos
adormilados, Amparo contempló al oficial del departamento de
inmigración. Robusto. Gafas de sol en la penumbra, uniforme
oscuro con insignias.
Eran las doce
de la noche cuando se detuvieron en el primer retén,
apenas una hora después de haber partido hacia la ciudad
de México. Con su caja de cartón y una bolsa con ropa,
había esperado interminablemente hasta que en la
terminal de segunda anunciaron que había llegado, por
fin, la corrida de paso y confirmaron que traía un único
asiento disponible, junto al baño. Apenas arrancó el
camión cuando el primer pasajero sintió la necesidad
apremiante de utilizar el sanitario, abrió la puerta del pequeño
camarote desde donde se desprendió, al instante, un hedor
inconfundible que el aromatizante no logaba enmascarar. Aquél,
sólo fue el inicio de un continuo ir y venir de personas
ahorrándose el importe de los baños de la terminal.
Desde la
vigilia recién interrumpida, Amparo lamentó, una vez
más, el error en su acta de nacimiento, cuarenta y cinco
años atrás, cuando en su pueblo la registraran con otro
nombre. Llevaba dos décadas pidiendo que la asentaran de
nuevo, pero las antesalas se habían prolongado casi al
infinito. Rendida al fin, había renunciado a poseer la
indispensable credencial del IFE y siempre temblaba en
los retenes esperando la confundieran con inmigrante ilegal. Una
constancia de inexistencia del registro de su persona en algún
acta era todo lo que con su nombre poseía.
Envuelta en la
atmósfera asfixiante del fondo del camión. Amparo no pudo más
que resignarse a pasar doce horas soportando la mezcla de olores
y el bamboleo que en la parte trasera del autobús se sentía con
mayor intensidad que en los asientos delanteros.
“No tengo
credencial. Se me olvidó en mi casa”, Contestó cuando por
segunda ocasión se detuvo el agente a interrogarla. “No, señor,
soy de Copainalá, pero ya le dije que se me olvidó”. Trató de no
perder la compostura. La confusa figura del oficial se inclinaba
amenazante, alumbrando su rostro con una linterna que la
obligaba a entornar los ojos.
Convencido
quizás, de que los cachucos que buscaba no estaban en ese
carro, el oficial se alejó no sin antes reprenderla por no
portar su identificación, “ya saben que tienen qué traerla, si
no, los podemos confundir y deportar”, y bajó del camión. “Dale,
mano, gracias”, dijo al conductor antes de descender los
escalones.
De nuevo a
oscuras, tratando de ignorar el llanto ahogado de la niña en su
regazo, hurgó en su blusa, se extrajo un pecho, lo introdujo,
sin demasiada sutileza, en la boca de la criatura y entrecerró
los ojos. Recordó lo complicado que había sido registrar a la
niña y lo difícil que había sido conseguir que en el acta
pusieran que ella era la madre. Siempre, sin faltar, pedían que
se identificara.
No había
transcurrido mucho tiempo cuando arribaron al siguiente retén.
La misma escena: una linterna cerca de los ojos y la petición de
la tarjeta de elector. Más preguntas que antes: ¿la niña es
tuya? ¿De donde vienes? ¿Hacia dónde te diriges?
“Ya le dije al
otro oficial que soy de Copainalá, ésta es mi hija Lucy y
voy a México porque me mandaron traer para trabajar en
una casa.” “De veras, no los estoy engañando”. Lejos de su
pueblo, se sentía ella misma una extranjera y, pese a que no
había salido del país, los agentes cada vez eran más
inquisitivos. Estando en su propio país, se vio obligada, una y
otra vez, a explicar con voz entrecortada y tensa los motivos
por los que viajaba a la capital.
“¿El Himno
Nacional?... no… no me lo sé…no, señor, no fui a la escuela.
Vivo en la Colonia Unión, pero me voy a ir a trabajar un
tiempo”.
Cuarta parada
obligatoria: “Buenos días, ¿de dónde vienes?... ah… Por favor,
baja del autobús, tú también… y tú. Su corazón sobresaltado
esperaba con angustia el momento en que la señalaran, oprimió a
Lucy con desesperación y ésta despertó pegando un berrido que
exasperó a los agentes de inmigración. La ubicaron de inmediato,
al final del vagón, y apuntaron sus linternas hacia su
descompuesto rostro.
Con profundo
abatimiento, dos jóvenes se levantaron de sus asientos y
descendieron del camión que continuó su marcha sin ellos. Pobres
chapines, ojalá que tengan para pagar a los agentes y que
los dejen continuar el viaje, pensó Amparo, que había oído
muchas historias de inmigrantes y deportaciones en su pueblo.
Consolando a la niña, suspiró entre aliviada e inquieta e
intentó conciliar un breve sueño, sólo hasta el siguiente puesto
de revisión.
Bienvenido a
México D.F, fue el letrero verde, que contempló sin descifrarlo,
en la autopista congestionada donde todos los autos se habían
detenido a esperar que removieran una pipa llena de combustible
que había volcado un par de horas antes.
Bienvenidos… si
es que su identificación lo permite, si no los confundieron y
deportaron, si lograron resistir el tortuoso viaje.
¿Bienvenidos?... aunque no hayan podido conciliar más que un
breve sueño entre retén y retén.
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