BUENA PESCA

Tania zapata Ortega

Las fuerzas agotadas, en un último esfuerzo por sobrevivir, Jesús abandonó la bolla anaranjada y agitó ambos brazos fuera del agua. Le habían visto, sin duda le habían visto, los de la última barca de pescadores y ahora sólo tendría que resistir sin acalambrarse hasta que lo subieran a bordo.

    Trató de concentrarse en sus recuerdos para resistir el tiempo necesario contra los embates del mar. Recordó que en el frescor del amanecer, al revisar los plomos de la tarraya, constató que estaban algo gastados, pero aún útiles para unos meses más de buena pesca. Recordó la espalda de su mujer dormida dentro del pabellón y el ronquido intermitente del hijo mayor en el otro cuarto.

    Mientras miraba las maniobras de la lancha amarilla para localizarlo entre la penumbra y el oleaje, recordó la abundancia con que se llenaron las redes durante los tres días anteriores, y la sonrisa incrédula de Carmela cuando le diera a guardar el dinero envuelto en un gastado y ya incoloro paliacate.

    A treinta metros de la vida, recordó con orgullo la cara de asombro y el entusiasmo de sus visitantes, provenientes de la ciudad, a quienes había invitado a comer la semana pasada, y que, mientras él se disculpaba por la humildad de su mesa, por su falta de dinero para obsequiarlos con algo mejor, su mujer había puesto en la mesa una gran bandeja de arroz con almejitas y pequeños camarones, cogidos por la  madrugada.

    Antes de amanecer, cuando el sereno aún calaba los huesos, Jesús se hizo a la mar con su gastada lancha. El motor fuera de borda estaba fallando, pero aun así decidió arriesgarse, pues la temporada buena había empezado y no era cosa de quedarse viendo como los demás pescadores regresaban con sus lanchas repletas. Todo parecía indicar que sería un día caluroso, pues la línea rosada del horizonte empezaba a teñirse de vivos colores.

    Con un movimiento bien aprendido desde la infancia, tensó al máximo los músculos del brazo derecho, mientras con la mano mantenía abierta la boca de la malla, y la envió cuán lejos pudo. Los plomos silbaron un momento en el aire y luego cayeron poco a poco al fondo, mientras él se acuclillaba lentamente para esperar.

    Desde la orilla miró incorporarse al resto de las embarcaciones y las observó con mirada experta, no fueran a acercarse demasiado como aquella vez en que le enredaron sus redes y tuvo que pasar interminables horas reparándolas. Una hora después sintió con gran sorpresa que la red pesaba ya lo suficiente y comenzó la maniobra, que él conocía tan bien, para cerrar el cerco a su presa y dejarla aprisionada en la delgada malla para luego izarla a flor del agua. Una hermosa carga de resbalosos peces tornasolados, pugnando por zafarse y regresar al mar. Un gran pez saltó dentro del bote y se golpeó una y otra vez sobre el duro piso para rendirse de súbito y quedar inmóvil, mirando de frente al pescador con sus brillantes ojos negros. Apenas su boca se contraía rítmicamente con la expresión de un anciano que mastica sin dentadura, mientras aspiraba a grandes bocanadas el aire crudo del mediodía, mortal para sus branquias.

    Era temprano aún, así que Jesús decidió probar suerte nuevamente. Con destreza lanzó un tarrayazo tras otro, cada uno con mejores resultados que el anterior. Pronto la lancha estaba repleta de peces con lomos azules y vientres plateados, pero él decidió que había tiempo suficiente para lanzar por una última vez la red, y llenar por completo las paredes de su barquita. No era cosa de detenerse, había que aprovechar, ahora que podía llenar sus redes, después de tantos meses de magros resultados.

    Cuando al fin sus piernas se negaron a responder, Jesús se tendió de espaldas sobre el oleaje para resistir un poco más. Sintió el abrazo del corpulento pescador que comenzó a arrastrarlo hasta la lancha y sólo entonces dejó de luchar y empezó a soñar que se había convertido en aquel robalo moribundo, con el vientre plateado y aletas amarillas que lo miró fascinado desde el piso de la embarcación.

    Soñó con el motor detenido por el peso excesivo, se vio a sí mismo intentando arrancar de nuevo y lamentando ese último y absurdo tarrayazo de su ambición, pero ya la madera y el metal emitían chasquidos de protesta. El agua comenzó a filtrarse, la frágil barca se hundió en sentido vertical, dejando un instante su contenido sobre la transparencia del agua. Jesús contempló de nuevo el brillo de los mil peces, descendiendo a velocidades distintas hasta donde los ojos ya no podían seguir su viaje, al fondo del mar, mientras él trataba de mantenerse vivo y a flote hasta que la suerte permitiera su rescate.

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