ASÍ POR LAS BUENAS…
Tania Zapata Ortega
–
Son unos necios si están
pensando que les voy a regalar las casas así como así. A mí
me costó rescatarlas del banco que me las tenía embargadas;
allá ellos y el que los haya engañado, diciendo que se
podían meter en propiedad privada; yo no les dije que le
hicieran reparaciones a las casas, nomás eso me faltaba, que
me pusiera a darles gracias por haberme invadido el
fraccionamiento. No, señor. Aquí se va a hacer lo que ya les
dije y si no quieren pagar pues que se larguen a donde les
dejen vivir de gratis. Si ellos quieren quedarse con la
casa, entonces tienen que hacer lo que ya acordamos.
La voz de Osvaldo sonaba
autoritaria en el auricular. Las manos del licenciado
Jiménez empezaron a transpirar mientras trataba de controlar
su expresión facial frente a 400 pares de ojos.
–Sí, señor, le agradezco la
atención –alcanzó a decir– voy a informarles el
procedimiento, no se preocupe, muchas gracias y buenas
tardes.
Apenas colgó, Jiménez
aspiró una gran bocanada del aire viciado del salón de
reuniones. Aparentando calma, trató de que su voz dominara
el chillido insistente de un niño de brazos que berreaba al
fondo. Le tocaba amenazar, cerrar el nudo corredizo del
miedo y, después, dejar entrever una luz al final del túnel
para que a nadie se le ocurriera ni por asomo buscar otra
salida que no fuera la acordada con el poderoso
empresario.
–Nuestro querido presidente
ya habló con el dueño de la colonia, le pidió que no se
ejecutara hoy el desalojo que ya estaba programado, lo que
menos queremos es afectarlos a ustedes, por eso me encargó
que les dijera que la única manera de que no los desalojen
con la fuerza pública es que accedan a pagar el enganche y
tramiten su crédito; aquí me dieron las opciones y sólo es
cosa de que ustedes firmen que no tienen inconveniente. Creo
que es lo mejor para que ustedes y sus familias puedan vivir
tranquilos.
En el pizarrón blanco ha
trazado la lista de requisitos. Es una larga enumeración que
la multitud observa sin pestañear. En medio del sudor y el
ruido, Violeta pregunta qué es eso del “alta de hacienda” y
sonríe cuando le explican que es un papel para pagar
impuestos por su negocio… ¿vender pan por las calles?
–Ustedes no se preocupen,
los que no puedan comprobar ingresos van a recibir asesoría
y apoyo de los agentes de la empresa; van a ver que es muy
fácil, sólo es cosa de que firmen aquí y reconozcan que la
casa no es de ustedes, pero que le van a pagar al dueño.
Además, van a pagar poco a poco, imagínense, les dan un
plazo de 25 años para cubrir su deuda y bueno, los que no
quieran pagar, pues tienen la opción de salirse
voluntariamente y les pueden perdonar la demanda y el pago
de los daños. Miren, el señor presidente no va a poder
evitar el desalojo si ustedes se resisten; ya ven lo que les
pasó a sus líderes, pero piénsenlo y nos vemos aquí mañana a
las diez para tener los papeles listos. Ah, y preparen su
enganche porque el que no lo tenga se queda fuera.
–Antes de romper filas, la
multitud se detiene en una esquina e intenta evaluar la
situación. Hay voces que opinan que es demasiado caro y que
no podrán pagar; otras piensan que todo es mejor que la
zozobra y el miedo y recuerdan los dos mil policías que por
la mañana acordonaron las calles y cerraron todos los
accesos de la colonia; otros, unos cuantos, proponen buscar
asesoría, y todos deciden retrasar la cita del día
siguiente…
Es casi medianoche y el
transporte público ha terminado su turno hace cuatro horas.
Violeta, que durante buena parte de la reunión batalló
contra sus párpados, que no querían mantenerse abiertos,
ahora se sobresalta al notar que Blanca, su vecina, su peor
enemiga, la invita amablemente a subirse a un taxi y ella
acepta, mientras arrulla a Sofía que por fin se ha quedado
quieta en su regazo.
–Claro que tienen que
aceptar mis condiciones, qué barbaridad, qué es eso de que
les cobremos el precio justo y ellos remodelen las casas y
quién sabe qué tanto. Si yo soy el dueño, entonces ellos no
tienen nada, ¿entendido? Nada. y no puedo aceptar que sigan
diciendo que van a pagar lo que quieran, ningún banco les va
a prestar si dicen que invadieron una casa en obra negra,
les vamos a vender casas nuevas y punto. Bueno, Jiménez, nos
hablamos mañana, que le firmen los papeles.
Osvaldo colgó el teléfono y
aspiró el humo del cigarrillo. Estiró las piernas y se
acomodó en el fino sillón de piel, mientras contemplaba
distraído sus brillantes zapatos cafés. Sonrió para sus
adentros y se dijo que las cosas caminaban bien y que por
fin iba a cobrar su parte del negocio; no en vano había
invertido tanto en las elecciones, a fin de
asegurarlo.
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