ARQUÍLOCO DE PAROS, EL RECHAZO DE LOS VALORES ARISTOCRÁTICOS
Arquíloco de Paros
vivió alrededor del año 650 a.C. Los antiguos lo
parangonaron con Homero y es considerado el inventor del
género propiamente lírico en que se vierten los sentimientos
individuales y como el creador del yambo, verso que imita el
habla corriente, razón por la que los poetas trágicos y
cómicos adoptaron esta forma de versificación que se aleja
de las estructura formal de la poesía homérica. La mayoría
de su producción debió de ser de gran calidad y los pocos
fragmentos que se conservan muestran su original personalidad
poética. Hijo ilegítimo de un noble y una esclava, pronto se
convertiría en un exiliado y luego en mercenario para ganarse
el pan con la punta de la lanza. Sorprende su rechazo
al militarismo de la época, en un ejercicio de ruptura con los
valores aceptados en la Grecia arcaica, donde la participación en
el combate era una irrenunciable obligación moral. También aborda
en su poesía el tema de la pobreza en la que debió transcurrir
gran parte de su vida; se rebela contra las opiniones públicas
aceptadas, la corrupción ciudadana, la hipocresía de la
aristocracia belicista y no exalta el heroísmo sino las
penalidades del soldado.
La queja del
mercenario
Me dan dentera
esos oficialillos
barbilindos
que se pavonean por el
campamento
con sus escudos
labrados,
al aire las
cabelleras
perfumadas.
Creen saber ya
todos los
secretos
del arte
militar.
Yo prefiero
mil veces a esos otros
camaradas
chaparros, peludos y
burdos,
y que recién llegados
del surco
no te
traicionan
en el campo de
batalla.
Con sus piernas
velludas
y zambas
siempre acuden si en
las refriegas
te ven en
apuros.
Esos camaradas,
hediondos a
mierda
y a sudor, son para
mí
más elegantes y
bienolientes
que todos los
aristócratas
de Atenas
juntos.
Arquíloco
desprecia los convencionalismos sociales, el concepto griego
del honor, que castiga la cobardía y la huida del combate
incluso con la muerte; frente a los valores del hoplita, que
tornará “con el escudo o sobre el escudo”, él no tiene
empacho en confesar que para salvar la vida ha tenido que
dejar tirado el escudo, emblema del coraje del guerrero, el
arma que protege el flanco del compañero inmediato:
¡Aquel arnés
irreprochable! Alguno entre los sayos
mucho se alegra con mi
escudo.
Sin querer, lo
dejé
junto a una mata. ¿Qué
me importa ese escudo?
¡Que se pierda!; mas
yo me salvé.
Otro no inferior
adquiriré de nuevo.
De su extensa obra
se conservan 120 fragmentos de elegías, epigramas, yambos y épodos
que expresan el carácter y temperamento de aquel hombre singular,
ardiente y apasionado, que ha sido llamado para la posteridad
El escorpión, en quien el amor y el odio llegan a
límites muy intensos. La mordacidad de su pluma era temible ya en
su tiempo, ridiculizaba a sus enemigos políticos y personales. La
leyenda dice que el pario Licambes rompió su promesa de entregarle
a su hija Neóbula en matrimonio, impidiendo con esta unión que el
poeta adquiriera un sitio entre sus conciudadanos; el escarnio
literario con que se vengó habría ocasionado el suicidio del padre
y las hijas… aunque otros afirman que el suicidio aconteció muchos
años después y por otros motivos.
Padre Licambes, ¿qué
es lo que tramaste?
¿Quién perturbó tu
entendimiento? Antes
estabas en tus
cabales. Pero ahora eres
en la ciudad gran
motivo de burla.
Para los griegos, la
fama acompañaba al héroe después de la muerte; pero Arquíloco se
rebela contra esta antigua concepción aristocrática, afirmando que
nadie conquista honores después de la muerte y que el favor es
propio de los vivos:
Ninguno se vuelve
respetuoso con sus conciudadanos
ni famoso una vez que
ha muerto;
más perseguimos los
vivos el favor de lo vivo,
y los más grandes
males siempre suceden a quien murió.
Sustituye la
mitología por la fábula animalística; la zorra, la mona y el
águila toman vida para ejemplarizar o ridiculizar al hombre y
zaherir a las altas magistraturas de la ciudad y a sus enemigos
personales; pero junto a esta actitud combativa, logra verdaderos
aciertos en la poesía amorosa.
Jugueteaba ella con un
ramo de mirto
y una linda flor del
rosal...
Su melena
le aureolaba de sombra
los hombros y la frente.
Tal ansia de amor me
envolvió el corazón
y densa niebla derramó
sobre mis ojos
robando de mi pecho el
suave sentido.
Yazgo, infeliz, por la
pasión vencido,
sin vida, hasta los
huesos traspasado
de fieros dolores que
los dioses me envían.
Pero el perturbador
deseo me domina
y no me cuido de
yambos ni placeres.
Ojalá que pudiera
tocar la mano de Neóbula...
Fuentes: Literatura
universal. Francisco Montes de Oca. Historia de la
literatura universal. Martín de Riquer.
Publicado originalmente
en el número 771 de la revista buzos
de la noticia el 5 de junio de 2017.
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