“… ¿LAMA
SABACTANI? (*)
Tania Zapata
Ortega
Bertha y sus
dos hijas, se cubrieron los cabellos con una malla blanca en señal
de respeto y sumisión y cubrieron su cuerpo, fuente de pecado, con
las amplias y obligatorias faldas largas; se acomodaron como
pudieron en aquella lata de sardinas y partieron.
Belén, la
mayor de las dos jovencitas, Mantuvo su espigado cuerpo en
incómoda tensión y no quitó la vista de la puerta de los vecinos
hasta que doblaron la esquina. Con las prisas, Armando no se
enteraría de su viaje y quizás pensaría que se había arrepentido.
Habían acordado la fuga para ese día y ahora sus planes se veían
frustrados por la premura con que partían. Sintiendo sobre sí las
miradas suspicaces de sus hermanos, oprimió su libro
empastado y miró hacia el camino, tratando de disimular su
contrariedad.
Aunque es
lunes, la tienda de Doña Bertha permanecerá cerrada. Toda la
familia salió desde la madrugada y volverá hasta mañana, cuando
haya terminado la convención cristiana, que este año tendrá lugar
en una apartada comunidad del municipio de Yajalón.
Con la
diligencia debida al servicio divino, se lograron los
permisos correspondientes para evitar la represalia patronal y los
justificantes necesarios para que las niñas faltaran a la escuela.
Servir a Dios, dijo el pastor, es tarea superior y más meritoria
que cualquier otra actividad; sobre todo, dijo, porque “esta vida
es pasajera y lo mundano nos aparta del Señor… y no deben
escatimarse gastos cuando se trata de nuestra salvación eterna;
máxime en las mujercitas, que están llenas de pecado e
imperfección”.
Diecinueve
miembros del pueblo elegido viajan apretujados en la parte
trasera de la camioneta Nissan y desde el amanecer han salido para
acudir al famoso “retiro”. Provista de baterías nuevas, la
grabadora de uno de los fieles reproduce las estridencias de un
predicador que, a voz en cuello, ordena que Satanás salga de la
vida de su gente y decreta la sanación universal y la expulsión de
Lucifer por la sola obra de sus palabras. Gritos desaforados en
los que apenas alcanzan a distinguirse palabras como “aleluya” y
“gloria” erizan la piel de los escuchas, quienes desean ser
partícipes de tan maravillosa catarsis.
El accidentado
camino obliga a los viajeros a sujetarse con firmeza de las
redilas y los imponentes precipicios arrancan, de vez en cuando,
agudas exclamaciones y peticiones exacerbadas de protección
divina. “Si es la voluntad de nuestro señor regresaremos con bien
mañana”, se han dicho al salir.
Avanzan las
horas y el polvo del camino se junta con el sudor de los cuerpos
bajo el quemante Sol; cada tumbo del vehículo ha ido arrullando el
dolorido espíritu de Belén, cuya evasión ha fallado esta vez.
El Primero Dios y el
a Dios
gracias , elementos obligados en cada frase de
sus conversaciones ahora escasean, mientras en casa le
reprochan su propensión a dejarse dominar por el
malo. Contrariada, cierra los ojos y, fingiéndose
dormida, deja de batir palmas al ritmo que marca la pegajosa
y repetitiva canción que ahora reproduce la estación
cristiana que el aparato sintoniza.
Así, tratando
de ignorar el traqueteo del camino, Belén decidió perderse el
imponente espectáculo de la vegetación exuberante. Profundos
abismos en cuyo fondo serpentean arroyuelos prehistóricos, junto a
los helechos y el musgo que salpican la tierra colorada y las
monumentales rocas desprendidas de los cerros.
Absorta en sus
pensamientos como iba, Bertha ya no alcanzó a entender las
consecuencias del sobrecupo, a percibir la cercanía de la caja del
tráiler, a sujetarse antes de volcar a una velocidad inusitada, a
sentir la inercia, el alarido general y el estallido del tanque de
gasolina.
Los cuerpos
giran en el aire apenas un instante, para luego quedar deshechos
al fondo del barranco, los fierros retorcidos cercenan miembros,
mientras las almas se duermen para siempre, porque no alcanzaron a
redimirse durante la fiesta de sanación espiritual, única vía
segura para la salvación eterna…
Y Armando y
Belén no van a escaparse ya, para vergüenza de sus padres y para
triunfo del maligno. Que, en un voladero, camino a Yajalón,
dicen las noticias, 19 son las víctimas de aparatosa volcadura.
Sólo Dios sabrá por qué.
* “Señor,
Señor, ¿por qué me has desamparado? Mateo 27:46. Nuevo
Testamento.
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