UN
POQUITO DE PACIENCIA
Tania Zapata Ortega
“No, señora, ya
le dije ayer que aquí no podemos surtir las medicinas para la
enfermedad que usted tiene, sus estudios dicen que urge que le
atiendan porque tiene linfoma , que es una especie de
cáncer, nosotros ya hicimos lo que podíamos, pero ahora tiene
que ir a un hospital en forma para que le den el
tratamiento”.
Rosario caminó
las doce cuadras de distancia hasta el Hospital Regional. Con
sus estudios bajo el brazo, se sentía inquieta por lo avanzado
de la hora, pensó en los niños a quienes debía esperar afuera de
la escuela a mediodía. Dos meses antes, los dolores ya eran
insoportables y había empezado su viacrucis en busca de atención
médica. “Nadie le da seguro social a las que lavamos y
planchamos ajeno”. Era la lección que había obtenido en su ir y
venir por todos los hospitales de la ciudad.
“Comadre, te
encargo que recojas a Mayra y Carlitos del kínder, es que voy al
Regional, porque dicen que ya me van a programar para que me
operen el mes entrante”. Metió de nuevo su ajado cuadernito en
la bolsa negra que contenía sus estudios y colgó la bocina del
teléfono público; luego, dándose prisa para evitar las dudas y
el pánico, penetró en el edificio atestado de pacientes y
enfermeros de turno.
Con los labios
blancos, pálida hasta el extremo y sintiendo una debilidad
abrumadora en todo el cuerpo, Rosario caminó, tambaleante, por
el pasillo para abordar un taxi. Llevaba en su mano la receta
escrita en papel cebolla, con caligrafía ininteligible, donde se
pedía comprar las sustancias requeridas para otros doce
tratamientos mensuales como el que la había dejado en aquel
estado de postración.
“Pues sí,
comadre, ya sabes que no tengo ese dinero para comprar los
medicamentos que piden, así que no sé qué hacer… voy a ver si el
presidente quiere ayudarme, voy a llevar la receta, ¿me
acompañas?”.
Casi a punto de
rendirse ante los agudos dolores, Rosario terminó de ascender
los 84 escalones hasta la oficina del presidente municipal.
Asomaban lágrimas de dolor en sus ojos cuando se acercó a la
ventanilla a pedir una audiencia. La sostenía la esperanza de
que la ayudaran, pues en todos los medios a su alcance, el
ayuntamiento publicitaba la imagen del señor presidente como un
hombre magnánimo y caritativo.
“Licenciado, le
digo que ya vino la semana pasada mi comadre, pero ayer le
aplicaron otra quimio y no se puede levantar. Entre todos
los vecinos juntamos el dinero para comprarle las ampolletas,
pero ahora ya no tenemos y por eso le estamos pidiendo su ayuda.
Éste es el escrito que me dieron como respuesta, dicen que no
cuentan con partidas presupuestales para ayudarla, pero
me recomendaron que viniera con usted a ver si siempre se va a
poder”.
“Mire,
señorita, me citaron hoy para ver si nos van a dar el
apoyo con las medicinas de mi comadre Chayo, vine yo
porque ella ya no puede caminar, ya le pusieron tres
tratamientos, su familia consiguió dinero prestado pero
ya no tienen; por eso queremos que nos ayuden, dígame si
me va a recibir hoy, porque mañana ya urgen las
ampolletas… espérate Mayra, ahorita nos vamos, no estés
corriendo tanto porque vas a romper algo y no tenemos
dinero”.
“Ya, comadre,
no insistas en la Presidencia… si no nos van a dar nada.
Además ya no creo que pueda resistir otra ampolleta,
apenas llevo cinco y mira cómo estoy”. Rosario
balbuceaba estas frases acostada y cubierta apenas por
una delgada colcha que dejaba adivinar su escaso
volumen, que se había reducido al de una niña de diez
años.
“Qué bueno que
vino, mire, ya le tenemos una respuesta, el mes que entra le
vamos a tener sus medicamentos, pero necesitamos que nos traiga
la firma de que los recibió la enfermita”. Ah, bueno, eso no lo
sabíamos, de cualquier forma déjeme decirle al secretario
particular, porque hay que hacer el trámite de nuevo para que
las pueda recibir usted; le pedimos sólo un poquito de
paciencia, creo que sí le vamos a ayudar”.
Seis meses
después, lidia se presentó en la oficina por última vez. Había
acumulado una larga lista de visitas infructuosas. “Gracias,
pero le vengo a decir que ya no es necesario que tramiten el
apoyo porque ayer enterramos a mi comadre Rosario; así que ya ni
se moleste, ni pierda su tiempo en hacer el trámite. Hasta
luego”. Lidia se alejó de prisa por el pasillo, ante la mirada
de alivio del secretario a quien su presencia insistente,
pidiendo que le regalaran una medicina “para su comadre”, había
terminado por exasperar.
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