UN KILO
DE TORTILLAS
Tania Zapata Ortega
De la olla
humeante se desprende un confortante vaporcillo. Dentro del
oscuro caldo, los frijoles absorben el sabor del epazote y se
impregnan del aroma de la cebolla frita. Hace horas que Violeta
realiza apresurada una caminata de varios kilómetros por toda la
casa, ha lavado varias docenas de ropa y las desteñidas prendas
lagrimean en el mecate atado al árbol de la entrada. De repente,
como si hubiera cometido un irreparable error, la mujer se lleva
ambas manos a la frente y mira hacia el rincón donde Sofía suele
sentarse para completar, chupando un extremo del lápiz, las
planas que le han dejado en la escuela.
–Vete a traer
las tortillas, no se vayan a acabar, aquí está la manta
y el dinero, apúrate y no te entretengas, que ya va a
venir tu papá.
La blancura del
camino casi la ciega bajo el sol de mediodía. A esa hora todas
las puertas están cerradas para que el calor no entre, todos los
días llega ese momento en que la calle se vacía y la gente se
esconde para no sufrir una insolación… mediodía o medianoche,
qué más da, si la calle está desierta. Con la manta en una mano,
a la niña no le queda más que empuñar la moneda en la otra, al
mismo tiempo que proteger sus ojos del deslumbramiento del sol
en el cenit.
Sus pies,
protegidos apenas por las gastadas sandalias amarillas, sienten
el calor de las piedras del camino. Frente a la puerta cerrada
de un templo se detiene con indecisión porque sabe que de un
momento a otro empezarán a ladrar los perros. En medio del
estrépito no ha escuchado el tintineo amortiguado por el polvo.
Es una reluciente moneda de diez pesos, con el círculo central
de la piedra del sol grabado en una de sus caras, que ahora ha
quedado oculta por el polvoso camino a la tortillería.
La rolliza
mujer suda junto a la máquina, voltea y retira las
tortillas que han completado el rápido proceso de
cocción, y las suelta antes de que le quemen las manos.
Apenas mira a la niña que ha murmurado con voz inaudible
su pedido. Coloca una pequeña torre de discos humeantes
sobre la báscula y extiende la mano pidiendo la manta.
Sofía se ha quedado inmóvil y la cabeza parece querer hundírsele
bajo los hombros. Pasado un primer instante, mira el suelo en
torno suyo y, sin decir nada, desciende los dos escalones que le
permitieron asomarse al mostrador hace un momento.
Trata de no
llorar, pero su nariz está llena de un fluido líquido mientras
el pánico se apodera de su pequeño cuerpecito. Camina despacio,
mirando al piso, y de vez en cuando mueve el polvo por ver si
ocurre el milagro y la moneda relumbra bajo su vista. Casi está
de regreso en casa, pero todo este tiempo, cegada por el Sol y
el llanto, ha estado buscando la moneda que pueda salvarla de
los gritos y el seguro castigo que le espera.
¿Huir sin rumbo
para evitar la ira de su madre?, ¿esconderse en algún sitio
donde nunca la encuentren?, ¿irse de casa a cualquier lugar, sin
rumbo y sin futuro?… todo eso pasa por su mente, mientras pone
un pie después del otro, retardando su entrada a la casa, donde
Violeta desespera porque la hora avanza.
Con las manos
vacías y los ojos enrojecidos, Sofía entra por fin, desviando la
mirada para no sufrir el ceño fruncido y los reproches. Calla
ante la mirada interrogante de Violeta que ha comprendido de
golpe lo ocurrido y que mira hacia arriba tratando de adivinar
la hora, con la esperanza de estar a tiempo antes del temido
regreso.
Sin que Sofía
comprenda lo que ocurre, una fuerza bien calculada la hace a un
lado para que su madre salga y corra hasta la esquina, a pedir a
toda costa unas cuantas tortillas prestadas a la vecina y así
dar de comer al marido que ya viene.
Unos pasos más
pesados, un olor inconfundible de ropas sudorosas y cuerpo
cansado le advierten que ha llegado la hora de esconderse antes
que se enteren de que ha perdido el dinero de las tortillas y
que su madre ha salido a resolver el problema creado por su
torpeza...
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