TÍA
MILA
Tania Zapata Ortega
El agua del río
aparenta mansedumbre al fondo del barranco. Arriba todo es
velocidad, la cinta asfáltica está recién pintada y la vista la
recorre hasta toparse de pronto con la roca blanquecina
desprendida de la montaña por alguna convulsión prehistórica.
Dicen que hace mil años una manada de mamuts pastaba en una
llanura verde sobre el río que entonces corría bajo la tierra.
Ahora un barandal protege a los peatones que bordean la
autopista.
Cerca de ahí,
en el caserío frente al camino viejo, todo está
silencioso desde la mañana. Hoy Milagros no puso a cocer
maíz para el pozol del mediodía. Es la graduación
de su nieto, el último retoño a su cargo. Ha terminado
la preparatoria y toda la familia llegó para
celebrar.
Adosada a la
pared de barro, hijos y nietos han ido construyendo la casa con
el amplio corredor en el que ahora están reunidos. Mila nunca
quiso abandonar su reducido cuarto de carrizo, que ha visto
desfilar un sinfín de parturientas y de niños con empacho o con
la mollera sumida.
–En este mismo
patio me vinieron a pedir hace treinta años; mamá ya sabía pero
yo tenía miedo que mi papá me pegara, era bien canijo.
–Pues yo
hubiera querido que me pidieran y toda la cosa, pero
eran otros tiempos, mejor me escapé… y ya ves, luego me
la perdonó el tío.
–Abuelita,
¿verdad que siempre adivinabas cuando andábamos en malos pasos?…
y siempre nos protegías para que el abuelo no nos diera con el
cincho.
Milagros las
mira sonriente desde el rincón. Ha terminado de servir
los platos con ensalada de camarón seco y shuti
(*). Ahora tiene las manos dentro de las bolsas de
su eterno mandil de cuadros azules. Sus escasos cabellos
de un blanco amarillento son prueba de ocho décadas de
trabajo incesante.
Madre de diez
hijos, ocho de los cuales sobreviven, Milagros ha traído al
mundo a casi dos centenares de pichis, como ella les
llama. A casi todos sus 37 y también a los 23 bisnietos los ha
sobado, levantado y curado del ombligo, procedimientos en los
que es experta dado su oficio de partera empírica.
Desde el
altavoz del gastado aparato de sonido llegan el sonido
de la marimba con las notas de El machete
tunco. El trago ha calentado las gargantas y
soltado los pies. El sudor humedece los cuerpos y las
mujeres se limpian la cara con el pañuelo.
Los rostros
están cada vez más congestionados, la risa se apodera de
todos los presentes cuando alguien tropieza en medio del
baile y choca contra una pareja que se mueve al ritmo de
la música.
–Ya la abuelita
debiera descansar, total, ya Ramiro terminó la escuela, que es
el último que le quedaba, ahora está para que la ayudemos todos,
es más, debería tirar esa galera de caña maíz y venirse a
vivir aquí a la casa. Ahora que ella ya entregó el último
compromiso que le quedaba, puede estar tranquila. Ya sus hijos y
nietos somos grandes, ella ya cumplió. Tú, Mario, desocúpale un
cuarto y que se venga contigo…
–Es cierto, si
no fuera por Tía Mila qué hubiera sido de nosotros que
nos quedamos acá cuando mis papás se fueron al Norte.
Ella nos crio con lo que ganaba vendiendo pozol y
nos trató como si hubiéramos sido hijos suyos.
Milagros oye lo
que dicen de ella y sólo asiente. Sonríe, pero su ceño está
fruncido. Hace rato que no dice palabra. Mira en todas
direcciones y siente como propia la felicidad que embarga a toda
la familia. De pronto entiende que ha terminado su tarea.
Antes de que
terminen de bailar El sapo, Milagros se levanta y con su
paso leve de pajarito tullido camina hacia la calle. Mientras se
amarra el paliacate a la cabeza se despide de los presentes: Al
rato vuelvo, se quedan en su casa, hijitos, que Dios los
bendiga. Y se despide dibujando una gran cruz con la mano
derecha.
Atardece sobre
las enormes piedras calizas que bordean la carretera. Desde el
barandal se mira el río como si fuera una serpiente verdosa que
untara su cuerpo de escamas brillantes contra las rocas.
Milagros espera que pase la interminable fila de automóviles
para que nada la detenga. El aire, ahora, está fresco.
Confundidas en él, oye las voces que la saludan. Les da las
gracias, mira al río que ahora la llama cada vez con mayor
fuerza y entrega por fin su menguado cuerpo al viento, imitando
aquella garza blanca que planea casi a ras del agua…
(*) Caracol de
río.
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