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TEODORO PRÓDROMO, LA DENUNCIA DEL HAMBRE Y LA MISERIA

TEODORO PRÓDROMO, LA DENUNCIA DEL HAMBRE Y LA MISERIA

Tania Zapata Ortega

En el Siglo XII, al auspicio de la dinastía de los Comnenos, Constantinopla vive un periodo de esplendor de las artes, las letras y la arquitectura. Poetas cortesanos producen un amplio repertorio de obras destinadas a fortalecer el dominio de la monarquía y se consolida el rol del clérigo literato. Pero no todos los poetas encajan en alguno de estos dos moldes. Una personalidad distinta es la de Teodoro Pródromo (1115 -1160), parte de cuya obra ha sido atribuida al menos a otro poeta, de nombre Hilario. En estilo popular, que se aparta de los ampulosos modelos medievales, relata en largos y sentidos poemas sus miserias, su hambre y sus desdichas y traza un vigoroso cuadro satírico de la sociedad en la que vive.

     La herencia literaria de Pródromo consta de una serie de poesías sobre los más variados temas: escritos arqueológicos, cortos poemas épicos, una novela, Rodante y Dosiclés, y lo que los críticos consideran lo mejor de su producción literaria, las Epístolas, extensos poemas en verso que muestran al poeta siempre en la miseria, luchando contra su propia hambre, pero cuyas desgracias se hallan cubiertas con un velo de humor.

 

Y yo me abraso por el pan solo,

pídolo y no me dan, antes me injurian

y me afrentan diciendo: «Come letras y hártate, padre,

y come, desventurado, de tus literaturas;

y si acaso vas mal con tus literaturas,

quítate la sotana y hazte menestral».

 

     En Epístola al emperador, el poeta lamenta haber seguido el consejo paterno de convertirse en gramático, oficio que no le permite conseguir el sustento:

 

De chico me decía mi anciano padre:

«Hijo mío, aprende letras y ¿quién como tú será?

Ves a fulano, mi niño, a pie se paseaba

y ahora con doble arnés y en mula gruesa.

Ése, cuando estudiante, calzado no tenía

y ahora, veslo, calza rico chapín.

Ése, cuando estudiante, en sus días no se peinó,

y ahora va archipeinado y rizopostinero.

Ése, cuando estudiante, del baño no vio la puerta

y ahora se balnea tres veces por semana.

Ése tenía el regazo lleno de piojos como almendras

y ahora lo llenan las onzas de oro.

Y acata mis ancianas y paternales razones

y aprende letras y ¿quién como tú será́?».

Y letras aprendí con esfuerzo grande.

Y, tan pronto llegué a maese gramático,

quise también el pan y lo que al pan acompaña;

denuesto las letras y entre lágrimas digo:

«¡Malditas las letras, Cristo, y quién las quiere!

Maldita la ocasión y el día aquel

en que a la escuela me llevaron

para que aprendiere letras, por ver de vivir de ellas».

 

     La descripción de las costumbres del zapatero, el carnicero y el panadero, las viandas que consumen y la despreocupada vida que llevan es verdaderamente humorística. El poeta desearía abandonar su condición de monje poeta para convertirse en menestral y tener la despensa llena de viandas:

 

Ahora la abro, miro todos los fondos

y veo bolsas de papeles llenas de papeles.

Abro mi alacena por hallar rebanada de pan

y hallo otra bolsa de papeles más chica.

Echo la mano al bolsillo, busco mi bolsa,

la pellizco por topar un chavo y también rebosa papeles;

y cuando araño en mis rincones todos

quédome entonces sombrío y desconsolado,

desmayo y desfallezco de mi mucha hambre.

Y de la mucha hambre y de la pesadumbre,

a las letras y letrados antepongo los brocados.

 

     Verdadera expresión del arte popular, su poesía refleja las costumbres y la vida cotidiana de su época; mientras suplica ayuda al emperador, cuestiona la miseria, para él verdadero infierno terrenal… aunque no deje de curarse en salud; buena es la prudencia ante el poderío apabullante de la Iglesia…

 

Pues debido a mi pobreza aun a menudo blasfemo,

y dícenme: «Cuidado, mucho no digas

no sea que tras la muerte condenado te manden

a la infatigable Bestia, al Tártaro o a las Tinieblas».

Y yo, soberano mío, estos tres infiernos aquí

los purgo y aún antes de mi muerte:

Infatigable bestia juzgo a la pobreza.

La que incesantemente me devora

y me consume, Tártaro; la triste tiritera que tirito,

como en helada de invierno, y no tengo qué llevar,

pues, si no tengo qué llevar, asaz tirito.

Tinieblas en fin, señor, mi negrura juzgo,

la que tengo siempre, oh, emperador,

cuando no veo pan; pues, si no tengo qué comer,

me entenebrezco y caigo

y miro Tinieblas tenebrosas y Tártaro y Bestia.

 

Publicado originalmente en el número 809 de la revista buzos de la noticia el 26 de febrero de 2018.

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