TAMALES
CALIENTITOS
Tania
Zapata Ortega
Lupita
terminó de lavar los trastes de la cena, ayudó a sus
hermanitas en la tarea de acomodar las tablas que les
servían de camas y les ordenó que se acostaran. Miró una vez
más en derredor sintiendo de súbito cómo el miedo la invadía
bajo el peso de una responsabilidad más grande que sus diez
años.
Su madre había esperado hasta que oscureció, con la
esperanza de que el marido no volviera, una vez más,
completamente ebrio, como ocurría siempre que regresaba de
la reunión del ejido donde las discusiones y las amenazas
subían de tono cada día. Pero cuando se dio cuenta de que
empezaba a anochecer, tomó el rebozo y se colocó a la
espalda al hijo de tres meses, tomó de la mano al niño más
pequeño, a quien solía llamar “su varoncito” y salió hacia la casa
de sus padres, en el otro extremo del pueblo, huyendo de los
golpes que más de una vez la habían mandado al hospital.
Envejecida
prematuramente por el sufrimiento constante, sabía que su vida
corría peligro si se quedaba, pero también que era improbable que
cambiara su fortuna de forma radical. Sabía que tarde o temprano
debería volver al hogar; razones económicas y religiosas la
obligaban a una fuga sólo temporal.
Lloraba por el
camino, pensando con angustia en las tres pequeñas que dejaba en
casa, y trataba de tranquilizarse, diciéndose que regresaría
acompañada por un familiar para llevárselas también. Casi de forma
instintiva tanteaba en la oscuridad para no tropezar con la raíz
de algún árbol que la hiciera caer. El perrucho amarillo la siguió
un trecho, pero luego pareció arrepentirse y, atemorizado por la
ráfaga de ladridos que lanzaban los esqueléticos guardianes del
caserío, volvió sobre sus pasos y entró en la choza.
“Allá viene
papá, oye cómo viene gritando desde la esquina. Tengo miedo”. La
pequeña de tres años abrazó a su hermana mayor, que protestó
enseguida. “Estate quieta, ya me destapaste”… “de seguro se va a
enojar mucho cuando vea que mamá no está. Ahorita va a empezar a
pedir de cenar y va a estar muy enojado. Yo ahorita me levanto y
le caliento los tamales que quedaron del rezo, tú apaga la vela,
saca ese perro de la casa y escóndete bajo las tablas”.
Tal vez los
tamales, cuyo nombre significa “envueltos”, sean un vestigio de
aquellos tiempos en que a la tribu nómada le era imposible
detenerse para cocinar los alimentos y hayan servido para comer
sobre la marcha, sin detenerse a calentarlos pues, bien
resguardados del calor, pueden conservarse en buen estado por dos
o tres días; pero éste no era el caso y la niña sabía de sobra lo
exigente que era su padre, en especial si venía borracho y
cansado, como esa noche.
La oscuridad
en la calle era casi completa. La niebla había comenzado a caer
desde las seis y el frío calaba hasta los huesos.
Dando tumbos,
alcoholizado y oprimido por el hambre, el campesino penetró en la
choza, apenas alumbrada por el rescoldo del brasero. Encendió la
veladora que segundos antes había apagado su hija y se detuvo en
medio de la precaria habitación.
Venía de la
asamblea ejidal y se sentía frustrado, colérico y violento; el
comisariado y su familia habían vociferado que varios de ellos
perderían este año el derecho a sus parcelas si no pagaban las
cuotas que se les habían ido acumulando por las temporadas malas.
Cada vez estaba más convencido de que debía hacer caso de la
recomendación de su compadre e irse de mojado. Las callosas manos
colocaron el sombrero de palma sobre la mesa mientras recordaba
con rabia las palabras con que se habían referido a su
deuda.
Contempló cada
ángulo de la casa balanceándose sobre sus piernas y comprendió
que, una vez más, su mujer había huido hacia la casa de sus
padres, cargando con el recién nacido, presa del terror que le
producía la borrachera iracunda del marido.
“Lupe, quiero
cenar”, se oyó decir con lengua pastosa. Y se dejó caer sobre la
silla, que crujió bajo su peso.
Apresurando
cada movimiento, la niña se levantó de la tarima donde fingía
dormir; y en el rincón acondicionado como cocina atizó la lumbre.
“Que te apures, chamaca, que yo no vengo de perder el tiempo”, lo
escuchó gritar a sus espaldas y sintió en las vísceras el conocido
tirón del pánico. Sabía por experiencia propia que una vez
provocada su furia, el hombre no se detenía hasta desquitarse con
quien estuviera a mano.
Con sus manos
pequeñitas tomó los tres tamales que restaban de los que se habían
preparado el día anterior para el rezo de fieles difuntos.
Apremiada por la exigencia del padre, colocó sobre el comal los
tres envoltorios de hojas de plátano, característicos de la
región. Un olor delicioso, a manteca de cerdo y a guiso
condimentado empezó a desprenderse con el vaporcillo que dejaban
escapar al calentarse.
Cuando vio que
la parte exterior de la hoja se ponía negra y empezaba a
quemarse, comprendió que debía retirar el comal de la lumbre y con
dos deditos fue tomando cada tamal y los puso en el plato de
peltre. En un pocillo desconchado sirvió el café hirviente y llevó
la comida a la mesa, retirándose al punto hasta el rincón más
apartado de la cocina.
Apenas
empezaba a retirar las hojas cuando el campesino azotó el plato
sobre la mesa. Lupita se pegó instintivamente a la pared de la
cocina, deseando en ese instante confundirse con el barro de los
adobes. Había calentado los tamales sin retirar las hojas de
plátano, que forman una especie de barrera térmica, de modo que
los trozos de masa estaban fríos, como antes del proceso de
recalentado.
La fusta, que
antes había servido para apresurar la marcha del muerto caballo,
se descargó silbando una y otra vez sobre la espalda de la niña,
arrinconada en la cocina.
Mientras se
esforzaba por no gritar, Lupita alcanzó a ver cómo salían sus
hermanas menores a pedir ayuda, a ciegas, descalzas, corriendo
desde su escondite bajo las tablas, hasta la calle, gritando desde
la niebla a los vecinos que a la Lupita le estaban pegando porque
calentó los tamales con todo y hojas… porque si un tamal se
calienta con todo y envoltorio, el resultado será siempre un
exterior carbonizado y un centro frío.
Salieron los
vecinos, consolaron momentáneamente los morenos cuerpecitos
atribulados, enviaron por la madre al otro extremo del pueblo,
rescataron a la niña tundida a golpes, que yacía en el piso de
tierra y sujetaron al enfurecido campesino hasta que se le pasó la
borrachera.
Los tamales ya
no se comen fríos, es preciso calentarlos para que satisfagan los
sofisticados paladares que han sustituido a las hambrientas
mandíbulas tribales; en torno a ellos, hoy en día, se organizan
festivales y muestras internacionales, pero a veces un tamal frío
puede dejar heridas indelebles en el cuerpo y en el espíritu; si
no, pregúntenle a Lupita.
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