SONATORREK, UN EXCEPCIONAL POEMA ESCÁLDICO

Tania Zapata Ortega

A diferencia del lenguaje sencillo y primitivo de los Eddas, en los que se celebran los mitos y leyendas de los dioses y los héroes nórdicos, en la poesía escáldica, que se desarrolló casi de forma simultánea, evoluciona el tono lírico y los giros del idioma juegan un papel central. Los escaldos, poetas cortesanos de las costas de Noruega e Islandia, escriben para reyes y caudillos, cantando su genealogía, hazañas y aventuras; poesía abundante y variada, en ella se emplean profusamente las metáforas estereotipadas, entre las que destacan la perífrasis, llamando por ejemplo “la sala de la Luna” al cielo o “el aniquilador de la estirpe de los gigantes” al dios Thor; el heiti, que consiste en sustituir una palabra común por un sinónimo poético: “corcel” en lugar de “caballo”; y la kenningar, doble metáfora, muy recurrente en la poesía de los escaldos: la “balanza del verso” es la lengua; el “néctar de Odín”, la poesía; la “morada del pensamiento” o “carro de la razón”, la cabeza.

     En su obra Literaturas germánicas medievales (1966), Jorge Luis Borges cita una estrofa del escaldo Egil Skallagrímsson y acto seguido desmenuza magistralmente cada una de las kenningar contenidas en ella:

 

Los teñidores de los dientes del lobo

prodigaron la sangre del cisne rojo.

El halcón del rocío de la espada

se alimentó con héroes en la llanura.

Serpientes de la Luna de los piratas

cumplieron la voluntad de los Hierros.

 

     Los teñidores de los dientes del lobo son los guerreros, porque tiñen sus dientes con la sangre de los enemigos que matan; el cisne rojo es el ave de rapiña que devora cadáveres, el ave ensangrentada; el rocío de la espada es la sangre y su halcón es de nuevo un ave rapaz; la Luna de los piratas es el escudo y la serpiente del escudo es la lanza; los Hierros son los dioses. He aquí otro ejemplo:

 

El aniquilador de la estirpe de los gigantes

quebró al fuerte bisonte de la pradera de la gaviota.

Así los dioses, mientras el guardián de la campana se lamentaba,

destrozaron el halcón de la ribera.

De poco le valió el rey de los griegos

al caballo que corre por arrecifes.

 

     El aniquilador de la estirpe de los gigantes es el dios Thor. El guardián de la campana es un ministro de la fe de Jesús. El rey de los griegos es Jesús, por la defectuosa razón de que ése es uno de los títulos del emperador de Constantinopla. El bisonte de la pradera de la gaviota, el halcón de la ribera y el caballo que corre por arrecifes no son tres animales anómalos, sino una sola nave maltrecha. De esas penosas ecuaciones sintácticas, la primera es de segundo grado, puesto que la pradera de la gaviota ya es un nombre del mar.

     Borges cita la Edda Prosaica, donde el gran Snorri Sturluson critica este artificio permanente de los poemas escáldicos: «Metáfora llana es cuando por batalla se dice tempestad de flechas. Metáfora doble es cuando por espada se dice tizón de la tempestad de flechas». Cabría decir que en el pasaje de «tempestad de flechas» a «tizón de la tempestad de flechas» está compendiada la historia de la degeneración de la poesía de Islandia.

     Sin embargo, no todos los Poemas escáldicos se limitan al artificio formal; ejemplo del elevado lirismo a que llegaron los escaldos es el poema Sonatorrek, canto elegíaco por la pérdida irreparable del hijo, compuesto por Egil Skallagrímsson guerrero y poeta escaldo. Cuenta la historia que, al morir ahogado su hijo, el poeta decidió ayunar hasta la muerte, pero fue persuadido astutamente por una de sus hijas; entonces compuso el extenso poema del que reproducimos enseguida algunas estrofas.

La lengua se resiste

a alzarse en mi boca,

no puedo levantar

la balanza del verso;

no encuentro placer

en el néctar de Odín;

 

No podré sacar

de la honda morada

de mis pensamientos

–me atormenta el dolor,

me impide moverme–

el licor de poesía

que un día trajo Odín

del país de los trols.

Mi linaje ya se hunde

en la decadencia,

es un bosque repleto

de árboles caídos;

hondo dolor sufre

quien saca del lecho

al pariente querido

y lo lleva a su tumba.

Cuánto daño me hace

la brecha que abrieron

las olas del mar

en los muros paternos,

abierta la raja,

vacía está y oscura;

una onda maligna

me arrebató al hijo.

La mar me ha causado

pérdida irreparable,

qué triste es contar

la muerte de un hijo;

era escudo de mi estirpe,

echó a andar por la senda

que conduce a la alta

mansión de los muertos.

 

Sé muy bien que mi hijo

grande hubiera sido

si hubiera crecido

y llegado a ser hombre;

si hubiese llegado

a tener el vigor,

la mano fornida,

de un fuerte guerrero.

...

Pero me es hostil

el dios que destila

dulce licor de malta

agrio su corazón;

ya no puedo erguir

mi cansada cabeza,

no puedo tener firme

el carro de la razón.

 

FUENTES: Literaturas germánicas medievales, Jorge Luis Borges. Literatura Universal, Francisco Montes de Oca. La Literatura a Través de Autores Selectos, María Edmee Álvarez.

Poemas relacionados

Comentarios

Comentarios de la página