SITIADOS
Tania Zapata Ortega
La madera en combustión deja
escapar miles de pavesas incandescentes que vuelan indicando
la dirección del viento. El aire, ahora, está lleno de
alquitrán y de humo negro que hacen llorar y nublan la vista.
A intervalos regulares berrea un niño en algún punto de la
cuadra y detrás de algún ventanal discretamente cerrado.
–Los encontramos comprando sus
caguamas en la tienda de allá abajo. Ellos nomás nos
miraron y empezaron a hablar entre ellos, creyeron que los
íbamos a dejar ir, pero ya la debían. Antes éramos amigos,
pero el Catrín picó a mi carnal y eso no se puede
perdonar. Así que los esperamos en la esquina y cuando los
vimos venir los empezamos a perseguir.
Adentro de la casa en llamas,
el aire se va volviendo irrespirable, en el centro de la
habitación y tirados en el piso de tierra, los prisioneros
están agazapados. Los tres hombres miran con angustia a la
mujer herida, sentada en el suelo, mientras la sangre moja su
blusa de algodón a la altura del vientre.
Sus pensamientos casi pueden
leerse sobre las llamas que crecen a cada momento: “nosotros
estábamos tranquilos, comprando unas frías, pero ellos nos
esperaron en la esquina. Yo sabía que si nos alcanzaban iban a
cruzar a alguno, desde lo del Aretudo nos traen ganas.
Siempre traen sus puntas; cuando andábamos juntos aprendimos
que cuando llega la hora no debes dudar porque si tú no
‘enfierras’ al otro, entonces te lleva la chingada y tú eres
el muertito”.
El aire se ha llenado de
sirenas y gritos. Un carro-pipa llega. Los bomberos dudan un
instante antes de que el conductor maniobre a toda velocidad y
salga a escape librando como puede la lluvia de piedras y
botellas: en torno a las hogueras en que se han convertido
tres casas de esa cuadra, una muchedumbre enfurecida impide el
paso y ha decidido que sus ocupantes mueran quemados.
Cuando rociaron con gasolina la
fachada, Micaela salió a tratar de convencer a la multitud de
que dejara salir a “los muchachos”, pero ahí mismo le dieron
un garrotazo en una mano y luego le clavaron una punta en la
barriga… pudo entrar nuevamente, pero ahora está ahí atrapada
también. En vano los paramédicos han intentado parlamentar con
la turba. La numerosa familia del Aretudo les ha negado
el acceso.
Como una voz más en el horrible
coro, el zumbido del tanque de gas anuncia que se quemaron las
mangueras. Mientras el metal se expande, todos corren al
centro de la calle. El soplete se va debilitando y el siseo
revela que ha escapado casi todo su contenido.
Aprovechando la confusión y el
miedo de sus captores, cuatro figuras cubiertas de humo se
deslizan por la puerta trasera; uno de ellos se frota la
chamuscada cabeza, tropieza con un alambre de púas y cae.
Micaela y los otros dos logran dar vuelta a la esquina sin ser
vistos y huyen por el barranco, dejando atrás al Catrín
atrapado en el avispero humano.
Un alud de piedras vuela hacia
una patrulla solitaria, mientras la voz de una mujer se
sobrepone al griterío y pide auxilio para que apaguen su
vivienda, que ahora también es presa de las llamas.
–Dile al comandante que con
ocho patrullas está bien, que ya no mande más, allá va otro,
arranca la unidad pero sin sirena, ahorita los alcanzamos,
nomás fíjate si es de los que nos echaron piedras hace rato. A
ver si son tan gallitos ahorita que trajimos refuerzos.
–Nos metimos ahí porque nos
venían correteando, pero ellos eran muchos y además llamaron a
toda su plebe. Hasta los chamaquitos estaban en la calle
gritando que nos iban a quemar vivos y echando piedras. Cuando
vimos que iba a explotar el tanque salimos corriendo, pero mi
pelo alcanzó a prenderse… mire, se me quemaron hasta las cejas
y me arde todita la cara.
Con el rostro ennegrecido y el
cuerpo encorvado por la tunda recibida, el Catrín
mantendrá los ojos bajos durante el interrogatorio. Le
preocupa la herida de la tía Mica mientras ladea la cabeza a
la derecha y se entretiene mirando el tizne en sus muñecas
esposadas.
Atado a uno de los horcones
carbonizados, un lazo quemado conserva aún la pata y parte del
cuerpo del gallo colorado, única víctima mortal del incendio.
Apenas ayer lo habían traído y ahora ya no sirve para el caldo
y mucho menos para confortar a Micaela cuando regrese del
hospital.
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