SERVICIO MEDIDO

Tania Zapata Ortega

A medianoche, con el cuerpo empapado de sudor, abres los ojos e intentas en vano distinguir el perfil de cada objeto entre las tinieblas de tu cuarto a oscuras. Falta el rugido insistente del ventilador eléctrico, a cuyo ronroneo te has acostumbrado y que mitiga un poco el calor en estos meses de sequía. El aire estancado huele a naufragio. De repente, te sorprende el agudo zumbido de un mosquito que recobra la confianza al ver que no te mueves más.

Recuerdas el optimismo con quien cargaste a la primera empleada para arreglar el problema:

–Buenos días, vengo a preguntar porque me llegó tan caro el recibo de la luz, si sólo tengo dos focos y un ventilador, además, trabajo todo el día. No, señorita, no tengo refrigerador, y la televisión no me da tiempo de prenderla porque llego muy cansada.

Levantas tus manos para imaginar su contorno en la oscuridad, y esgrimes un bolígrafo imaginario, el mismo que con mano torpe completó el formulario que permitiría que hablaras con uno de los “gerentes” y le explicaras que tú no consumía tanta luz, y apenas ganabas, limpiando pisos en el hospital, lo necesario para comer, que el recibo verde debía tener un error y que ni con cuatro meses de sueldo podrías cubrir esa cantidad, que te ayudara cancelando la deuda.

Aguzas tus sentidos para percibir desde el rincón todos los ruidos de la calle desierta. Maldices en voz baja sin destinatario, pues consideras que son demasiados los culpables de la oscuridad que ahora pareces. Revives en tu memoria la clase magistral dictada por el funcionario para explicar la forma de ahorrar energía, y algo sobre salvar al planeta del calentamiento que derrite el hielo de los polos. Debe tener alguna fuga de energía, dijo; y tú te sorprendiste porque no recordabas ninguna manguera rota dejando escapar la luz.

Un latido en las sienes te avisa que es hora de incorporarte y refrescar tu cuerpo con el agua de la cubeta. Te sorprende la tibieza del líquido, que hay igualado su temperatura la del aire caliente que respiras. Permaneces inmóvil un momento, mientras te percatas de que tu cabello se enfría lentamente. Sientes la asfixia de los casi 40 grados, que ahora alcanza el calor de la vivienda.

El cartón del almanaque se mueve ahora al extremo de tu brazo y proporciona algo de movimiento al aire detenido. Tratas de refrescar tu rostro, pero notas que has comenzado a sudar de nuevo debido al ejercicio. Revives la respuesta impersonal del hombre detrás del escritorio: “mire, desafortunadamente no podemos hacer nada; sí le creo que sólo tiene esos aparatos, pero ya fuimos a supervisar y la lectura del medidor es correcta, usted consumió de salud si tiene que pagarla; es más, hoy es el día de corte y lo vamos a sentir pero le tenemos que suspender el servicio”. Boca arriba, sobre el colchón apenas cubierto por una raída tela, tratas de recordar lo que soñabas antes de que el calor te despertara; tal vez te imaginabas otra vez frente a la malencarada secretaria diciéndole, aconsejada por tu vecina, que en el estado donde se genera la electricidad, donde se han construido las más grandes plantas hidroeléctricas, no deben cobrarnos tanto por la luz; además te quejas del mal servicio que se suspende con cualquier airecito dejándote a oscuras aunque pagues puntualmente… y volviste a quedar en silencio ante la indicación de que te retires de la fila porque hay muchas personas esperando para hacer su aclaración.

Respiras con dificultad el aire ardiente de la habitación y abres la ventana apenas cubierta por una camiseta gastada. Desearías, a esta hora, a verte apoderado del nombre del odioso sabelotodo, o de uno solo de todos los que fingieron oír tu queja antes de decirte que no podían hacer nada; quisieras recordar su nombre para maldecir más a gusto y encomendar su alma todos los diablos del infierno.

Destapas la tinaja y bebes el agua salobre para evitar la deshidratación. Tus ojos intentan traspasar las tinieblas para distinguir el punto en el cableado eléctrico donde mañana colgarás un “diablito”, qué se le va a hacer, aunque luego digan que eres igual de ratera que el vecino, pero vas entendiendo que si no quieres morirte de calor por las noches, no hay otro remedio.

Extrañas la difusa claridad que se cuela por las noches entre los desunidos cartones negros que separan tu cuartucho de la cocina, y esperas inútilmente a que el sueño te impida ver el amanecer, que ya se anuncia.

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