SE VENDE
POLLO FRESCO
Tania Zapata
Ortega
Juana venía
subiendo con dificultad por la pedregosa calle. Las dos grandes
bolsas que traía cargando la hacían detenerse a cada tanto y el
inclemente Sol de mediodía la obligaba a resollar con fuerza.
Desde lejos, su vecina Ignacia la vio venir y se despidió
apresuradamente del cobrador, cerrando de golpe su puerta a fin de
evitar el encuentro. La redonda figura paso frente a su domicilio,
maldiciendo en voz alta, sabiendo que era escuchada detrás de las
paredes de madera.
Mejor
conocida como La diabla, Juana vendía pollo fresco, que
ella misma sacrificaba en casa luego de comprar los animales en
pie. Por la tarde, después de un día bueno en el que hubiera
matado a 15 de ellos, lavaba el piso de su patio y juntaba las
plumas, las vísceras y la basura y las ponía en una bolsita que
dejaba sin recato en la esquina. Normalmente, la sangre que había
escurrido de la matanza se encharcaba en la calle sin pavimentar,
pero ella, astutamente, había cavado un canalito para que los
líquidos malolientes encontraran salida corriendo por toda la
calle.
Tenía la
lengua más afilada de la colonia. Los vecinos le temían como al
mismísimo Lucifer porque, una vez que los ponía entre ojos, no
dejaba de insultarlos, ponerles sobrenombres y hacerlos blanco de
sus burlas hasta que, cansadas, sus víctimas optaban por hacer las
paces o bien, decidían irse a vivir a otro lado. Pero también es
cierto que era el único lugar a donde podían comprar pollo sin ir
hasta la ciudad, por lo que muchos de ellos se habían ido quedando
con la primera opción.
Nomás
llegar, sus nietos se acercaban a curiosear las bolsas de compras,
pero ella los apartaba con rudeza e iba colocando la mercancía en
cada uno de los espacios acondicionados para exhibirla: retiraba
las verduras marchitas y tiraba a la calle los tomates podridos,
sustituyéndolos por los recién comprados.
Cansada,
con hambre y agobiada por el dolor de cabeza, Juana renegaba en
voz baja mientras cortaba el pescuezo de algún pollo, recordando
una y otra vez la trifulca en que casi alcanza a darle con una
piedra en la cabeza a su comadre Ignacia o el lance aquel en que
la acusaron de quedarse con el cambio del hijo de “esa enana”,
como solía llamarla. Demasiadas indirectas, pensaba: que si hacen
ruido, que si toman, que si huele a pollo la calle… ¡vieja
metiche! Como si no supieran todos a lo que ella se dedica. Yo
siquiera vendo pollo y verduras y de eso me mantengo, y no digo
nada de que ella tiene que irse a venderlas”. Además,
estoy en mi casa, y lo que haga adentro de mi puerta no le importa
a nadie.
“¡Ay,
sí!, parece que la estoy oyendo “Oiga, licenciado, yo ya
no se qué hacer, quiero que usted me ayude a hablar con
alguna autoridad para que le digan a doña Juana que deje
de aventarme sus cochinadas. Ya hasta gusanos hay
pegados a mi barda”.
“Qué se
habrá creído esa enana, y encima va y me acusa de que tomo mucho,
y se atreve a decir que nomás porque sí le tiramos piedras. Si yo
clarito vi como estiraba su nuca para mirar hacia adentro, qué
tiene que meterse en lo que no le importa, qué bueno que le
rompimos los vidrios”.
Parece
que Ignacia tendrá que buscar a alguien más con quién
pelear. Juana lleva ya casi dos meses viviendo en un
cuartucho, a varias cuadras de su comadre. Se tuvo que ir de
ahí, gracias al crédito impagable que le otorgó Américan
City Express, y que le tramitó con sospechosa celeridad la
casa de materiales “Del Valle”.
Juana
perdió la casa que había construido con inmenso sacrificio. No se
dio cuenta de la trampa de la constructora, que le ofreció
tramitar de forma inmediata el crédito con una empresa de
Monterrey. No leyó la letra chiquita de la parte posterior del
contrato y firmó. Empezó por usar la tarjeta de plástico que le
entregaron para sacar cemento y varilla y terminó pagando enormes
cantidades por concepto de intereses. Finalmente, luego de
interminables llamadas y de comunicarse, infructuosamente, al
número de Monterrey que le proporcionaron, el Banco le quitó la
casa y hoy vive con el marido y sus cuatro hijos en un cuartucho
de alquiler.
La Diabla ya no vende pollo fresco en la colonia.
Para colmo, apenas hace una semana que está de vuelta. La
encerraron más de un mes y le cobraron hasta por respirar debido a
la demanda por fraude que el acreedor puso en su contra cuando se
negó a entregar la casa. Todo lo que tenía y aún lo que tiene que
ganar en un año fue a engrosar los bolsillos de abogados y
jueces.
American
City Express sí que logró lo que Ignacia nunca pudo, a pesar de
que el encargado del departamento jurídico del ayuntamiento las
citó varias veces, implicó a los habitantes de toda la cuadra y se
divirtió mucho viendo cómo los vecinos peleaban entre sí para,
finalmente, decirles que no se podía hacer nada. La cosa fue
distinta cuando Juana se echó encima al banco. Ahora, en la casa
donde renta, La Diabla tiene también prohibido sacrificar
pollos.
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