SALDO
INSUFICIENTE
Tania Zapata
Ortega
Desde la sala
de espera, Teresa recordó que no había avisado a su hijo
de la emergencia y marcó, a toda prisa, los diez dígitos
para comunicarse con él; arrugó el entrecejo cuando la
grabación le indicó que no disponía de saldo suficiente
para lograr el enlace y que debía abonar otra tarjeta de
prepago. Había ingresado cien pesos por la mañana, así
que repasó mentalmente las llamadas de ese día para
concluir que no había consumido tanto “tiempo aire”,
como las compañías telefónicas llaman a la cantidad de
minutos a que tiene derecho quien se los paga por adelantado en
una “ficha”.
Ansiosa
por abordar, compró una nueva tarjeta, que ingresó
mientras el autobús se ponía en marcha.
Atardecía
cuando descendió del vehículo, mareada y con las ropas
impregnadas de ese olor tan peculiar de las oficinas públicas.
Entonces, con la rabia contenida durante todo el trayecto, pulsó
el número de atención al cliente de su compañía telefónica y
suspiró profundamente para no desesperar ante la grabación de
una engolada voz masculina que, con fingido entusiasmo, recitó
las novedosas promociones, recomendó el registro obligatorio del
número celular ante el gobierno y recitó las instrucciones para
ser atendida.
Hizo una
mueca de impaciencia cuando una música estridente la puso en
espera, pero aguardó hasta que la mujer, al otro lado de la
línea, le dijo, en resumen, que ella había contratado hacía tres
meses, múltiples servicios de envío de juegos, fondos de
pantalla, horóscopos y tonos para su celular y que había
aceptado las condiciones y los precios.
–Nuestra
compañía no puede hacer nada al respecto, es muy independiente,
todas las aclaraciones deben pedírselas a flycell, a
Movilisto, gameloft, mundo móvil,
air móvil, club natta, o a cualquiera al que
se haya suscrito, porque al aceptar el servicio, autoriza la
renovación automática de la suscripción con su correspondiente
cobro recurrente semanal”.
Teresa
permaneció inmóvil un instante para digerir el hecho de
que durante tres meses habían estado descontándole
sesenta pesos semanales por pertenecer a los supuestos
clubes a los que, le informaban, pertenecía por haberlo
solicitado ella misma. Tomó aire a bocanadas antes de
preguntar cuándo, dónde o cómo se había ella suscrito a
esos servicios, pero la operadora, reticente, le dijo
que eso no podía ella decirlo porque no estaba autorizada, y
después fue inútil todo ruego o amenaza para hacerla
proporcionar mayores datos.
–Entonces, ¿me
está diciendo que cualquiera puede ser víctima de un fraude como
el que han cometido conmigo?, dijo sintiendo el nudo de la rabia
en la garganta, pero sólo consiguió silencio al otro lado de la
línea.
A pesar de su
furia, Teresa se acordó vagamente del día en que su hijo le
había pedido que le ayudara a “bajar” un jueguito desde la
computadora a su celular, ingresando datos y, por supuesto, el
número telefónico. Recordó la imagen brillante de los ninjas y
la impresión de que se trataba de un juego demasiado bobo.
Recordaba también haber visto el logotipo azul de la compañía
telefónica aprobando la propaganda aquella y que había recibido
un código en el teléfono para ingresarlo como contraseña en la
pantalla.
Los números
“gratuitos” de atención al cliente de los famosos clubes de
descargas no eran tan gratuitos, después de todo, puesto que,
desde su celular, Teresa pudo constatar ese falso supuesto; así
que comenzó a pensar que, en cuestión de telefonía, no existe en
absoluto la gratuidad.
Cuando al fin
una operadora le contestó, después de innumerables
llamadas también con costo, su ira fue en aumento: tenía
que ingresar una nueva tarjeta de prepago, de lo
contrario, el mensajito de texto, con la palabra BAJA,
al número de fantasía que le proporcionaron, no podría
ser enviado, es decir que, para cancelar el irritante
cobro, debía pagar nuevamente. Teresa sintió la ira creciente
cuando el eco de su propia voz retumbó en la bocina:
–Mire,
Señorita, yo no me suscribí a ninguna de esas cosas y
desactíveme por favor o me daré de baja como cliente de
esa empresa, es una verdadera estafa.
–Pero al
momento descubrió que aún podía sentirse más enojada
cuando la voz se tornó violenta y le ordenó callar para
instruirla en el modo de cancelar la suscripción
voluntaria a los servicios, siempre y cuando tuviera
disponible tiempo aire para hacerlo.
Fue en vano que
Teresa le preguntara el motivo por el que la compañía cobraba
por servicios de otra empresa con quien no tiene ninguna
relación si no se beneficiaba del negocio; y cómo era posible
que dejara disponible su sistema para cobros automáticos de un
sinfín de “agregadores”, que el robot humano con voz de
operadora siguió cubriendo hasta que Teresa, cansada, dejó de
insistir.
–Lo siento, si
ésa es su decisión puede hacer lo que guste, pero no existe
manera alguna de evitar este contrato, porque todas estas
compañías tienen acceso a nuestra base de datos y eso significa
que ellos pueden efectuar automáticamente los cobros al saldo de
su teléfono porque usted se los permitió. Si quiere cancelar
tiene que seguir las instrucciones que ya le di. ¿Puedo ayudarle
en algo más? Si no es así, que pase buena tarde.
Cuando colgó,
Teresa dudaba si darse por vencida y cancelar su línea o
seguirse quejando; sólo por curiosidad llamó a la Profeco, quien
respondió que no podía proceder la denuncia sin proporcionar el
domicilio fiscal de la empresa señalada, pero que estaban a su
disposición en cuanto tuviera más detalles de la estafa, aunque
algo en la cansina voz del empleado sugería que era sólo una
víctima más de un multimillonario y desvergonzado fraude.
Consideró la
posibilidad de negarse a consumir servicios de telefonía
celular, pero recordó al instante a toda su parentela y a la
interminable lista de conocidos conectados al celular como a un
respirador y unidos a él ya de por vida; y decidió sólo cambiar
de empresa telefónica. Acudió enseguida a realizar el
movimiento, con la gozosa sensación de estarse vengando,
sensación que duró sólo hasta la semana siguiente, cuando
recibió de nuevo un mensajito que decía: “tu suscripción ha sido
renovada y ahora disfrutas de seis créditos para descargar
contenidos wap”
Teresa, a punto
de golpear al primer transeúnte que vio, prorrumpió en insultos
contra la operadora que le dijo que, al transferir el mismo
número a otra compañía, había aceptado que continuaran los
descuentos y que nada podía hacer; colgó después de lanzar la
más rotunda maldición que se le ocurrió contra la progenitora de
la compañía telefónica representada por la voz.
Cuando oprimió
el botón al concluir la llamada, la escandalizada
operadora dijo a su vecina de asiento: otro pendejo que
cae en lo de los clubes, ya van como cincuenta el día de
hoy, lo malo es que nosotras pagamos el pato.
Mientras tanto,
el contador ascendente del hombre más rico del mundo se
disparaba vertiginosamente, gracias al jugoso negocio de las
pantallitas, los cuestionarios de IQ, el amor virtual y los
tonos para celular, promocionados impunemente con la engañosa
propaganda en Internet.
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