SAFO DE LESBOS
Dulce manzana que se
ruboriza
prendida en lo más
alto de la rama
donde tal vez la mano
la descuida,
o no la olvida, no,
que no la alcanza.
Safo
Hacia el año 600 a.C.,
la Isla de Lesbos dio al mundo verdadera poesía. Es probable que
el melos hallara su fuente de inspiración en la canción
folklórica y que naciera de motivos locales y personales, pero el
genio poético de sus creadores agrega a los temas la universalidad
del arte consumado; se trata de una poesía escrita para ser
cantada en un reducido círculo de oyentes.
Al tiempo, que todo lo
destruye, ha resistido la grandiosa obra de Safo de Lesbos (570 -
485 a.C.); los pocos fragmentos que de ella nos quedan son pedazos
palpitantes de vida. La inaceptable maledicencia disfrazada de
crítica literaria ha pretendido minimizar su importancia,
repitiendo la conseja de sus amoríos homosexuales, hecho
intrascendente y además improbado. Estableció una especie de
academia poética destinada a la educación de las jóvenes de la
nobleza a quienes sus padres enviaban a formarse en las artes del
canto, la danza y la poesía.
“Pequeña y Morena”, como
la retrataban los antiguos, desde entonces atrajo la admiración de
grandes poetas y filósofos; Alceo de Mitilene se refirió a ella
como la de los oscuros rizos, la pura, la de la dulce
sonrisa, Platón la llamó la “décima musa” y Plutarco “La
bella Safo”. Nacida en una familia noble, debió estar casada y
tener una hija, Cleis, de quien escribió:
Tuve en mis brazos a
una criatura deliciosa,
más linda que las
doradas flores,
Cleis, mi
adoración.
En sus versos, escritos
en dialecto eólico, emplea un lenguaje sencillo, coloquial,
diáfano y sincero; apenas empleará palabras que no procedan de su
habla vernácula, que le permite alcanzar la máxima expresividad.
Verdadera artista del metro, es creadora de la “oda sáfica” de
ritmos delicados, sensuales y elegantes, en la que cada estrofa es
un vehículo ajustado, dócil y apropiado a su contenido, cada
palabra tiene su sitio de manera asombrosamente natural; sus
versos suaves y fluidos logran suma perfección. Las fuentes de su
inspiración son casi exclusivamente el amor y la belleza, eternos
tópicos que se funden con las imágenes y el ritmo, manejando estos
recursos con perfecta maestría. Safo se detiene en la
contemplación de los deleites más serenos:
De los verdes
manzanos
En las frondosas
cimas
con estruendoso
ruido
las aguas se
deslizan,
las puras frescas
aguas
que el peñasco
destila;
el delicioso
estruendo
de las hojas
movidas
del apacible
viento
süave sueño
inspira,
y con Venus
hermosa
soñaba que
dormía;
mas de las altas
ramas,
del viento
sacudida,
una roja
manzana
de mi sueño me
priva.
Cuando se habla de
erotismo en la literatura antigua es inevitable referirse a Safo,
por su poesía apasionada y audaz; tan actual y cercana a la
moderna sensibilidad, como si hoy se hubiese producido; para
muestra, este poema en el que, por primera vez en Grecia, se
describen con tanta verdad los efectos del amor, trasladados a una
realidad “fisiológica”, universal, irreprochablemente despojada de
adornos y sentimentalismos.
Igual parece a los
eternos dioses
aquel que, cara a
cara,
sentado frente a
ti
escucha tu suave y
dulce voz,
y ese reír encantador
que, lo juro,
en mi pecho hace
enloquecer al corazón.
Tan pronto como te
veo
ningún sonido mis
labios pueden pronunciar.
Mi legua se
seca,
un fuego sutil corre,
de pronto, bajo mi piel,
mis ojos ya no
aciertan a ver
y zumban mis
oídos.
Me empapo toda en
sudor helado,
un estremecimiento me
sacude entera;
amarilla me torno cual
marchita hierba
y me parece que me voy
a morir.
En Safo apenas hay
descripciones; el nombre de las cosas posee un raro poder evocador
que ahorra toda imagen: con sólo mencionarlas, las palabras
esenciales crean el ambiente poético. Su gracia inimitable, su
perfección técnica casi absoluta, su intensa pasión, su acento
íntimo y personal, han hecho de Safo la poetisa más admirada de
todos los tiempos. Aunque se conserva muy poco de sus numerosas
canciones de amor, epitalamios, himnos rituales, quien lee su
poesía no puede menos de convencerse de que la ha inspirado el
verdadero amor como en este poema:
A Afrodita
Tú que te sientas en
radiante trono,
bella inmortal, hija
de Zeus, en lides
de amor astuta; no así
turbes mi alma,
¡No me
atormentes!
Ven a mí presto, como
hiciste un día
cuando, escuchando mis
fervientes ruegos,
en tu áureo carro los
paternos lares
abandonaste.
A mí tus bellos
gorriones, raudo,
desde los cielos, al
través del aire
que estremeciera su
batir de alas,
te condujeron.
……….
Ven hoy de nuevo y de
mis hondas penas
líbrame en breve.
Realiza, ¡oh diosa!,
lo que mi pecho con
ardor ansía.
¡Sé mi aliada!
Publicado originalmente
en el número 774 de la revista buzos
de la noticia el 26 de junio de 2017.
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